DOMINGO XV T. ORDINARIO C. 2022

Cuando leemos, escuchamos y, sobre todo, al rezar con el pasaje del Buen Samaritano, algo se ha de conmover en nuestras entrañas. Seguro que tenemos la experiencia de algún momento en nuestra vida en que alguien, de una manera desinteresada y generosa, nos ha echado un cable en momentos quizá complicados, nos ha dado un buen consejo, nos ha consolado… ¡Qué alegría sentirse amparado, querido! Podemos pensar: todavía hay gente buena, que sabe estar a la altura, que sabe dar la mano.

El amor, la verdadera caridad con los demás, no es algo que haya que dar por supuesto, no es algo que se improvisa, no es algo que se ajuste a unos cánones, para demostrar, y demostrarse uno mismo, que hace bien las cosas. El amor es algo que nos ha enseñado Dios, después de entregárnoslo a manos llenas. Es algo que recibimos de Él y quiere que lo acojamos y lo regalemos a los demás.

Nuestro mundo individualista hace seres solitarios que están aislados los unos de los otros, como islas perdidas sin posible conexión. La caridad no es solo algo material que se ofrece al que lo necesita. Es algo mucho más grande y lleno de vida: es darnos cuenta de que el otro existe y está metido, como cada uno de nosotros, en el Corazón de Dios. Es descubrir que por sus venas corre la sangre redimida por Cristo en la Cruz. Valemos toda la Sangre de Cristo, derramada por cada uno de nosotros hasta fecundar la tierra, tiñéndola de rojo. ¡Qué grande! Con su entrega nos ha ganado el ser hijos de Dios, y nos une un vínculo de amor verdadero, aunque no queramos reconocerlo: la fraternidad.

La Iglesia nos recuerda cómo encauzar ese amor que no es abstracto: a través de las Obras de misericordia. Algunas de ellas corporales: 1. Dar de comer al hambriento. 2. Dar de beber al sediento. 3. Dar posada al necesitado. 4. Vestir al desnudo. 5. Visitar al enfermo. 6. Socorrer a los presos. 7. Enterrar a los muertos. Algunas otras espirituales: 1. Enseñar al que no sabe. 2. Dar buen consejo al que lo necesita. 3. Corregir al que está en error. 4. Perdonar las injurias. 5. Consolar al triste. 6. Sufrir con paciencia los defectos de los demás. 7. Rogar a Dios por vivos y difuntos.

Unas y otras son exigencias de un amor que se recibe y no nos podemos guardar para disfrutar de él nosotros solos. Son modos de vivir esa filiación divina para con Dios y esa fraternidad para con nuestros hermanos los hombres. Vive las palabras de Cristo: “hay más dicha en dar que en recibir”.

La forma en que el Señor quiere que vivamos el Evangelio, no exige de nosotros una mente preclara, unos conocimientos especiales, no exige hacer cosas complicadas para que se hagan lenguas de ello, para salir en los periódicos y que todo el mundo nos admire. Es algo que está al alcance de todos. Amar no es difícil, tener un corazón no de piedra, sino de carne, está a la altura de cualquiera. Lo sabía muy bien aquel fariseo. Es lo que le responde al Señor: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”». Entonces, Dios mío, ¿cómo lo puedo concretar en mi vida? Se trata, entre otras cosas, de…

1. Desterrar de nosotros la indiferencia. Los demás no son un número, tienen un rostro que refleja dolor, alegría, sufrimiento, ilusiones… Son hijos de Dios, salvados en la Cruz como nosotros. Los demás nos importan. No podemos considerarlos nunca como ajenos, ni mucho menos como enemigos. 

2. Estar atentos a las necesidades de los demás. Tener corazón trae consigo ser capaz de ponerse en el lugar del otro. Compadecerse. Son como yo y yo como ellos. Que no los vea con recelo, sino con ojos de misericordia. No pueden ser nunca competidores a los que vencer para ir por delante de ellos.

3. Descubrir al mismo Jesús en los otros. No releguemos a nadie al anonimato, a personas sin identidad, como los extras de una película de romanos. Cristo vive en nosotros y en cada uno de ellos. Descubrir en ellos el rostro de Cristo nos hará más humanos y, al mismo tiempo, más sobrenaturales. Metámonos en el Corazón Inmaculado de María, que sabe querer como Madre de misericordia.

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