VIGILIA PASCUAL 2022

Hoy un grito de gozo sale de la tierra, lo traspasa todo y llega el cielo: ¡Cristo ha resucitado! Los ángeles y los santos se llenan de alegría con nosotros. Y María, Reina del Cielo, se goza en Dios.

La tierra que estaba en silencio, ahora se ha llenado de ese sonido celestial. “Cristo ha vencido al mundo. La victoria es de nuestro Dios. La historia de amor de Dios con el hombre se ha cumplido”.

Hemos visto con las lecturas, cómo se ha forjado nuestra salvación. Dios metido en la historia. Conviene hacer memoria de las misericordias de Dios con nosotros. No somos hombres que han llegado al mundo como advenedizos, creyendo que vamos a descubrir por primera vez lo que ya está descubierto hace mucho tiempo. Quizá pensamos que todo lo que ha habido antes de nosotros era irrelevante, o creemos que vamos a construir el futuro, según nuestros planteamientos. Ese es el sueño de nuestro orgullo. Pero el mundo ya existía y funcionaba mucho antes. Todo ese recorrido a través de la historia de la salvación nos invita a tener memoria. Dios se ha enamorado del hombre, y lo acompaña a lo largo de los siglos, para hacerle ver quién es él y la grandeza de quién es su Dios.

Deberíamos entonar un canto de acción de gracias. Pero cuánto nos cuesta. Dios no está de moda y este mundo sigue empeñado en matarlo, apartándolo de su vida, de sus aspiraciones, no quiere nada con Él. Está ensimismado, está tan metido en sí que todo lo demás le sobra. Y, sin embargo, necesitamos luz, necesitamos fuego, necesitamos vida verdadera, tenemos necesidad de esperanza. ¿Y todo eso lo podemos conseguir por nosotros mismos? Seamos claros, cualquier pretensión en este sentido está abocada al fracaso. Sin embargo, Dios vive y es presencia viva.

Hoy, más que nunca hemos de gritar a pleno pulmón: Cristo vive, ha resucitado. Sea nuestra alegría y nuestro gozo. Hubo al principio una luz, explosión de vida, que el Creador hizo irrumpir en la oscuridad de la noche de los tiempos. Y la creación se puso en marcha. Pero el hombre entonces, como ocurre ahora, se empeñó en poner un velo al bien, a la belleza, a la verdad. Y lo desbarató. El Padre, misericordioso, mandó a su Hijo Amado para restaurarlo. Y otra vez: “Vino a los suyos y no lo recibieron”. El fracaso de la cruz. Pero esta ve la derrota fructificó en salvación. Al tercer día la tierra en tinieblas, se llenó de luz. ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo vive! ¡Venció la esperanza!

1. Despertemos del sueño de la muerte. Nosotros ¿qué sueños soñamos? ¿A dónde se dirigen nuestros deseos? ¿Nos vamos a conformar con cualquier cosa? ¡Cuántas decepciones, cuántos comienzos, qué pocas metas conseguidas y que merezcan la pena! ¿Por qué no empezamos a soñar los sueños de Dios, como hizo San José? Mis proyectos a lo humano, sin ser malos, ¿son lo que Dios quiere de mí? Lo primero que Dios quiere de mí es que me aparte del pecado, porque es siempre un sueño sombrío, y quiere que emprenda un camino de confianza y de amor entregado a Él.

2. Dejemos que prenda el fuego y la luz de Dios. Al principio de la celebración hemos encendido el fuego nuevo, y de ahí hemos encendido el Cirio Pascual que representa a Cristo.

Desde esa luz se han ido encendiendo las luces que van rompiendo la noche de nuestras oscuridades. ¿Ves? El fuego del amor siempre ha de nutrirse con la novedad de la entrega. ¿Qué tenemos dentro del pecho: un corazón de carne o un corazón de piedra? Quita de él los afectos que no terminan de ser claros, limpios, quémalos y deja a Dios iluminar tu vida para echar fuera, lejos, lo que no vale.

3. Bebamos de la fuente de agua viva. Dentro de muy poco haremos la bendición del agua y renovaremos las promesas del bautismo que hicieron nuestros padres. Qué momento más especial para darle lustre a nuestra fe. A lo largo de los años quizá ha habido vaivenes, quizá se ha debilitado y nos ha dejado en la incertidumbre, e incluso en la lejanía. Digámosle al Señor: confío en Ti, espero en Ti y te amo. Ya he puesto en tus manos mi corazón, pero ahora quiero poner también mi mente, para que quede iluminada por Ti, y eso se haga camino para no apartarme nunca de Ti, Dios mío.

A María la invocamos con el título de Estrella de la mañana. Claro, es ella la que nos saca de las oscuridades de la noche, para meternos de lleno en la luz del día. Ella anuncia al Sol que nace de lo alto. Dile: “Madre mía, Reina del Cielo, alégrate, aleluya porque ha resucitado el Señor, aleluya”.

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