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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS 2025

La Iglesia ha querido celebrar, en la Solemnidad de Todos los santos, la vida entregada de aquellas personas que, a lo largo de la historia, han dado su sí incondicional a Dios y ahora gozan de la dicha de Dios en el cielo. Todos ellos quizá son anónimos para la mayoría… ¡Pero están metidos en el Corazón de Dios! “Santos de la puerta de al lado” que han sabido vivir con Él y para Él en todas las circunstancias de su vida aquí en la tierra. Hoy la Iglesia, llena de alegría, nos los propone, aunque no estén canonizados: son santos ante Dios. Han amado en todo y han iluminado con la luz de Cristo.

Leer las vidas de los santos es algo que emociona y anima. San Ignacio de Loyola, que estuvo reponiéndose de sus heridas de guerra, leía libros de caballería que le gustaban, pero dejaban una especie de vacío en su corazón, sin embargo, al leer las vidas de San Francisco de Asís, de Santo Domingo…, veía encenderse su corazón de alegría y paz y se decía a sí mismo: “¿y por qué no yo?”.  La Iglesia nos lo recuerda a cada uno: “Tú, hijo mío, puedes ser santo, y santo de altar, acoge el amor de Dios y respóndele amándolo, Dios quiere formar en ti la imagen de Cristo”. Déjate modelar.

1. ¿Qué busco yo en la vida? De vez en cuando hemos de plantearnos preguntas que nos hagan pensar en cómo asumo yo las cosas, cómo es mi relación con los demás, cómo es mi relación con Dios. Quizá en algunos momentos nos hemos puesto metas altas, bien, pero ¿a dónde apuntan? ¿Solo a lo material? ¿A tener un éxito que reconozcan todos? ¿Cuáles son mis aspiraciones más íntimas? ¿Con qué me conformo? ¿Me doy cuenta de quién soy y para qué estoy aquí en la tierra? ¿Distingo lo circunstancial de lo esencial? Los logros a lo humano que puedo conseguir ¿son suficientes para llenar mi vida? La vida tiene sus altibajos, aunque a veces creamos que es una línea que ha de estar en constante ascenso. ¿Qué ocurre cuando hay algo que se cruza y nos descoloca, algo que no teníamos previsto y tira por tierra nuestros planes? ¿Soy capaz de reaccionar para recomponerme, para seguir ilusionándome con lo que de verdad merece la pena? Por ejemplo, cuando uno se jubila y la actividad diaria cambia por “otra cosa.” ¿Se acaba allí mi vida? Pensémoslo.

2. ¿Cuál es la propuesta que me hace Dios? Parecen claras las líneas que nos propone el mundo, que son, no cabe duda, muy “seductoras”. Hay tres áreas que están en la raíz de todos los pecados. Son esas tres manchas de las que nos habla San Juan y que oscurecen la vida del hombre: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero—, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1 Jn 2,16). El placer, el éxito, el dinero son, en gran medida, los ídolos que esclavizan al hombre y, aunque uno crea que es lo que da la felicidad, son engañadores, supuestos logros envenenados, porque obnubilan la mente y embotan el corazón. No son alas para volar, sino cadenas para estar a ras de suelo. ¿Y Dios qué me propone? Acoger su amor incondicional y responder dándole el mío.  

3. Pero ¿de verdad es posible ser santo? Surge ahí ese camino claro y rotundo con el que el Señor nos abre los ojos a lo que verdaderamente llena: la santidad. Es una palabra que quizá asusta o vemos tan lejana que nos parece que no va con nosotros. Optamos por lo facilón: “yo no soy malo, ya hago mis cositas…” Y podemos engañarnos con eso con hacer, hacer, hacer. Sin embargo, la santidad es posible. Dios quiere ponerla al alcance de todos, porque “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. La santidad no es algo complicado: es vivir en Dios, con Dios y para Dios. En toda circunstancia, en todo momento, ocurra lo que ocurra, con una intensidad total, haciendo frente a lo que pueda ocurrir, para entregarnos plenamente a Dios y a los demás. Casi nada. Claro, pero no lo olvidemos: ser santo no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir con amor lo ordinario: el trabajo, la familia, el servicio, el sufrimiento, la alegría… Se trata de emprender una lucha de amor para que Dios habite en nosotros y eso se note de verdad.

La santidad, digámoslo claramente: “es un regalo de Dios que ofrece a los que lo acogen sin peros, dejándole obrar solo a Él”. María se reconoció bienaventurada por lo que Dios hizo en ella.

Santa Misa. Solemnidad Virgen del Pilar. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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