DOMINGO V T. ORDINARIO A. 2023

El hombre se cree con gran capacidad de encender luces y busca el brillo. Cuántas luces por todos lados. Vistas desde lo alto las ciudades del mundo parecen eso, ascuas de luz. No resulta extraño que para estudiar las estrellas los científicos busquen lugares donde tenga que apagarse lo de abajo para ver lo de arriba. Para ver el cielo han de apagarse las luces de la tierra, porque hay contaminación lumínica. Parece que esto está bien metido también en el hombre: que si se empeña en mirarse a sí mismo se queda sin capacidad de reaccionar y no es capaz de ver más allá. 

Dios, en el origen, nos hizo llenos de luz: una luz clara y limpia que permitía al hombre conocerlo a Él y conocerse a si mismo. Sin embargo, esa claridad auténtica y plena duraría poco. Sí, el tentador lo sedujo con mentiras, y acabó por echarle un pulso a Dios porque parecía querer la exclusividad: brillar por sí mismo. Y, sin estar “enchufado” a quien le sostenía… se apagó. 

La vida del hombre sobre la tierra, desde entonces, es una lucha abierta: la luz y las tinieblas, bien y mal. Pero ¿dónde está la verdadera luz que guía por camino seguro? ¿En nuestra alma? ¡Cuántas oscuridades! Cuando uno se mira a sí mismo se cierra en su orgullo y eso mismo lo anula de tal forma que no deja espacio para que haya otra luz que objetive la visión. Con sencillez, con mucha humildad, hemos de pedirle al Señor que nos saque de esta postración, de esa mentira que nos acabamos creyendo de que podemos caminar solos, cuando el GPS que no engaña es Él.

1. No empeñarnos en ir a tientas. A los niños les asusta la oscuridad, necesitan puntos de apoyo, necesitan saber que están protegidos, que nada va a turbar su paz, pero también a los mayores nos molesta entrar en un sitio sin luz, porque andar a oscuras nos hace tropezar con todo lo que hay a nuestro paso, sencillamente porque no lo vemos. Nos cuesta reconocer que es bueno que haya una mano amiga que nos guíe, que sea camino claro por donde avanzar sin que estemos dándonos golpes contra todo y contra todos. Dios mío, pon en nosotros la claridad de fiarnos de ti. Darnos cuenta de que eso de ser niños ante Dios, sin malicia, sabiéndonos aprovechar de su paternidad, no es un desdoro. Es la forma clara de tener una meta clara para llegar a un sitio seguro. 

2. En las tinieblas una luz les brilló. San Juan, en el prólogo de su evangelio nos describe muy bien ese “recorrido” del hombre. Dios, ante nuestra debilidad, ante esa oscuridad de nuestro yo, que nos deja desarbolados, no ha querido que estemos a oscuras: quiere remediar esa caída del principio: cambiando el orgullo con la humildad, el pecado con la gracia, el abatimiento con la esperanza. Jesucristo, el Hijo de Dios vivo entra en la historia para darle sentido y ser Luz. Esa luz sin ocaso que no se apaga, que da vida, que muestra el camino, que nos llena de paz porque nos hace comprender de dónde venimos y a dónde vamos. ¿Nos vamos a seguir empeñando en ir por nuestra cuenta, sin dejar de dar traspiés… Dejémonos iluminar por Dios. Vivamos de su luz.

3. Dejarse iluminar para ser luz y para dar sabor. En un mundo donde falta Dios o lo apartamos de nuestro horizonte, porque queremos ir a nuestro aire, no hay manera de aclararse. Todo es insípido no sabe a nada porque, sin Dios nada existe que tenga verdadera sustancia. Todo se hace poco apetecible porque los ingredientes que el hombre pone, sin el toque de Dios. Nos empeñamos en que todo tiene que ir según habíamos pensado y no hay forma. Sin embargo, cuando miramos a Dios, su mirada nos hace mirar a los demás, y somos capaces de saborear la alegría del servicio, el gozo de dar aliento, porque eso nos fortalece. Descubrimos que hacer algo que no solo me beneficie a mí es algo que oscurece nuestra vida. Abrirnos al otro nos hace beneficiarnos a nosotros mismos. 

El fuego, la luz, la sal. Son como etapas de la vida de los hijos de Dios. Y lo que sostiene todo es un amor que se enciende, que se hace antorcha en la noche, y a todo eso que sin Dios es insípido, le encuentra uno sentido, sabor.

Miramos a María que es Estrella de la mañana que anuncia el día y qué paz interior. Yo soy porque todo lo he recibido del Señor. Bendito sea que me guía.

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