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XIX

XIX DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025

Al repasar la vida de los Santos nos quedamos admirados de hasta dónde pudo llegó su amor a Dios y a dónde llegaron ellos para seguir a Cristo. Imaginamos a San Juan de la Cruz, San Pio de Pietrelcina, Santa Teresa de Jesús y tantos otros. ¡Qué grandeza de alma! Y quizá pensamos que algo así nos pilla muy lejos, que no seríamos capaces de llegar a tanto. Nos vemos tan poca cosa…

Pero no es así. Para llegar a lo grande hay que empezar por lo pequeño. Cada uno tiene su camino de amor, hay tantos modos de ser santos como personas (así lo decía Benedicto XVI). Dios nos conoce y sabe nuestras debilidades y nuestras fortalezas, pero no nos vengamos abajo. Aunque hay cosas que nos superan, Dios apuesta por nuestra santidad personal, una santidad que podríamos llamar de la normalidad. Otro modo de decirlo es lo que el Papa Francisco llamaba la santidad de la puerta de al lado: tanta gente buena que vive sin hacer ruido, sin cosas raras, amando a Dios a cada momento. Quizás nadie se dé cuenta de ello, pero ellos saben elevar lo ordinario a extraordinario.

Hay una anécdota muy conocida de la vida de San Juan Bosco. Algunos de sus chicos estaban jugando en el recreo y se acercó para preguntarles: “¿Qué harías si supieras que ibas a morir en una hora?” Las respuestas, fueron variadas. Uno dijo que iría a confesarse. Otro que se iría a rezar a la capilla. Otro que se despediría de su familia. Al final, uno de ellos les sorprendió, porque dijo con sencillez: “Seguiría jugando.” Era Domingo Savio, que murió joven y viviendo así llegaría a los altares.

Dios está mucho más interesado que nosotros mismos en nuestra santidad. Nos quiere tanto que apuesta por nuestra felicidad sin trabas. Quiere que nos encontremos con el bien, la verdad, la belleza, y que nos dejemos abrazar por Él para disfrutar de todo ello. No olvidemos lo que nos dice San Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. No nos faltará su ayuda. Nos lo ha asegurado y es fiel a sus promesas. Abandonados en Él, con plena confianza y alegría interior, nos pondremos en marcha, haciéndonos uno con su corazón enamorado.

1. La fe es fundamento de lo que se espera. La clave de todo es fiarse de Dios. Hay quien dice que le gustaría tener fe para llenarse de paz y alegría como la que ve en personas enfermas, alegres y esperanzadas. ¡Quién pudiera! Habría que decirles que hay solución: pedir con sinceridad esa fe, para luego acogerla y ponerla en práctica. Sí. Esa paz interior está a disposición de todos. ¿Dónde está el secreto? En confiar, en dejarse querer por Dios para, poco a poco, aprender a quererlo. ¿Por qué empeñarnos, entonces, en poner una vela a Dios y otra al diablo? El agua y el aceite no pueden mezclarse. Seamos valientes, apostemos por Dios que estará con nosotros ocurra lo que ocurra.

2. ¿Sospechamos de Dios y no de nosotros…? Tendríamos que cambiar nuestra manera de ver a Dios, porque nos formamos una imagen de Él que no le hace justicia, y puede ser muy falsa. ¿Dios es para ti una especie de guardián de la porra que está espiándote para darte un golpe si te despistas de hacer lo que debes? ¿Dios es para ti una especie de hada madrina a quien puedes acudir cada vez que tienes algo importante que conseguir? Dios se escapa de todas esas visiones que son estereotipos que hay que tirar por tierra, porque lo empobrecen y hacen de Él una mera caricatura. Déjate de todo eso y confía, Dios es digno de confianza. Abandónate en Él y sentirás su fuerza.

3. La santidad de la normalidad. No tienes que hacer actos heroicos imposibles, que no te ves haciendo. San Agustín tenía una expresión muy esperanzadora: “Haz lo que puedas y pide lo que no puedas”. Vive lo cotidiano como una ofrenda Dios, dile: “fortaléceme para que todo lo que haga empiece en Ti como su fuente y apunte a Ti como su fin”. Convierte tus deberes, que tantas veces te cargan, en algo hecho con amor y por amor. Y lo que no son tus deberes, lo que haces con más gusto, dirígelo al Señor para que no se queden en ti. Dile: “aparta de mí lo que me aparte de Ti”. Aunque no lo creas, lo ordinario hecho así brillará, acrecentará tu amistad con Dios y te llenará de alegría.

Si pretendes “sacar músculo” y hacerlo todo por tu cuenta, no lo conseguirás y te quedarás un poco frustrado. Normalidad, que es tener esa fe llena de esperanza, porque te fías de Dios. ¿Acaso no hizo eso Nuestra Madre María? ¿Por qué no te metes en el hogar de Nazaret y aprendes…?

Santa Misa. XIX Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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