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VIERNES SANTO

VIERNES SANTO EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

Tus ojos, Señor, que eran luz en la noche, luminaria de fe y amor… Esos ojos que miraban con ternura a la viuda que había perdido a su hijo, que miraban llorando al sepulcro de su amigo Lázaro. Esos ojos que dieron vista a los ciegos, que miraron con amor a aquel joven que no supo responder a tu llamada, que miraban a María con la inocencia de Niño, cuando te cambiaba los pañales. Esos ojos de amor se están apagando ahora y llenan los nuestros de lágrimas. ¡Señor y Dios mío qué hemos hecho y estamos haciendo ahora contigo! Desde lo alto de la Cruz nos miras. No hay en Ti reproche. La amargura, el dolor, el sufrimiento físico y moral, con la que te hemos clavado en la Cruz, se vuelve ahora dulzura. Cordero inocente y entregado. Nos miras con Pasión de amor, y esa mirada tuya traspasa nuestra alma y nos sigue diciendo: “a vosotros os he llamado amigos”. Destilas amor.

Nuestros ojos se nublan por las lágrimas, pero al tiempo miran hacia dentro, hacia nuestra alma y… ¿qué vemos? Vemos nuestras oscuridades, vemos nuestros miedos, vemos nuestras tristezas, vemos nuestros sufrimientos, vemos nuestros dolores, vemos, al fin, nuestros pecados. Y nos sale apenas el aliento para decirte: “Señor, perdóname, he sido yo. Yo que me quejo, yo que paso por alto tus requerimientos de amor, yo que, tan pendiente de lo mío, me olvido de Ti…” No podemos por menos de decir: “Señor, perdóname, he sido yo”. No hay dolor como tu dolor, porque es dolor de amor no correspondido, porque es entrega que no ha sido acogida. Tantas veces mirando para otro lado, tantas veces cerrándote las puertas. ¡Cuánto desdén, cuánto olvido! Y no podemos por menos de volver a decir: “Señor, perdóname, he sido yo”. Quisiera ponerme a tus pies. Quisiera tener palabras para decirte algo que te consuele, pero no me salen. Tu mirada me alivia. ¿Y la mía?

Dices: “todo está cumplido”. Obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz. Y nos entregas tu espíritu, que es promesa de luz. Tus ojos se cierran y se oscurece todo. ¡Dios mío, Dios mío, ¿qué puedo hacer yo sino dolerme de mis pecados y pedirte perdón? Y estar ahí, arrodillado ante tu presencia, ante la Cruz, esa Cruz instrumento de tortura, ignominiosa, que estás convirtiendo en gloria. Tu Sangre Sacratísima cae por el madero, hasta impregnar la tierra y fecundarla de perdón. ¡Por mi culpa, por mi gran culpa! Me estás liberando, me estás quitando esas cadenas que me han oprimido y que ahora, lejos de mí, me dan la libertad, esa libertad plena de hijos de Dios redimidos.

Puedo ver al Padre que te ha pedido que el Amor llegue a los hombres sin fisuras. Sostiene la Cruz y te mira agradecido porque has cumplido su Voluntad y nos mira a nosotros para decirnos que nos ama hasta ese extremo: darnos en ofrenda a su propio Hijo. Y llora, sostiene la Cruz y llora. Y el Espíritu Santo, que es el Amor, también te mira y sus lágrimas de luz se convierten en promesa de fuego y esperanza. La Trinidad que se arrodilla ante el hombre para decir a cada uno: “te quiero”.

Al pie de la Cruz está María, Madre Dolorosa, con su Inmaculado Corazón traspasado, que ve a su Hijo, al que tuvo en su vientre, al que alimentó de sus pechos. Traspasada de dolor y serena, porque su hijo, antes de morir nos la ha dado como Madre. Y su Corazón dolorido se ensancha para decirnos a todos y cada uno: “os quiero, sois mis hijos”. Y piensa en José y le dice que lo añora, porque ese Niño que llevó en sus brazos, que ante sus ojos creció en sabiduría y amor, al que enseñó en su taller a trabajar en lo cotidiano, al que fue mostrando la maravilla de la fe del Pueblo elegido, al que, junto con María enseñó a orar… ¡Qué curioso! la Palabra de Dios, orando con sus palabras. Y María siente que también está allí presente, para mirar al Niño Dios que se entrega en holocausto.

Gracias, Señor, por hacernos ver a la Trinidad del Cielo: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, tan unida a cada uno de nosotros, junto con la Trinidad de la tierra: Jesús, José y María. Allí también estamos cada uno de nosotros, representados en San Juan, el discípulo amado. Y lloramos con la Creación entera, porque el autor de la vida ha asumido todo lo nuestro y lo ha hecho suyo. ¡Dios mío, Dios mío! ¡Cómo nos amas! Y, doloridos, guardamos silencio, para que nuestra mente y nuestro corazón se hagan uno con el Amor de los amores. Solo podemos llorar y dar gracias, porque la salvación ha venido a la tierra y, con Sangre, ha sembrado la esperanza. Un rayo de luz se vislumbra en el horizonte. ¡Qué gozo contenido ahora para estallar después! Esperamos la resurrección.

Viernes Santo. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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