VI DOMINGO T. PASCUA C. 2025
Hoy Cristo en el Evangelio hace una declaración explícita de quién es Dios “por dentro”. Es Trinidad. Quizá tenemos la impresión de que eso de contemplar a Dios, Uno y Trino, se escapa un poco de nuestro alcance. Sería más propio de teólogos que de gente sencilla. Pero no es así. Hemos de pedirle al Señor la gracia de entender ese misterio, compartir con Él la intimidad de su Amor. Un Amor con mayúscula que nos llena y abre horizontes… impresionantes. ¿Me doy cuenta de eso?
Pídelo con humildad y se hará la luz en tu interior. Dios Padre, lleno de misericordia, nos saca de nuestro pecado para darnos vida y una vida abundante. Volcado con nosotros, nos regala a su Hijo Amado, para que nos salve de nuestras precariedades, pagando el rescate de nuestras culpas, al morir por nosotros en la Cruz. Y ahí está también el Espíritu Santo, que nos va dando la luz y la fuerza para entenderlo todo y hacer posible que mente y corazón capten ese amor y puedan vivirlo.
En la mayoría de los casos hemos recibido esa fe en un ambiente bueno, y lo hemos asumido haciendo lo que se ha hecho siempre, sin plantearnos mucho más. Pero, vivirla así, hace que esa fe se entienda mal. La fe no es creer sin rechistar cosas que se nos escapan. No es creer con un convencimiento ciego e irracional. La fe es siempre luminosa. Nada de tener los ojos cerrados, yendo a tientas por caminos inciertos. Es, más bien, lo contrario: es estar abiertos a la luz, para profundizar en el misterio de un Dios grande y bueno que nos tiende la mano para que sigamos sus huellas.
Dios sale a nuestro encuentro y nos hace ver que cumplir, sin más, no es amar. Que lo nuestro no es hacer, hacer, hacer, sino vivir, y vivir con pasión de amor. No es ver todo tan evidente que vivimos instalados. Es ponerse en marcha y llevar a cabo eso que tengo claro. No es estar tranquilo por vivir en posesión de la verdad, es permitirle a Dios exigirnos para cambiar el paso y dar más.
1. Guardar las palabras de Dios. Y eso ¿en qué consiste? En primer lugar, en escuchar. Los oídos atentos para que no se nos escape nada, porque Dios habla a veces en susurros. No es vivir de alharacas, sino dejarle a Él asentarse en lo profundo de nuestro ser. ¿Hago hueco a Dios dentro de mí? No podemos olvidar lo que hace María: guarda todo lo que vive y aprende de Jesús, meditándolo en su Corazón. La oración no es repetir oraciones aprendidas y poco más. Es ir saboreando lo que Dios nos va diciendo, para que se vaya transformando en la razón de nuestro existir y convertirla, con alegría y paz, en aliento de vida. Para María y José fue el gran camino de crecimiento interior.
2. El Espíritu Santo nos lo enseñará todo. ¡Que tranquilidad! Jesús promete enviarnos al Paráclito. ¿Qué significa esa palabra difícil de entender? Literalmente es el que está junto a nosotros para consolarnos. ¡Qué seguridad nos ofrece para nuestra alma! Los apóstoles, después de la muerte del Señor, de su Resurrección y Ascensión, quedaron abrumados, pensando: “y ahora ¿qué hacemos nosotros sin Jesús?” Es en estos momentos donde se van a concretar las promesas del que ha sido su Maestro: el Espíritu Santo que viene a ellos para darles ánimo y esperanza. Es el que nos recuerda lo que hay que vivir y decir. Nos da a nosotros “explicaderas” y a los que escuchen “entendederas”.
3. La paz os dejo mi paz os doy. La paz, que es el “santo y seña” de Cristo resucitado, la expresión del Papa León XIV para inaugurar su pontificado desde la balconada de la Basílica de San Pedro. Una llamada a la confianza en Dios que siempre va por delante. ¡Qué tranquilizadoras son esas palabras: “que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde”! Serenos y valientes. Si Dios está con nosotros (que lo está), ¿quién estará contra nosotros? Dios no abandona a su Iglesia, y tampoco nos abandona a cada uno de nosotros. ¿Que cuál es la garantía de todo eso? El amor incondicional que Dios nos tiene. Nos ama a todos, sí. Pero ama, a la vez, a cada uno. Eso es siembra de esperanza.
De la misma manera que la Virgen Santísima estuvo en el nacimiento de la Iglesia, rezando con los apóstoles para darles aliento y confianza en Dios, también ahora es Madre amorosa que no nos dejará. Es Madre de la Iglesia. Porque la ciudad santa que se ve resplandeciente en el Apocalipsis, la Jerusalén celeste, no es otra que la Iglesia. La gloria del Señor la ilumina y su lámpara es el Cordero. Sí, Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Confiemos y seamos fieles a Él.