DOMINGO XIII T. ORDINARIO C. 2022

Jesús recorre los caminos de Palestina y se mete en la Historia con mayúscula, donde el hombre se desarrolla. Pero también se pasea por la historia de cada uno de nosotros: pasa por tu vida y por la mía, sale a nuestro encuentro allí donde estamos. ¿Qué haremos? algunos se quedan deslumbrados y dispuestos a seguirle, pero… tantas veces se buscan seguridades: cómo y hasta dónde… Y Él no se cansa, sigue llamando a muchos más de los que acaban siguiéndole: la respuesta no siempre está a la altura de la llamada. En ese cruce de libertades: la libertad de Dios, la libertad del hombre ¿qué le responderé? porque en muchas ocasiones, aunque no lo reconozcamos, le decimos que no. Eso de la entrega no es toda esa teoría que nos sabemos bien, darle algunas cositas, y quedarnos tranquilos. Para seguir a Jesús es fundamental entregarle nuestra libertad personal. Solo así podremos descubrir la libertad que Él nos propone, la del amor y la entrega. Esa libertad verdadera, que nos impulsa a llegar hasta el final.

La libertad, no lo olvidemos, no es una cosa exclusivamente nuestra. Es Dios quien nos la ha entregado. No la pervirtamos: no es un fin de semana a tope para luego, la resaca. No es el capricho momentáneo que a los dos minutos olvidamos. No la devaluemos. Es don de Dios. Démosle sentido. 

¿Qué entiendes tú por libertad? ¿A qué te refieres cuando dices: “soy libre”? La carta del apóstol S. Pablo que la Iglesia nos propone este domingo, nos muestra el camino. Una libertad para la carne no es libertad, una libertad que pisa la libertad del otro no es libertad, una libertad para la confrontación, para buscar quedar por encima de los demás no es libertad. ¿Entonces? ¿Qué podemos hacer?

1. No defendamos una libertad esclava. Ese hacer lo que me da la gana. Hoy se defiende mucho esa libertad que parece haber perdido el juicio. Para bastantes, es hacer lo que me proporciona más satisfacción, lo que alimenta mi yo, mi ego, lo que fortalece mi postura, mi manera de ver las cosas. Pero tenemos la experiencia de que cuando uno se instala en esa libertad, acaba insatisfecho o con el alma herida. Es el niño que pide un juguete y cuando lo tiene se olvida de él. Es esa libertad de la carne que acaba empachando o aburriendo. ¡Cuántas vidas vividas con prisa, como queriendo agotar en un instante las mil posibilidades que se presentan! Y eso ¿a qué nos lleva? Probarlo todo no es estar por encima del bien y del mal. Es quemar el tiempo en trivialidades que no dejan poso y acaban amargando.

2. Abracemos la libertad que nos ha ganado Cristo. La auténtica libertad viene de Jesús que, con su entrega en la cruz, nos libera de los enemigos que nos esclavizan: el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, la carne, el espíritu mundano, el pecado… y, por supuesto, el diablo. Cuánto peso muerto acumulamos. Necesito liberarme de mis traumas, de mis resentimientos, de todo lo negativo que es para mí lastre y me hace tener ese peso añadido que me impide avanzar en lo humano y en lo sobrenatural. Hemos nacido para la libertad, solo podemos amar libremente. Sin embargo, existen ataduras que nos bloquean para seguir a Cristo y hacerlo el centro de nuestra vida. Hay que pedirle al Señor que nos ayude a descubrirlas y a salir de ellas. ¡Dios mío lejos de mí lo que me aleje de Ti!

3. La libertad interior, que es el “ama y haz lo que quieras” de San Agustín. El que ama, pero de verdad y apostando fuerte por Dios, es capaz de todo. Alguien decía: “para el que es santo, todo resulta sencillo”. Esa sencillez se logra con una libertad que se entrega a Dios y queda filtrada por su Corazón. Libertad que ama y comprende a los demás porque respeta y valora la libertad del otro. Viviendo de Dios y para Él, el alma se llena de una paz grande y una alegría desbordante. La libertad, así, se convierte en confianza plena en Dios y, a partir de ahí, nos invita a poner todo tan en sus manos, que en nuestro interior no cabe preocupación. Es una fuente de gracia que salta hasta la vida eterna. Decía Santa. Teresa: “Vuestra soy, para vos nací, ¿qué queréis hacer de mí?”. Da paz decir: te lo entrego todo, Señor. 

¿Qué hace Nuestra Madre la Virgen? Hacerse la esclava del Señor para ofrecer una disponibilidad plena, y eso la convierte en Madre fecunda. Madre nuestra, ayúdanos a vivir con la libertad de Cristo.

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