DOMINGO DE RESURRECCIÓN 2023

Esta noche ha dado a luz un día lleno de esplendor. Las tinieblas son ya un pálido recuerdo que vemos ya como de otra época. Quizá hubo algunos momentos en que nuestra mente se nos llenó de dudas, en que nuestro corazón, queriendo creer, no terminaba de encontrar apoyaturas. Parecía que todo había sido un sueño anclado en la noche. Una ilusión perdida. Pero no ha sido así. Dios siempre desborda, Dios siempre tiene algo grande y hermoso que decir. Cristo ha resucitado.

En la Vigilia Pascual la Iglesia nos anunciaba la noticia. Un fuego vivo, ardiente, que quiere prender en corazones enamorados. Una luz que le quita el velo de tristeza a la noche. Un Dios grande que no se quiere quedar lejano al hombre, en un cielo inaccesible. Un Dios que es todopoderoso sí, pero a la vez comunicativo, dialogante, amoroso y tan a la mano que se va desgranando en la historia, que se escribe y se pronuncia de mil maneras distintas. Las promesas de Dios que no son vanas, arraigan aunque los hombres les pongamos pegas. Se van haciendo vida de nuestra vida.

Ahora Pedro ya no está lloroso y avergonzado, con el peso de su traición, repetida por tres veces. Estamos ya en tiempo de esperanza. Ese Pedro se ha vuelto valiente, con la audacia de una fe que tiene motivos para estallar de alegría. No puede por menos de hacer el relato de la salvación. No puede haber motivos para la tristeza. Todo está hecho por Jesús. Todo está por hacer por nosotros. Somos ahora nosotros los que hemos de testimoniar lo que necesita un mundo apagado.

¡Cristo ha resucitado! Ese grito de júbilo traspasa el tiempo, el espacio, y se vuelve eternidad. No puedo decir que no me afecte, porque ha dado un vuelco al universo, y ¿en mí…? La Vida no es algo que se anhela, es algo que puede vivirse en plenitud. Cristo nos la regala, Él es la Vida verdadera.

“Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Agradezcámoslo.

1. Aspiremos a los bienes de allá arriba. A estas alturas hemos visto, hemos palpado a lo que lleva el corazón del hombre cuando se aparta de Dios: a una pasión llena de dolor y de soledad. Cuando estamos a lo nuestro, cuando queremos ser nosotros los que lleven las riendas, hay muy poco recorrido por el que caminar. Todo se vuelve insulso, todo resulta vano. Querer construir al margen de Dios es una empresa que acaba siempre en fracaso. Por mucho que busquemos el bienestar, esa comodidad codiciada y que nunca se acaba de saborear, porque queremos más y más encontraremos lo que no sacia…, por mucho que digamos que lo dominamos todo, toparemos siempre con la decepción. El hombre sin Dios es un hombre sin raíces. Está abocado a la muerte.

2. Tiempo de correr al encuentro del Señor. ¡Cuántas carreras en vano, persiguiendo el humo! El hombre se afana, va sin rumbo, y ¿qué…? Insatisfacción a cada paso. Correr hacia la esperanza que nos da el Señor es encontrar una puerta abierta a lo que da arraigo auténtico a nuestra vida. Lo que nos da aliento, lo que verdaderamente nos va a descubrir esas ilusiones que creíamos que no podían hacerse realidad es el encuentro con una persona, Jesús, que nos descubre que el amor tiene todo el sentido cuando se apoya en ese Amor con mayúscula que Él es para todo hombre. Jesús nos enseña a amar, con un amor que no es de pacotilla, que no busca cubrir el expediente. Existe un amor de entrega y gozo: el de dar la vida por los amigos. Es posible y Cristo nos lo ha mostrado.

3. Hemos visto y hemos creído. La esperanza se vuelve clara, clarifica el horizonte. El amor se muestra no como una cosa que se vive mientras dura, como un sentimiento pasajero que no da para más, se muestra como algo grande y capaz de cambiar vidas. ¿Entonces? Es tiempo de creer. La luz de la fe es lo que nos da la garantía de una búsqueda que encuentra. El encuentro con Dios no es un fogonazo que se siente y, luego… a otra cosa. Creer en Dios es descubrir la libertad. Es darnos cuenta de que lo que intenta vendernos el mundo es pan para hoy y hambre para mañana. La fe no es una venda en los ojos: es una mirada profunda a lo que da el aliento para el camino, la felicidad que no se apaga, la alegría que se va construyendo con novedad a cada instante. ¡Cristo resucitado!

Y María… María, Virgen de Dolores, es ahora Madre de la Esperanza, Madre de Misericordia. Gozo en el alma, Refugio de los pecadores, Auxilio de los cristianos. Madre y compañera de camino.

Irrumpe la vida y deslumbra.
Domingo de Resurrección
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