DOMINGO VI T. ORDINARIO C. 2022

Tenerlo todo a pedir de boca no nos viene bien. Saber que lo que merece la pena supone esfuerzo nos hace fuertes. Dejar a un lado lo que nos parece difícil o complicado y apostar por lo más cómodo, causa, a la corta o a la larga, insatisfacción. Los auténticos deportistas ganan echándole coraje y no desanimándose ante un mal resultado. Tener esto en cuenta, da alas y nos aleja de la mediocridad. 

La vida del cristiano, de un hijo de Dios, se va apoyando ahí para que nuestro amor a Dios y al prójimo no se quede en un eslogan. Hay muchas cosas que tenemos claras en nuestra mente, pero que apenas tocan el corazón. No seamos unos teóricos. Hemos de ponerlas en práctica. La vida de un hijo de Dios es una combinación de confianza en el Señor y un deseo ardiente de no ahorrarse ningún trabajo para poner en marcha todo lo que Él nos va pidiendo para construir vida. Y vida plena.

Cuando escuchamos las lecturas de la misa, qué importante es que cale en nosotros ese Dios bueno que nos quiere hasta morir por nosotros en una cruz. No lo olvidemos. Dios es un Dios de misericordia, lento a la cólera y rico en piedad, que sabe salir al paso de todo el que se acerca a Él para ponerse a su disposición. Pero esta misericordia va de la mano de la justicia. Dios es justo Juez, que quiere de nosotros una apuesta clara por el amor, por la verdad, por la belleza, por el bien. No podemos esperar que sea el solucionador de nuestros problemas, sino la mano amiga que nos ayuda a salir al paso de ellos. Dios ayuda a quien se deja ayudar. Dios no se deja ganar en generosidad, ama y se vuelca con el que le abre de par en par el corazón. No es una especie de hada madrina ante quien podemos quedarnos con los brazos cruzados, quiere que, confiando plenamente en Él, le dejemos actuar.

Y nos plantea, a veces, esas paradojas donde todo parece que se vuelve del revés, para que no nos dejemos atrapar por lo inmediato, encadenados en lo terreno. Nos pide no tener miedo a apuntar a lo más alto: que sepamos dirigirnos con firmeza a lo eterno. Si nos fiamos de Él convierte nuestras debilidades en fortalezas. La lucha que hemos de emprender no es una lucha sin más, es una lucha de amor para que, a cada momento, sepamos afrontar lo que nos presenta, con ilusión y esperanza.

Las bienaventuranzas son eso: un reto que el Señor nos lanza para animarnos a actuar. Una manera de poner a un lado y otro lo que nos ofrece el mundo y lo que nos da Dios. No somos ciudadanos de segunda categoría, sino luchadores que apuestan por lo que merece la pena. Para un hijo de Dios no hay fracaso o derrota porque todo puede encaminar hacia Dios si sabemos afrontarlo. Preguntémonos:

1. ¿Dónde está la verdadera riqueza? Lo de aquí abajo, lo material, puede atraer mucho, pero a la larga, decepciona. Cuando uno hace depender su felicidad de las cosas, nos ocurre como las tumbas de los faraones. Ponían allí todas sus riquezas, pero poco le podían servir después de la muerte. A quien sí les servían era a los ladrones de tumbas. Lo que vale es lo que permanece y nos llena el alma.

2. ¿Dónde encontrar lo que sacia nuestros anhelos? Tantos problemas, tantas heridas que pesan sobre nuestras espaldas y a las que no terminamos de dar solución, porque lo humano se nos queda muy corto. Vamos detrás de cosas que, una vez conseguidas, nos dejan decepcionados e incluso acaban amargando, porque un deseo llama a otro deseo, pero lo que colma es la fuente del Corazón de Jesús. 

3. ¿Quién ofrece el consuelo que da paz al alma? Hay tantos miedos, tantas incertidumbres. ¿En qué manos ponemos nuestra vida? ¿En el que nos halaga, porque en el fondo quiere usarnos para sus intereses? Vaya mal negocio que hacemos con todo eso. Los hombres fallamos tanto… Nos dice Santa Teresa: “nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta”. La confianza plena en Dios es nuestra fuerza.

Uno de los salmos nos dice: “sé valiente, ten ánimo, confía en el Señor”. Esa sí que es nuestra auténtica garantía. Miramos a María, que se fio plenamente de Dios, y ¿qué ocurrió? Que esa confianza hizo en ella maravillas. Bendito Dios que nos das tanto, ayúdanos a abandonarnos más en Ti.

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