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VIRGEN DEL PILAR

VIRGEN DEL PILAR. 2025 (XXVIII DOMINGO T. ORDINARIO C)

La columna que sostuvo a la Virgen cuando se le apareció al apóstol Santiago en Zaragoza, está desgastada por los besos. Besos que son el fruto del amor grande de tantas y tantas almas que de manera constante se ponen bajo su protección, y le dicen a María: “te quiero mucho Madre mía”.

Una piadosa tradición nos cuenta la historia. El apóstol Santiago había llegado hasta nuestra tierra para predicar el Evangelio. Y se encontró con la dureza de corazón de los que aquí vivían, que apenas lo escucharon. Santiago, desanimado, compungido, lleno de dolor, y a punto de abandonar, vio venir en carne mortal a la Madre de Dios que lo animó a seguir y le aseguró que, a lo largo y ancho de esta tierra, se acogería con fuerza el Evangelio y acabaría siendo “Tierra de María”. Así lo certificó el Papa S. Juan Pablo II al despecirse en uno de sus viajes a España: “Adiós, tierra de María”.

María, que está en los detalles, y sabe salir al paso de los necesitados. Eso hizo entonces y lo hace con nosotros. Hoy la liturgia nos recuerda cómo  se concreta esa promesa suya de amor. Nos propone tres caminos: fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor.

1. Fortaleza en la fe. Quizá en ocasiones podemos ver la fe como una cuestión de cabeza: esos contenidos de lo que Cristo y después la Iglesia nos ha transmitido para dar cuerpo a una doctrina a lo largo de los siglos. Todo eso, en esencia y muy resumido, sería lo que nos transmitieron los apóstoles y los Padres de la Iglesia para convertirlo en oración: el Credo que todos los domingos rezamos juntos. Sin embargo, aunque eso sea muy importante y lo vivimos con gozo como comunidad cristiana, se queda muy corto. La fe es mucho más: es la manera en que comprendemos y acogemos a Dios en nuestra cabeza, en nuestro corazón y, luego, lo vamos concretando en la vida cotidiana. Es relación de intimidad y confianza con ese Dios cercano que no solo está a nuestro lado y nos ama, sino al que le dejamos que lleve nuestra vida. ¿Cómo concibo yo a Dios? Porque no puede ser para mí algo, sino alguien, personal y cercano, Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Fe que se mantiene y acrecienta, a pesar de lo que me toque vivir. Acogiendo a Dios sin reprocharle nada.

2. Seguridad en la esperanza. Me fío de Dios porque es el que le da sentido a mi vida. No estoy a merced de que las cosas salgan como yo quiero para apostar por Dios. Dios es mi Padre y sabe acogerme con amor y misericordia, incluso en los momentos en que voy a lo mío o me olvido de Él. Tengo la experiencia de que, a veces, he hecho exactamente lo contrario de lo que esperaría de mí, me he puesto en su contra porque no se “apuntaba” a mis deseos y… tantas otras “faenas” que le he hecho, sin embargo, no se enfada mirando para otro lado, ni me fulmina con un rayo por hacer las cosas mal. Siempre está esperando a que vuelva a Él para darme su perdón y para ayudarme a sacar lo mejor de dentro. Con todo esto puedo decir que espero en Él porque confío en Él, con la seguridad de que no me va a fallar si me pongo en sus manos. ¿Voy entonces a confiar en mí mismo, en mis afanes? Pero si Él va por delante y abre caminos impresionantes, sabe sacarme de los atolladeros en que pueda caer. Tengo en Él un seguro de vida. Es mi esperanza cierta y clara.

3. Constancia en el amor. Quizás puedo preguntarme: ¿tengo yo asegurado el amor de Dios siempre y en toda circunstancia? ¿No va a dejar de amarme cuando salga por los “cerros de Úbeda” y me ponga en mal plan? Y aunque yo en un momento dado esté dispuesto a ser muy de Dios y sacar adelante todo lo suyo, ¿no es verdad que los hombres somos muy volubles, débiles hasta decir basta, y en cualquier momento podemos abandonar el camino, traicionando al Señor? Es cierto, pero no se trata de fiarnos de nosotros mismos, de nuestras fuerzas, de nuestros méritos, o de nuestros deseos buenos, sino de quien puede sacar de nosotros verdaderas maravillas. De lo que se trata es de aprender a amar del Amor (que es otro nombre de Dios), y decirle con sencillez y, al tiempo con fortaleza: enséñame a quererte y, a través de Ti, a querer a todos. Cimentando tan solo en Ti ese amor grande que Tú me regalas. La fidelidad, que es el amor a lo largo del tiempo, no es algo rutinario y aburrido, es perseverancia en acoger el amor que Dios nos da, y darlo a los demás.

Tú María te haces camino para nosotros y nos darás esa fuerza para ser siempre fieles a Dios.

Santa Misa. Solemnidad Virgen del Pilar. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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