SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS A. 2023

A lo largo de todo el año vamos celebrando la memoria de tantos y tantos hombres y mujeres que, a través de la historia, han sido la gloria de la Iglesia, porque han sabido encarnar a Cristo en sus vidas. Se han dejado modelar por Dios, haciendo de Dios el centro de su existir, con fidelidad y entrega. Les damos nuestro reconocimiento, la Iglesia nos los propone como modelos, como puntos de referencia. Con cada uno de ellos nos dice: la santidad no es un ideal imposible de cumplir. Lo llevaron a cabo todos los que veneramos en las iglesias de todo el mundo, los que ponemos en las peanas de nuestros templos. Es posible amar con hechos, no es un ideal bonito e inalcanzable…

Sin embargo, la cosa no queda ahí. Hay una multitud de “santos anónimos” que también han sabido vivir con una intimidad sobrecogedora el amor de Dios y han dejado también una estela de grandeza en torno a sí, aunque no podamos verlos oficialmente a los altares. El papa Francisco ha hablado de ellos como los “santos de la puerta de al lado”. Es un aldabonazo de alegría y de paz para nuestras almas: el cielo está repleto de todos estos hijos e hijas de Dios que hoy nos animan, y nos tienden la mano para decir: “¡Qué bien se está aquí, gozando de Dios! ¡Ven con nosotros, tú también puedes! ¡Ánimo, déjate querer por Dios, sigue sus pasos, fíate, amar merece la pena!”

No nos cansaremos de repetir esa idea de Benedicto XVI: “hay tantas posibilidades de santidad como personas”. No estamos llamados a una “santidad de fotocopia”. Estamos convocados a una santidad original, única, que Dios ha pensado para nosotros y nos propone: “Descansa en mí, confía en mí, ábreme tu corazón, quiero habitarlo para llenar el último rincón de tu alma de mi luz”.

1. La santidad es personal. Tenemos cierta tendencia a establecer categorías. Hay “gente top” que es como si jugara en la Champions, clase extra especial, otros de primera división, clase extra sin más… Y luego los de segunda o tercera regional. Y ve uno, con un poco de nostalgia o de tristeza, que no llega, que eso no está hecho para él. Nosotros podemos decir que ni siquiera estamos federados, somos aficionados que pueden poco. Pues bien, no es verdad. A todos y cada uno de nosotros nos da el Señor lo que necesitamos para sacar adelante un amor a Él que no solo es teórico, sino que sobreabunda el corazón, llena de luz la mente y ensancha de tal manera el alma que hace que nos salga por los poros. Sí, tú también. Se trata de poner amor y dar amor en todo.

2. La santidad y el perfeccionismo. Son dos conceptos que no se identifican. La santidad es, ante todo, un regalo de Dios que acogemos y vivimos con pasión de amor. El perfeccionismo es, más bien, una obsesión que busca más la propia satisfacción que el darse por completo, amando a Dios y a los demás. El perfeccionismo tiende a rizar el rizo: todo muy bien colocadito y controlado. La santidad es algo mucho más profundo: saborea la hondura del bien, de la belleza, de la verdad. No se mira al espejo para decir: “enhorabuena, estás que te sales, te van a pedir autógrafos…” Es vivir cada instante con la naturalidad de lo sencillo. Aprende a ser humilde, haciendo eco al querer de Dios para él, sin problematizarse, sin agobios, con responsabilidad y saber estar. Acogiendo la cruz.

3. La santidad ¿por mí mismo? Quizá nos preguntemos: ¿y eso cómo lo hago? Que me den recetas… Y no. No consiste en un esfuerzo voluntarista: esto lo saco adelante yo caiga quien caiga. No es eso. No es convertirse en un coleccionador de virtudes, de actos buenos, de cultivar una hoja intachable de servicios para luego presentarla a Dios y decirle: “ya ves, soy super-bueno, tienes que premiarme por ello”. Sería ridículo, no tenemos derecho a recibir de Dios sus dones porque nos los hayamos ganado a pulso. La santidad no se logra a base de codos, sino disfrutando del amor de Dios que se nos da, si lo dejamos, “como un tsunami de grandeza”. La santidad es acoger de tal manera a Dios que vivimos con naturalidad lo que nos pide. Soy su gran obra de amor. Dios mío obra en mí.

Entonces ¿qué? Y eso de cumplir los mandamientos ¿está bien o no? Pues claro que sí, cada mandamiento es una forma de decirle al Señor: ¡Cuánto te quiero, y esto es expresión de mi amor por Ti! ¿Y las bienaventuranzas? Es el autorretrato de Nuestro Jesús. Es el espejo donde podemos mirarnos. ¡Que es más sencillo de lo que creemos! ¡Es confiar en Dios! Y si todavía no terminamos de ver las cosas claras, acudamos a Nuestra Madre la Virgen: ¡Toda pura, Madre de misericordia!

Lecturas y homilía. Solemnidad de Todos los Santos del T.O. Ciclo A
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