SOLEMNIDAD CORPUS CHRISTI C. 2022

¡Qué gran día el de hoy! Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Jesús, el Amor de los amores. Hoy resulta más necesaria que nunca esta fiesta en la que exaltamos la grandeza de todo un Dios que se nos da. No se trata de algo que sirve para mi piedad personal, pero no trasciende de ahí. Es impulso de una fe que se hace pública. De un amor que se quiere manifestar sin pudor fuera de las iglesias, en nuestras calles. Dios que quiere llegar a todos los lugares donde el hombre se mueve y construye un mundo que no puede existir de espaldas a Él. Devolvámosle su soberanía.

Tenemos necesidad de una fe que no vaya de tapadillo, porque es motor de vida, una fe que llena de tal alegría que se quiere compartir con los demás. Y esa fe nos invita a vivirla, a expresarla. ¿Cómo? Adorando a Dios, cayendo de rodillas a sus pies. Alabando al Señor: para que la lengua cante las excelencias de Nuestro Dios. Dándole gracias porque ha estado grande con nosotros y estamos alegres. Darle ese poder y gloria al Señor no es a costa de dejarnos a nosotros por los suelos. Todo esto no empequeñece al hombre, más bien lo contrario, lo engrandece. Le da su plena dignidad. No es él quien construye y da valor a las cosas. Es Dios, Señor de cielos y tierra, que lo abarca todo y lo llena todo, ante el cual toda rodilla se dobla, también en los abismos. Por eso toda lengua proclama que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre. Y todo el universo le hace eco.

Nos llenamos de un gozo que nos desborda porque somos hijos de Dios y lo paladeamos: Dios que es Padre de misericordia. Estamos salvados por la Sacratísima Sangre de Cristo que ha derramado por cada uno y lo configura como Señor de señores y Rey de reyes. Nos quedamos arrebatados por la fuerza del Espíritu Santo que ilumina hasta los recovecos más profundos y oscuros de nuestro ser, para darles esa luz que echa fuera todo lo que puede ser sombrío y triste.

Puedo recibir a Jesús en la comunión, pero eso no es un algo que ocurre, como decir el credo o alabar a Dios cantando el Gloria. Es algo más grande, es un encuentro de amor singular con quien ha dado su vida por nosotros y se nos da como alimento. Así nos muestra su amor. Es Jesús que llama a la puerta y nos dice: ¿me dejas entrar? Pero para que entre en mí tengo que limpiar y acomodar los aposentos. Vivir en gracia, tener el alma limpia de pecado. La comunión con Dios, esa amistad plena que no queda oscurecida por el pecado, es el paso previo para recibir a Jesús, Pan de vida. No podemos hacer de algo tan sublime un acto más dentro de nuestra vida de piedad. Prepara tu alma, prepara tu cuerpo. Solo así, con delicadezas de amor, serás consciente de lo que supone recibir a Jesús que quiere meterse de lleno en Ti para santificarte, para ser el motor de tu vida.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre”. Son palabras de Cristo, el Pan de vida. Después de la consagración la Iglesia, a través del sacerdote nos hace reflexionar sobre este milagro del amor de Dios y dice: “Este es el misterio de nuestra fe”. A lo que se responde: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”. ¡Qué gran misterio es este! Jesús que está sentado a la derecha del Padre, pero vuelve al altar en cada Misa. 

1. Es Cristo que se esconde. Dios oculto en el Sagrario. En su cárcel de amor. Qué maravilla poder tener a disposición al Divino cautivo que nos espera en el Sagrario, para que le contemos confidencias. Que gozo tener la oportunidad de acercarnos a una Iglesia y visitarlo para orar.

2. Es Cristo que nos nutre. Alimento del camino. Es vida que se nos entrega. Cualquier cosa que hacemos en su nombre, o llevarlo a los demás, requiere llenarnos de Él. No podemos dejar que nuestra alma se muera de inanición. Necesitamos la Eucaristía. La Iglesia vive de esa fuente.

3. Es Cristo que se adora. Adoremos a Cristo Salvador. Dios que alabamos. Igual que hacía David ante el Arca de la Alianza, damos gloria a Dios el único digno, el que está por encima de todo y nos ama.

Y solo ante Él arrodillamos nuestro cuerpo y nuestra alma, para reconocerlo como Señor.

Imaginamos a la Santísima Virgen asistiendo a las misas de los apóstoles, y recibiendo a su Hijo amado. Así quiero recibirte, Jesús, con pureza, con humildad, con devoción como lo hizo María, con ese espíritu y ese fervor con el que te han recibido los santos a lo largo de los siglos.

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