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SOLEMNIDAD NUESTRA SEÑORA DE LA ALMUDENA

SOLEMNIDAD NUESTRA SEÑORA DE LA ALMUDENA 2025

Este domingo XXXII se celebra en la diócesis de Madrid a Santa María la Real de la Almudena. Cuenta la tradición que en el año 712 los cristianos de aquella villa, ante la invasión musulmana, ocultaron una imagen de la Virgen en la muralla para que no la destruyeran. Y allí permanecería varios siglos hasta que, tras la reconquista de la ciudad, encontraron su imagen al derrumbarse parte de la muralla. Apareció con velas encendidas a su derecha e izquierda. Su devoción creció con el pasar de los años y, ya a principios del siglo XX, sería proclamada por San Pío X patrona de Madrid.

Las lecturas que nos propone la liturgia de esta solemnidad nos hacen ver a María como la hija de Sión, como el orgullo de nuestra raza, morada de Dios con los hombres y, ya con el Evangelio, como Madre de Dios y Madre nuestra al pie de la Cruz: Jesús Salvador que la entrega a Juan.

1. Hija de Sión y orgullo de nuestra raza. Esta expresión: “hija de Sión”, es un título que ya usaban los profetas. Y ¿qué querían decir con ello? Es la mujer que espera al Mesías Salvador. Las mujeres judías tenían como dolor muy grande el no poder hijos, porque sabían que del Pueblo de Israel nacería el Mesías de una mujer como ellas. Esa mujer, anunciada en el A. Testamento, sería imagen de ese Israel que anhelaba ser salvado. Por otro lado, Sión era otro nombre de Jerusalén, la ciudad de David, la que acogería al Mesías prometido. Y será María, la que encarne esas promesas de los fieles al Señor, acogiendo en su seno al Salvador del mundo. Cuando Nuestra Señora va a visitar a Isabel, para atenderla antes de dar a luz, proclamará el Magníficat. En ese poema del amor de Dios ella misma profetizará que será llamada Bienaventurada por todas las generaciones: “el Poderoso ha hecho obras grandes en mí. María, que recibió todas las gracias, porque Dios la eligió como su obra perfecta. La Virgen Santa María, preludio de esa humanidad salvada por su Hijo, Jesús.

2. Morada de Dios con los hombres. En las letanías del Santo Rosario lo que hacemos es piropear a Nuestra Señora. Y allí se le dan títulos preciosos que nos la muestran como la nueva Arca de la Alianza. En el Arca antigua se guardaron las Tablas de la Ley, una urna con el maná, el alimento que tomaron los israelitas en su paso por el desierto, y la vara florecida de Aarón, con la que hizo prodigios delante del faraón. Todo ello apuntaba a Jesús. Los mandamientos que no serían abolidos, sino perfeccionados con las bienaventuranzas, que el Señor nos regala como nueva ley del amor. El maná, imagen del alimento que no perece: Cristo entregado en el Calvario y que, con su sacrificio renovado en la Misa, se nos da como alimento, con su Cuerpo y su Sangre. Y la vara de Aarón signo del único sacerdocio de Cristo. Ahora la nueva Arca de la Alianza es el vientre virginal de María que da su sí para que Dios visite y salve a su Pueblo. Con esa fidelidad que resonará en la historia: hágase en mí según tu Palabra. La Virgen Inmaculada en su Concepción que acoge en su vientre al Salvador.

3. Madre de Dios y Madre nuestra. Esa peregrinación de fe, de esperanza y de amor, que se hace camino de entrega en la vida de María, nos habla de su olvido de sí, de su humildad que brilla. Ella, que supo cuidar al Rey de cielos y tierra, no se ahorró en ello ningún sufrimiento. María Virgen Madre y José, obedientes a Dios en los avatares de su día a día. María, punto de referencia de una vida entregada sin alardes, con una fidelidad constante y un amor que se fue acrecentando a lo largo del tiempo. Ella, que siguió a Jesús siempre en un segundo plano, dándose en todo momento, hasta sufrir junto a Él al pie de la Cruz. Allí, con esa espada que atravesó su alma, ve al que sostuvo en sus brazos, Salvador, Redentor del mundo, derramando por todos hasta la última gota de su Sangre. María, Madre Dolorosa, no se ahorra nada y nos da al Amor de los Amores, a su Hijo. El Señor nos la ofrece como Madre y nos encarga que la cuidemos y, al mismo tiempo, nos dejemos cuidar por ella. Madre de Dios y Madre Nuestra, porque también nos engendra en la fe a cada uno de nosotros.

Nuestra Señora de la Almudena, con sus velas encendidas, nos recuerda que ella es la que nos da la luz de Cristo para que ilumine nuestro camino. Con el Niño Jesús en brazos nos lo presenta para que nos fijemos en el que es la salvación del mundo. Y nos recuerda lo que dijo a Jesús en las bodas de Cana: “haced lo que Él os diga”. Ese Niño, con la bola del mundo en sus manos, que nos entrega a nosotros, para que lo transformemos y lo llenemos de la luz que no se apaga: el Señor.

de nosotros, para que lo transformemos y lo llenemos de la luz que no se apaga: el Señor.

Santa Misa. La Almudena. XXXII Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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