V DOMINGO T. CUARESMA A. 2026
Aunque Cristo el Señor habla y predica a las multitudes, lo que verdaderamente enamora de Él es el encuentro con las personas concretas, en ese tú a tú que es transformador. Lo hemos visto en los últimos domingos de Cuaresma. Se hace el encontradizo con la samaritana, para mostrarle la sed que tiene de su amor, y regalarle el agua viva que brotará de su costado abierto y traspasado en la Cruz. Se cruza con el ciego de nacimiento para despertarlo de sus oscuridades físicas y morales: porque es la Luz del mundo, que nos ilumina y evita que vayamos perdidos y a tientas. Hoy es el encuentro con un amigo entrañable, Lázaro, al que resucita porque Él es Vida y Dador de Vida.
¿Qué es para ti la vida? Algunos se conforman tan solo con disfrutarla y poco más, a otros les resulta complicado distinguir entre vivir y sobrevivir, porque “viven” bajo mínimos y quizá miran solo lo de aquí abajo. ¿Y para mí? En la Escritura Santa se dice que “la vida del hombre sobre la tierra es milicia”, es emprender una lucha de amor para sacar de dentro todo aquello que Dios nos regala. No olvidemos cómo se definió Nuestro Señor Jesucristo: “Yo soy el camino, la verdad, la vida”.
La vida verdadera no está en el hacer, en sentirnos realizados porque nos movemos mucho, o disfrutamos a tope, es vivir de Dios, con Dios y para Dios. Ahí está esa elección crucial que se nos presenta: ¿vivir nuestra vida o vivir para Dios? El pecado es muerte, la vida en Dios es gracia, don que Él nos da para ser lo que somos: hijos de Dios. Ante nosotros vida o muerte. ¿Qué elegiremos?
1. ¿Elegiremos ser muertos vivientes? Hoy en día están de moda las películas de zombies. Aunque no se pretenda es como una metáfora de la vida de tantos. No nos damos cuenta de que no tenemos vida y vamos deambulando por un sitio y por otro sin conciencia clara de quiénes somos y a dónde vamos. Tan apegados a lo de aquí abajo, que es fácil caer en adicciones que nos tienen encadenados. Y no son tan solo las adicciones más evidentes: las drogas, el juego, el alcohol, el sexo, la pornografía, las pantallas… Hay otras adicciones que, silenciosamente, nos quitan la libertad porque nos abocan a poner por delante nuestro yo, cerrándole el paso a la verdadera libertad que libera. Dios no nos ata, todo lo contrario, nos da alas: es Señor de cielos y tierra y nos ama. Mira tus afectos, tus fobias y filias, tus manías, tu mal carácter, tus enfados… ¿Te dejas atrapar por todo eso?
2. ¿Elegiremos perder o ganar la vida? ¿Dónde ponemos nuestros afanes? ¿Tenemos clara cuál es nuestra meta, de dónde partimos, cómo caminamos y a dónde queremos llegar? Ahí entran en juego las paradojas que Cristo nos regala en el Evangelio: “el que quiera ganar su vida la perderá, el que pierda su vida por mí la encontrará”. Hay tantos deseos vanos… Cada día vemos a gente más rota, o confusa, porque no se reconoce a sí misma, porque se ve mal y no acaba de perdonarse a sí misma. Mirémonos por dentro. ¿Hay coherencia en nuestra vida? lo que pienso, lo que digo, lo que hago ¿va en la misma dirección…? Quien se aferra a su vida como si fuera el bien supremo termina perdiéndola. En cambio, quien se atreve a entregarla a Dios y los demás, descubre una plenitud que supera sus expectativas. ¿Apuesto por Dios o por mí? ¡Que me de cuenta de que mi vida eres Tú!
3. ¿Quién es el verdadero dueño de la vida? Cuando uno mira alrededor ve signos de vida auténtica y, al mismo tiempo, ve signos de agonía que nos descolocan, aunque no nos demos cuenta. La mentira, los afectos desordenados, el egoísmo, el orgullo, la vanidad, el culto al cuerpo… Son muestras palpables de esclavitudes que impiden vivir y vivir con gozo verdadero. San Juan Pablo II nos prevenía sobre la cultura de la muerte en la que estamos sin apenas notarlo. El hombre se ha vuelto un lobo para el hombre porque corta la vida en los primeros momentos, con el aborto, o en los últimos, con la eutanasia. No podemos acostumbrarnos a la violencia en el matrimonio, en la familia, en instrumentalizar al otro… ¿Cómo acabar con esto? Con un respeto reverencial por las personas, sin ver al frente enemigos potenciales. Y viendo a Dios como el que da la vida verdadera.
Miremos a la Inmaculada, a María concebida sin pecado. Ella nos invita a ir de la mano de su Hijo para hacer lo que Él nos diga. Y nos recuerda que nuestro gran enemigo, digámoslo una vez más, es el pecado, que hiere de muerte al alma. ¡Madre, danos vida, para no vernos morir en vida!