XIV DOMINGO T. ORDINARIO. 2025
Comenzamos la misa pidiendo perdón de nuestros pecados y dando gloria a Dios. Luego, el sacerdote guarda un momento de silencio y nos invita a rezar, dirigiendo a Dios esas palabras que recogen el tono de la celebración que acabamos de iniciar. Es una petición hecha en nombre de todos. Siempre está cargada de contenido para que nos centremos en lo que vamos a vivir. En este domingo nos recuerda algo precioso: la entrega de Cristo por nosotros. Jesús, el Señor, que no hace alarde de su condición divina, que nos levanta de la precariedad en la que hemos caído por el pecado y nos invita a vivir con alegría verdadera, porque nos libera de esas cadenas: “Oh, Dios, que en la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, concede a tus fieles una santa alegría, para que disfruten del gozo eterno los que liberaste de la esclavitud del pecado”. ¡Muchas gracias, Jesús!
Algo recurrente en el Señor, cuando transmite con inmensa paciencia su mensaje de amor, es hacernos promesas. Todo el Antiguo Testamento se podría resumir en eso: Dios que se acerca a su Pueblo como un novio enamorado, prendado de su Esposa, mientras ella mira para otro lado. A pesar de ello, Dios sigue siendo fiel. No se desanima. Con nosotros hace lo mismo, a pesar de nuestro pecado, no se vuelve atrás. Ha venido a liberarnos de nuestras infidelidades y cumple lo prometido.
Son promesas de amor. ¿Seré capaz de estar a la altura? ¿No te ha pasado en ocasiones que te ves haciendo cosas en las que no te reconoces? El conocimiento propio es un principio de sabiduría que Dios quiere regalarnos, pero ¿lo acogemos? Porque implica aceptarnos tal y como somos y con el “lote completo”: lo bueno y lo menos bueno. Es la única forma de madurar y avanzar en nuestra vida. Tratemos a Dios para conocernos más a nosotros mismos. Él nos puede guiar.
1. ¿Me miro mucho a mí mismo? El conocimiento propio no es dar vueltas a nuestro yo, poniéndolo siempre por delante. Eso es precisamente lo que nos hace caer en dos lacras de nuestra sociedad: el individualismo y el narcisismo. Hablaba de ello el Papa Francisco y ahora también nos lo recuerda el Papa León. Fíjate en una cosa: ¿A ti te pueden decir las cosas que no haces bien sin que te pongas a la defensiva y empieces, sin más, a justificarte? ¿Cuál es el nivel del propio enfado en esas situaciones? Es verdad que pueden decirte las cosas mal o con intención de fastidiarte, pero aun así ¿te paras a pensarlas, por si tienen razón? ¿Admites las correcciones? Salir de nuestro castillo inexpugnable nos da la oportunidad de corregirnos y afrontar los errores para tratar de evitarlos.
2. ¿Me vengo abajo con frecuencia? Uno de los índices que dan el tono de nuestra actitud ante la vida, es cómo encajamos las contrariedades del día a día. No podemos pretender que todo se convierta en un caminar sobre pétalos de flores, cumpliendo lo previsto y a la primera. Eso ni siquiera ocurre en las películas más dulzonas. Nos asusta mucho encontrarnos con la cruz, pero, no lo olvidemos, el signo del cristiano es la Santa Cruz. Es la cruz lo que autentifica nuestro seguimiento de Cristo. Ese verlo todo con tono sombrío, como si el mundo estuviera en contra nuestra, es una gran mentira. Hay que elegir: la queja o la cruz. Lamentarse es estéril, aprender es fecundo. No inventemos cruces. Acojamos las verdaderas para ayudar a Cristo a llevar la suya. Él nos lo premiará.
3. Una actitud concreta: consolar. Si miramos a nuestro alrededor, siempre encontraremos personas que sufren tanto o más que nosotros. Es cierto: hay por todas partes mucha tristeza, desaliento, miedo, agobio ante los problemas, nos faltan las fuerzas. Replegados sobre nosotros mismos, no somos capaces de avanzar y nos quedamos bloqueados. Y buscamos consuelo… El Señor siempre estará dispuesto a dárnoslo, pero hay algo que también nos puede sacar de nuestro dolor: abrir los ojos y el corazón para darnos cuenta de que los demás también sufren. La frialdad interior, el individualismo, puede hacernos pensar: bastante tengo yo con lo mío como para preocuparme de los otros. Pero hay más dicha en dar que en recibir. ¿Y si aprendemos del Señor a consolar?
Lo ha dicho Jesús: “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa”. Es una promesa suya. ¿Y si la ponemos en práctica? Seguro que María, Madre Nuestra, nos ayudará.