DOMINGO XV T. ORDINARIO A. 2023

En algunas ocasiones podemos tener a flor de piel la queja: “Dios me ha abandonado, está lejos, desentendido, ausente de mis preocupaciones e intereses”. Creemos que está a lo suyo y se olvida de lo nuestro. Que tiene tantas cosas que hacer, y todas tan importantes, que no puede perder el tiempo con nosotros. Pero eso no es así. Esa es una de las grandes mentiras con que intenta despistarnos el enemigo. El Señor es tan cercano a mí, está tan pendiente de mí y de mis cosas que es más íntimo a mí que yo mismo, porque me quiere, porque es Padre amoroso y tierno.

¿Y qué hace Dios por mí…? Está, de una manera constante, sembrando en mi alma semillas de amor, semillas de fe, semillas de esperanza. Nos atrae a su presencia para darnos todo de lo suyo. La cuestión no está en Él, que no nos dejará a nuestra suerte, para que nos busquemos la vida. Está en lo que tú y yo le respondamos. Él nos ha liberado para ser libres. ¿Le dejaremos entrar en nuestra alma sin restricciones? Espera nuestra respuesta. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

¿Qué quiere el Señor de ti? Que abras bien los ojos y los oídos. Ábrete a Él. No pensemos que todo está perdido, que no hay manera de cambiarlo. El mal no tiene la última palabra. Pero tenemos que ser tú y yo los que den el paso adelante: la creación está esperando que actuemos nosotros como hijos de Dios para dar la vuelta a un mundo a la deriva, porque quiere robar el puesto a Dios.

Decimos que hay mucha contaminación por todos sitios y planteamos estrategias para cuidar la naturaleza, pero parece que no nos demos cuenta de esa otra contaminación del alma que nos impide la respiración, porque permitimos que el pecado y sus consecuencias nos ahoguen. Son esas “plagas sutiles” que hacen que la buena tierra que hay en nuestro interior se vuelva estéril.

1. Renovar nuestra mente. Estamos metidos en una atmósfera enrarecida donde parece que solo cuenta el pensamiento único, donde las ideologías se montan sus propias estructuras mentales que acaban por robar la capacidad de reaccionar con sentido común, con sentido sobrenatural y todo acaba por tener un tono gris que no da aliciente de vida. El enemigo que es, a fin de cuentas, un ladrón de todo lo bueno que puede anidar en el hombre, se ocupa de meter sus consignas en nuestra mente, para que no salgamos de lo políticamente correcto, de los tópicos, y acabamos por pensar, sentir y hablar como si fuéramos fotocopias los unos de los otros. Hemos de rechazar ese lenguaje que nos embota la mente, para abrirnos a esa manera de hablar de Dios que nos libera. Que busque esa coherencia de vida, para que mi fe, bien asentada, dé impulso a una vida entregada.

2. No dar entrada a la tibieza. Alguien decía que empezar es de muchos, pero perseverar es de santos. Darse cuenta de las cosas, comprender lo que es bueno para nosotros y dejarse llenar por esa luz que va dando sentido a todo lo nuestro, es fundamental. Porque no estamos hechos para vivir de fogonazos, diciendo ante las cosas de Dios: ¡qué bonito! No nos quedemos en la superficie, no nos conformemos con un pequeño aperitivo cuando podemos degustar los platos de una mesa preparada para nosotros. Los ímpetus de los primeros momentos sirven de muy poco si no le damos continuidad. No perdamos de vista que el que no avanza retrocede: al fuego del amor siempre hay que echarle leña nueva. La tibieza es nuestro gran enemigo, un quiero y no puedo. Dios nos ha deslumbrado. Seamos coherentes, luchando para que su luz siga brillando para nosotros.

3. Purificar nuestro corazón. No nos llamemos a engaño. No dejemos que nuestro corazón dé un golpe de estado para imponerse en nuestra vida, porque no todo lo que puede albergar nos hace bien. No entronicemos nuestros deseos, sin poner un filtro que nos haga distinguir lo bueno de lo malo, lo que construye de lo que tira por tierra las cosas grandes.

No nos dejemos confundir por esos afanes de placer, de ponernos por encima de los demás a toda costa, de acaparar bienes materiales para darle rienda suelta a una comodidad que, a veces, puede secuestrarnos. Un corazón que, a costa de lo que sea, quiere imponerse sobre todo lo demás, es un peligro. Pidámosle al Señor un corazón purificado, y a la medida del suyo, bien equilibrado con la mente para poder soñar los sueños de Dios y no dejarnos atrapar por sentimentalismos. Y María hará que seamos tierra buena.

Lecturas y homilía. XV Domingo del T.O. Ciclo A
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