DOMINGO VI T. ORDINARIO A. 2023

Mira cómo empezaba la primera lectura: “Si quieres guardarás sus mandamientos…” Dios es un caballero, no nos violenta, no nos fuerza, nos hace su propuesta de un amor único y espera… No se nos puede olvidar: la verdad no se impone, se propone. Dios nos ha dado una “hoja de ruta” y, al mismo tiempo, nos regala la libertad para seguir sus pasos. Tenemos esa libertad soberana, pero ¿para qué la usamos? ¿cómo la integramos en la vida? El Buen Dios nos dice: elige, pero para hacerlo y bien, hemos de fomentar algo que es lo que nos da la clave: la libertad auténtica es la que se ejercita para el bien, porque una libertad para el mal nos hace esclavos de nuestro pecado.

“Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera”. La muerte del alma es algo bien triste: en nuestra mano está no dar facilidades para que eso ocurra. La opción por Dios no es una cosa que adorne la vida, es algo que implica de lleno la existencia y la transforma. Es el hombre el que tiene que dar respuesta a ese interrogante: “¿qué prefieres?” Muerte o vida.

Le pedimos al Señor que nos abra los ojos para distinguir, para percibir con claridad y elegir, para tener puntos de referencia y seguirlos. No se trata solo de hacer cosas, sino de tener ese corazón grande, generoso, a la medida del Señor, que no defrauda, que aliente y dé vida. 

Pidámosle el don de la sabiduría. La auténtica, porque hay una sabiduría que viene del cálculo del hombre, y hay una sabiduría verdadera, don del Espíritu Santo, que solo viene de Él. De hecho, Sabiduría, así, con mayúscula, es otro nombre de Dios. Danos, Señor, esa sabiduría que nos hace mirar de otra manera, que nos hace capaces de no quedarnos en la superficie, de profundizar en las personas, en las situaciones, en las cosas. Hemos de aprender a leer. Sí, a leer. Hay una lectura de la realidad en clave de Dios. Hay otra lectura de la realidad según los intereses del hombre. 

En ese diálogo con Dios abierto en nuestro corazón, que nos plantea el salmo, ejerzamos como hijos de Dios y démosle gracias por abrirnos caminos de amor. No se trata ya de un cumplir la ley con un legalismo que hiere el alma, de un cumplir que nos tranquiliza, pero no transforma la vida. Es esa plenitud del que aprende a amar en la Escuela de Cristo, el Amor de los amores. ¿Cómo…?

1. Una renovación de la mente. Hace falta, y cuanto antes mejor, una renovación de la mente, como nos dice San Pablo, que comprenda y respete lo bueno, lo que agrada a Dios, lo perfecto. Lo que valora y da dignidad al hombre es vivir en la ley de la libertad que Cristo nos ha conseguido muriendo por nosotros en la cruz. Aunque el hombre busca otra sabiduría: la sabiduría de aprender a justificar las propias acciones, sean buenas o malas, con tal de ajustarlas a los propios deseos. Hoy en día se puede justificar todo, con tal de tener al lado un asesor de imagen, al que puedas decirle: “mira, quiero conseguir esto, dame argumentos para salirme con la mía”. ¿Buscamos eso?

2. Entender lo que son los mandamientos. Con los mandamientos el Señor nos orienta para poner un marco a nuestra vida, para encuadrar lo que hacemos, sentimos, hablamos. Nos dan la referencia de dónde está el norte y el sur, el este y el oeste, para no acabar en París si quiero visitar a un amigo que vive en Nueva York. Son los instrumentos para que el camino elegido me lleve al destino que llena de plenitud: Dios. Aunque es una ley de mínimos: no nos quedemos parapetados solo en los mandamientos, avancemos con esas bienaventuranzas que nos dan el tono de quien es Cristo. Así, el amor de Dios recibido desbordará en nosotros y lo podremos regalar a los demás.

3. Démosle aire a la verdad: merece la pena. La verdad, como la realidad, no la creamos nosotros, la reconocemos. Nos quieren vender que somos los dueños y señores de todo: todo a nuestra merced. Pero buscar la verdad, defender la verdad, sin tenerle miedo, es algo que a la corta o a la larga nos libera.

La verdad nos hace libres y nos lleva a Dios, y Dios nos encamina a la verdad, porque Él es la verdad. Cuando buscamos los propios intereses y ya está, convertimos nuestro mundo en un océano inmenso donde nos perdemos porque hay tantas islas como individuos y cada uno, en su pequeño islote, se queda aislado en sus propios egoísmos, sin poder conectar con el otro. 

Miremos a María: ella fue la más libre porque obedeció a Dios, y siguió sus propuestas.

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