VI DOMINGO T. ORDINARIO A. 2026
De vez en cuando es bueno revisar qué imagen tenemos de Dios y de nosotros mismos. De ahí dependen muchas cosas. S. Agustín decía: “conocerte a Ti, Señor, y conocerme a mí”. Dios no es quien maneja los hilos y mueve a los hombres como marionetas, llevándolos por donde Él quiere. No es un controlador. No se contradice: nos ha creado a su imagen y semejanza, sin manipularnos, porque nos ha hecho libres. Nadie ama obligado. Y, por eso mismo, no podemos echarle en cara las cosas cuando se tuercen, esperando que arregle lo que nosotros, previamente, hemos desarreglado. Lo dice la Escritura: “a nadie obliga a ser impío, ni le da permiso para pecar”. Dios es sumamente respetuoso con nosotros. Así comienza hoy la primera lectura: “Si quieres…” Nos deja elegir entre el bien y el mal, la muerte y la vida. No abusemos de esa condescendencia de Dios, apostemos por lo que vale, por lo que conduce al bien, por lo que apunta a la verdad. Y empezaremos a caminar.
1. ¿Qué es para nosotros la ley de Dios? Podríamos decir: pues los mandamientos, que nos dicen lo que tenemos que hacer y lo que tenemos que evitar. Nos parece sencillo: hago esto bien, soy bueno y me quito de líos. Cuando meto la pata pido perdón y hasta la próxima. Pero ¿con eso me contento? No caigamos en un planteamiento legalista en nuestra relación con Dios: tengo unos deberes, los cumplo y tengo derecho a un premio, porque mi trabajo me ha costado. Si lo hago así, convierto mi vida de cara a Dios en un contrato: yo te doy y tú me das. Todo medido y sin exagerar, por si acaso. A partir de aquí, qué fácil es caer en una ley de mínimos. Me conformo con “contentar” a Dios, porque no me compensa que se enfade conmigo. Y lo convierto en “algo”. Pero Él es “alguien” que me ama y me tiende la mano para sacarme de mi “horizontalidad” y elevarme a lo alto. Señor, que te entienda tal como eres, sin obligarte a entrar en mi juego: no has venido a la tierra para premiar mis acciones buenas, sino para salvarme de mi pecado y regalarme tu amor incondicional.
2. ¿Seguir con nuestras rutinas malas…? Hay una clara confrontación entre esa sabiduría del mundo que nos propone una lógica en la que soy yo, con mi criterio humano, el que da valor a las cosas. Y esa otra sabiduría de la que nos habla la Escritura, que nos introduce en una dimensión que va más allá: una sabiduría sobrenatural que, sobre todo, tiene en cuenta a Dios como centro de nuestro existir. La sabiduría “dañina” es la que les proponía la serpiente a nuestros primeros padres: ser como dioses, borrando la distinción entre el bien y el mal, para apuntar tan solo a lo que “me brota de dentro”. Todo según mi gusto y capricho. La opción que se me plantea es hacer lo que me da la gana, porque nadie me puede imponer nada. En definitiva, ningunear a Dios. Ó bien, como eso “suena fuerte”, opto por una línea más suave: doy un “poco” de entrada a Dios, planteando la lucha a la baja: hasta dónde puedo llegar para no pecar, y no tener a Dios a la contra. Buscar dónde están las líneas rojas para no traspasarlas. Nadar y guardar la ropa. No ser malo, pero tampoco ser bueno…
3. Entremos en la dinámica del amor de Dios. Todo lo anterior nos puede cuadrar bien en nuestra lógica humana, pero nos hace picotear en el suelo como las gallinas cuando podemos volar alto como las águilas. Busquemos esa otra lógica con la que han actuado los santos: dar gloria a Dios con la propia vida. Ya, pero eso son los santos, y yo no llego a tanto… Vale para todos, lo que ocurre es que nos asusta el compromiso. No se trata de mantener el tipo, para no caerse con todo el equipo. Se trata de apuntar al cielo y, a partir de aquí, disfrutar de lo que Dios tiene reservado para los que le aman. Quizá podemos decir que esto suena bien, pero ¿qué ocurre con todo el tiempo perdido, con todas mis debilidades, y mis pecados que siguen pesando y me bloquean para cambiar de ruta? Que Dios es bueno y tiene memoria para lo positivo. Lo negativo, ofrecido, se convierte en gracia. “¿Qué quieres, Señor?” “Tu correspondencia, tu obediencia, tu esperanza renovada, tu entrega. ¿Estás dispuesto a dármela?” Dile que sí. Que le ofreces toda tu vida para que la llene y la regenere.
Dejemos obrar a Dios que sabe, mucho mejor que nosotros, por dónde llevarnos, y dónde encontrar la felicidad verdadera. El nos dará su gracia, sus dones, que van a convertirse en instrumentos en nuestras manos para dejar atrás heridas, peso muerto, mediocridades y avanzar. No nos engañemos, llamemos a las cosas por su nombre y dejemos que María guíe nuestros pasos.