DOMINGO XIII T. ORDINARIO A. 2023.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor. Esto, que hemos repetido con el salmo, podríamos decir que es una verdadera declaración de amor. ¿Qué es lo que han hecho los santos a lo largo de la historia? Elevar el corazón a Dios y dejar que se esponje en Él. ¿Y nuestra alma? ¿está en esas condiciones de glorificar a Dios, de llenarnos de ese gozo íntimo que nos inunde de paz y alegría? Eso nos llevaría a traer a primera línea lo que es Dios para nosotros. ¿Cómo te vemos, Señor? ¿Quién eres? ¿Cuál es mi actitud para contigo? Sinceramente ¿qué hay entre Tú y yo? 

No siempre tenemos esa idea “positiva” de Dios. ¿No te parece que, a veces, ponemos al Señor bajo sospecha? ¿No es cierto que le exigimos que responda a la imagen que nos hemos hecho de Él? Quizá le planteamos nuestras cosas como si fuera el “solucionador” de esos problemas que nos acucian, el que ha de salir al paso de nuestras encrucijadas pero como si fuera una obligación suya. 

Nos quedamos anclados en nuestra manera de ver las cosas y no ahondamos en cómo es su mirada, en cómo es Dios, Señor y Dador de vida. Estamos muy preocupados por lo que creemos que tiene que hacer Dios en nuestra vida, sin reparar en lo que va haciendo por nosotros, en cómo ha dado, aunque no lo hayamos experimentado, autenticidad a nuestro existir. Ha muerto y resucitado, liberándonos de todo lo que nos mantenía cautivos. Nos ha dado la libertad verdadera, no la que nosotros defendemos algunas veces: la libertad del me da la gana y hago, sin trabas, lo que me pide el cuerpo. Eso es lo que nos malea: el propio yo que ponemos inexorablemente por delante.

Sin embargo, las lecturas de este domingo nos sitúan en la dimensión del amor de Dios, que es puro don que quiere florecer en cada uno de nosotros. Dios está atento a nuestras necesidades y cumple sus promesas. No es un padre que se quiere quitar a sus hijos de en medio para estar tranquilo, haciendo de ellos hijos caprichosos. Busca nuestro bien y está atento a nuestras cosas. Yendo en esta dirección ¿sabemos tú y yo qué es lo que nos saca de la postración, lo que nos da la verdadera felicidad que anhela nuestro corazón? La felicidad ¿es cumplir a la letra todos nuestros sueños? La gran adquisición ¿es convertir los deseos más íntimos, más escondidos, en derechos? 

1. Ordenemos nuestros amores. El orden en el amor es vital para no terminar tropezando por querer avanzar con el pie cambiado. Distingamos bien entre deseo y amor. Distingamos prioridades: Primero Dios, de Él aprendemos a amar, pero de verdad, con esa pasión que se apoya en la confianza en un Dios “fiel”. Fuera de Él todo se malea. Después están las personas, y dentro de ellas el círculo de la familia: la mujer, el esposo, los hijos, los padres… Finalmente las cosas, mi trabajo, mis proyectos, mis hobbies… Antes está lo que soy: hijo de Dios, que lo que hago, aunque sea grande.

2. No rehusemos la cruz. Si queremos quitar a toda costa lo molesto en nuestra vida, podemos llevarnos por delante cosas importantes que solo se pueden dar con esfuerzo, con lucha. Las rosas por lo general tienen espinas. Los éxitos están asentados, muchas veces, en fracasos anteriores. La victoria en el deporte implica entrenamiento, renuncias, “sudar la camiseta”. ¿Resurrección sin cruz? El gran descubrimiento no es una vida fácil, donde todo lo consigo sin esfuerzo, porque creo que tengo ese derecho, sino un corazón enamorado y una mente renovada por el amor a Dios.

3. Centralidad de Dios en nuestra vida. Dios no es un déspota que nos tiene a todos subyugados y a su servicio, robándonos la libertad y fastidiando todo aquello que nos apetece, que nos gusta. Ponerlo en el centro no es algo que nos desbarate la propia existencia, para ser meras marionetas, todo lo contrario, es lo que le da el verdadero valor. No pasemos por alto que el Señor no nos da tanto lo que pedimos, sino lo que en verdad nos hace bien, como hijos suyos. Salir de uno mismo para darse a los demás es lo que nos da impulso para lograr una vida que merezca la pena.

¿No hizo eso María? Miramos a Nuestra Madre del cielo y ¿qué vemos? ¿una mujer frustrada porque se hace esclava del Señor? ¿Una mujer “empoderada” y reivindicadora que está por encima de todo y de todos? Vemos a la mujer por excelencia que sirve a Dios y a sus hijos. ¿Quién da más?

Lecturas y homilía. XIII Domingo del T.O. Ciclo A
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