XV DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025
Cuando pensamos en los mandamientos de la ley de Dios, quizás alguno podría decir: “vaya fastidio tener que estar pendiente de cumplir todos y cada uno de esos preceptos”. Pero ¿se trata de tragar con algo impuesto desde fuera? No. Es implicar a nuestro corazón para que ame. ¿Cuánta distancia hay entre la mente y el corazón? En lo físico poco, pero en realidad bastante. Sin embargo, Dios no nos ha dado dos “órganos en guerra: uno contra otro”. Somos imagen suya y eso nos define: nos ha regalado una mente para hacerse cargo de las cosas y aprender a querer, y un corazón que no tiene por qué ser sentimentaloide y dulzón porque también es capaz de razonar. Mira lo que dice Moisés: “El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca para que lo cumplas”.
Alguien que sabe de la ley se acerca a Jesús y le hace “la pregunta del millón”, esa que, quizás también nosotros, le hubiéramos hecho: “¿Qué tengo que hacer para ganarme el cielo?”. Somos muy prácticos: hay un objetivo, una meta, me parece bueno llegar a ella, pues a buscar los medios y… a por ello. Quisiéramos darle a un botón para asegurarnos y ya está. ¿Resulta tan sencillo el asunto? Aquel maestro de la ley, como nosotros, tenía la teoría bien aprendida, pero… ¿la vivía?
1. ¿Qué es, en realidad, el amor? Vamos a dejarnos de romanticismos baratos, de corazones entrelazados en la corteza de un árbol. Saber que hay que “amar a Dios sobre todas las cosas” no basta. Hay que aterrizarlo. Veamos. Se trata de amar “con todo el corazón”: de una manera sensible, sin frialdad, con cariño verdadero. “Con toda tu alma”: con un espíritu ardiente, que va más allá porque sabe apoyarse en Dios. “Con toda tu fuerza”: con una voluntad firme, que no consiste tan solo en cubrir el expediente, que apuesta de verdad por ello. “Con toda tu mente”: sin que se quede únicamente en lo sensible, sino con ánimo decidido de hacer de ese amor la razón de nuestra vida. El amor de Dios por nosotros es inmenso, y lo que el Señor desea es que correspondamos, no por Él sino por nosotros: para descubrir en su Corazón la verdadera felicidad. Hay un amor con minúscula, humano, que aprende del Amor con mayúscula, Dios, para así elevarse y convertirse en divino.
2. ¿Y lo de amar al prójimo? Eso es: hay que querer a los demás. Pues vaya, será si se hacen querer, porque hay por ahí cada personaje, de salir corriendo… ¿No será eso un idealismo simplón, un ir con el lirio en la mano, bobalicones y poco realistas? Pues no, el Señor no pide que queramos a los demás cuando resulta sencillo, si ellos nos aprecian y quieren o, al menos, si se dejan querer. El Señor va más allá. Nos hacen faenas, hablan mal de nosotros ¿y tenemos que poner buena cara, sonreír y hacer como que no nos damos cuenta? Nos damos cuenta, pero eso no quiere decir que tengamos que devolver mal por mal: “tú me has hecho una faena, pues te vas a enterar, ya habrá ocasión de devolvértelo…” Estamos entonces en el “ojo por ojo y diente por diente” como si Cristo no hubiera venido a salvarnos precisamente de esto. Sí, pero al menos no se ríen de mí… Ya. Pero tendrás un corazón de piedra. Y ¿serás feliz…? Recuerda: Cristo ha muerto por ti para que ames.
3. ¿Qué significa el “como a ti mismo”? Jesús no nos invita a ser egoístas. No se trata del “amor propio”, que nos hace orgullosos y nos lleva a ser muy nuestros, más que ser muy de Dios. Esa vanidad u orgullo es algo que nos deja heridos y nos aleja del Señor. “Amarse a uno mismo” es otra cosa de más calado. Desgraciadamente, todos tenemos la experiencia del pecado: cuando esto ocurre y nos vemos tan débiles porque metemos la pata, y volvemos a caer cada dos por tres, no podemos decir: “soy un desastre y ya no tengo remedio, seguro que Dios se enfada y me retirará su favor”. No es este el razonamiento. Si Dios nos ama a cada uno de manera singular y única, lo sigue haciendo a pesar de que, a veces, no estemos a la altura… Hemos de aprender a ser humildes, a reconocer la propia debilidad, y acoger el amor que Dios nos regala para darle gracias. Si Dios es tan bueno, y nos perdona, ¿por qué no perdonarnos a nosotros mismos y amarnos como hijos suyos?
En la Última Cena el despliegue de amor de Jesús sobre nosotros llega a su cumbre. Nos ama lo indecible, hasta al extremo: “da la vida por nosotros, derramando su Sacratísima Sangre”. Miramos a María al pie de la Cruz. ¿Qué hace? No solo perdonar a quienes crucifican a su Hijo, sino recibirlos en su Corazón Innmaculado. ¡Madre nuestra del cielo, qué regalo! enséñanos a amar de verdad así.