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Solemnidad del Corpus Christi

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI. 2025

Hace tiempo, el sacerdote, cuando iba camino del altar para celebrar la Santa Misa, decía esta oración: “Me acercaré al altar de Dios que da alegría a mi juventud”. Dios que llena de esperanza porque se nos da. Es el gozo de revivir la entrega del Señor. El gozo de subir al Calvario para renovar el sacrificio por el que Cristo se ofrece para darnos vida y darla en abundancia. Es así. Es una alegría inmensa para el sacerdote llegar hasta el altar y hacer presente la frescura de una entrega que subyuga y enamora, la de Cristo. La Santa Misa que es el centro y raíz de nuestra vida cristiana, de la vida de la Iglesia. La Santa Misa en la que “se confecciona” y se nos da el alimento de vida eterna.

Los sacerdotes hemos de pedirle al Señor que no nos acostumbremos, que nos haga vivir la Misa como si fuera la única que pudiéramos celebrar. ¡Dios mío, que pongas en mí la conciencia clara de que aquello que celebro es la Vida que cada día quieres volver a entregar a los hombres!

La Santa Misa… ¿una obligación que a veces se hace pesada para muchas personas? Vienen enseguida a la cabeza y al corazón esas palabras pronunciadas por el Señor antes de la Última Cena: “ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros”. Jesucristo ha venido a la tierra para eso: para mostrarnos lo que nos ama, para hacernos ver que no somos insignificantes. ¡Valgo toda su Sangre, derramada en la Pasión, y no “en general”, sino “por mí”! Es el sello de su amor que los apóstoles, y luego los sacerdotes, han perpetuado a lo largo de la Historia. Jesús está en el cielo, pero se ha quedado aquí como alimento del alma ¡Dios mío, que me dé cuenta de ese amor tuyo!

1. ¿Un trozo de pan, un sorbo de vino? Asistimos a la Misa y, después de las lecturas, después de hacer las peticiones a Dios por tantas necesidades, el sacerdote se acerca a la mesa del altar y allí va preparando las ofrendas: el pan y el vino. Se las presenta al Padre. Es algo tan sencillo que nos deja perplejos. Con eso que sale del trabajo del hombre, que le sirve de sustento y alegra su corazón, Dios se va a hacer presente entre nosotros. Dios no se complica la vida, nos la da. Se dice: “con pan y vino se anda el camino” y Dios lo asume. El pan, con las palabras de la consagración, dichas en la Última Cena, ya no es pan, es el Cuerpo de Cristo, el vino, que da alegría a la vida, ya no es vino, es la Sangre de Cristo. Le ofrecemos nuestro trabajo con todo lo bueno y eso se convierte en vida. Le ofrecemos todos nuestros sufrimientos y debilidades y aquello se transforma en ofrenda de amor.

2. La Misa: milagro de amor. ¿Lo vivimos con esa certeza? El domingo hay posibilidad de tantos planes… Podemos entrar en esa dinámica: comparar la misa con otras “opciones” a las que acudir. Pero la misa no es un espectáculo, ni algo que, si encuentro un hueco, voy. Es, ante todo, misterio de amor. Cita de amor con nuestro “enamorado”: el Señor. Estamos en un mundo donde lo práctico parece que ha de ganar la partida a todo. No caigamos en la mentalidad utilitarista del para qué. El verdadero amor no entiende de “obligaciones”. Se da y se recibe. ¡Cristo sigue vivo! Y se hace alimento de vida eterna. Benedicto XVI lo decía así: “En la Eucaristía, el Señor no nos da algo, sino que se da a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. para que tengamos vida verdadera”. La misa va más allá de un rito: si se lo pedimos al Señor, nos descubrirá que es Amor en estado puro.

3. ¿Cómo correspondo a ese amor único? Creyéndomelo. Es cuestión de fe. Es dar un salto en mi manera de ver las cosas. Hay algo, y algo impresionante, más allá de lo que mis ojos pueden ver y mis manos palpar. Ante la trivialidad que nos toca ver a cada momento, ante la podredumbre de los hombres que van a lo suyo, que se devalúan a sí mismos con las mentiras, con la avaricia, con la impureza, con los deseos innobles, hay algo que nos redime y nos habla de la grandeza de nuestra humanidad: Cristo, el Señor, el Hijo de Dios vivo, que ha venido a la tierra para descubrirnos y, al mismo tiempo recordarnos, que estamos hechos a imagen de Dios y esa es nuestra grandeza. La Misa es su expresión más brillante. El misterio frente a la banalidad. “Quien participa en la Eucaristía debe hacerlo con un corazón limpio, reconciliado con Dios y con los hermanos.” San Juan Pablo II.

Deberíamos pensar en Santa María y San Juan, el discípulo amado. Juan cuidando a Nuestra Madre y celebrando para ella la Santa Misa, el encuentro con su Hijo… ¿No te sobrecoge?

Santa Misa. Corpus Christi. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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