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SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL 2025 

¡Cuánto hay que aprender de la historia de la Iglesia! No partimos de cero, tenemos memoria y hay tantas cosas grandes en los que nos han precedido… Dios actúa a través de todo y de todos. Somos hijos de Dios en la familia de la Iglesia y hemos de ver en ella la historia de las misericordias del Señor, que no nos deja. Estos días, me he encontrado con la figura de San Pablo VI: fue un papa santo, quizá incomprendido. Sufrió mucho, porque le tocó llevar el timón de la barca de la Iglesia en tiempos complicados. Con su mirada profunda habló de que el siglo XXI sería “un siglo de testigos”. Recordémoslo. Hoy fiesta de Santiago Apóstol, testigo fiel del amor de Dios. No olvidemos que fue el primero de los doce que entregó su vida por el Evangelio. Supo vivir de Dios y para Dios y ahora es para nosotros, la referencia para testimoniar esa fe valiente en un mundo necesitado de Dios.

Siguiendo con el recuerdo de San Pablo VI, en una audiencia general de 1972, dijo algo muy interesante en este mismo sentido: «La Iglesia necesita su perenne Pentecostés; necesita un fuego en su corazón, palabras en sus labios, profecía en su mirada». Pensemos en ello: estamos en tiempos duros, de guerras y egoísmos personales y colectivos, de sufrimientos e injusticias. ¿Qué hacer? Confesar sin miedo nuestra fe, para que no nos quedemos en teorías. Vivámosla con hechos, siendo audaces y coherentes. Con una intensidad total. Abrir caminos y recorrerlos. Como Santiago.

1. Con el fuego en el corazón. El apóstol Santiago tenía un corazón apasionado. Quería de verdad al Señor y, cuando le hacen un feo a su maestro porque lo rechazan en un pueblo, le hierve la sangre y quiere fulminarlos con fuego del cielo. Jesús detiene esos impulsos violentos en él y en su hermano Juan. Y los llama los hijos del trueno… Porque el Evangelio no se transmite imponiendo la verdad, sino proponiéndola. A veces somos muy impacientes y quisiéramos que las cosas entraran en los demás con calzador. Y no es eso. Hay que tener esa serenidad y paciencia para comprender y querer a todos, incluso a los que “están en mal plan”. No pongamos límites a la misericordia de Dios, mostremos con caridad ese corazón ardiente que sabe querer y, porque ama, comprende. El Corazón de Jesús es el punto de referencia: lleno de fuego y coronado de espinas. Jesús reconoció la pasión de Santiago y el ardor de su fe, pero le mostró que la fe arraiga y mucho, contagiando el propio amor.

2. Con la palabra en los labios. Santiago, como los demás apóstoles, se fue dando cuenta de que Jesús era la Palabra de Dios hecha carne. Que su palabra era espíritu y vida, palabra creadora. Cada apóstol lo captó perfectamente. La palabra de Jesús, “viva y eficaz, como espada de doble filo”. “Ay de mí si no evangelizara” diría San Pablo al proclamar el Evangelio. ¿Era fácil? Claro que no. Todos los apóstoles se dejaron arrastrar por el miedo cuando vieron a Cristo en su Pasión. Pero con la resurreción y, sobre todo, al recibir al Espíritu Santo en Pentecostés, recibieron la fuerza de lo alto para no “achantarse” ante las amenazas de sus perseguidores. No temían la muerte, porque llevaban al Señor muy metido en su interior. Sí, “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Hemos de aprender a dar razón de la Verdad (que es Cristo) a todo el que nos la pida, y sin pedirla. El mundo tiene necesidad de Dios, aunque no lo sepa. Para ello, Dios en nuestro corazón y nuestros labios.

3. Con la profecía en la mirada. ¿Cómo es nuestra mirada? Miramos hacia dentro y, si somos sinceros, vemos tantas miserias… Que no nos decepcione nuestra propia debilidad. Reconocernos pecadores es un primer paso, absolutamente necesario, para poder caminar con el Señor. Nos ayuda a ser humildes, apoyándonos en esa sencillez que sabe llamar a las cosas por su nombre, para no engañar ni engañarnos. Le pedimos al Señor una mirada impregnada de sentido, sin lamentos estériles, aprendiendo de los errores para evitarlos. Creciendo en el amor. Pero tengamos también esa mirada hacia fuera para que no nos frene el mal que existe en el mundo. Si cada uno, en el lugar en que está, sabe aportar su fidelidad, distinguiendo bien las cosas, con discernimiento, el Señor nos capacitará para ir transformando todo “de a poquitos”. De que tú yo nos portemos como Dios quiere, dependen muchas cosas grandes. Una mirada sobrenatural, confiada en Dios, abrirá los caminos.

Según la tradición Santiago predicó en nuestra tierra. Y se le hizo muy duro. La Virgen María, llena de amor de madre, se le apareció en carne mortal, y le aseguró la fidelidad de este pueblo.

Santa Misa. Solemnidad Santiago apóstol. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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