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XVI

XVI DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025

“Señor, quién puede hospedarse en tu tienda”. El Salmo responsorial nos lleva a repetir esta frase. Expresamos así nuestro deseo ardiente de entrar en el Corazón de Dios para amar y gozar de su intimidad. Pero ¿es eso posible: se puede vivir de verdad en intimidad con Dios? Claro que sí. No es algo reservado para super-escogidos, para gente super-santa. Es una llamada que Dios lanza a todos. ¿Y quién puede llegar a eso? El salmo que escuchamos hoy da las pistas: el que es honrado y justo, el que es leal y no obra con maldad, el que habla bien y no murmura del prójimo, el que no aplaude al que ofende a Dios, el que no roba, ni acepta soborno… Partiendo de aquí, resulta sencillo.

¿Y Dios fomentará esa actitud en nosotros? Naturalmente. Escuchamos, y notamos que Dios “está a la puerta y llama”. Lo dice la Escritura Santa. Dios va siempre por delante. Incluso cuando estamos a lo nuestro, nos facilita el paso. No da una patada en la puerta: es un auténtico caballero y no fuerza nada. Nos da su amor incondicional. Ojalá respondamos a su invitación. Sin embargo, no somos nosotros los que hemos de convencer a Dios de que nos ame, porque hacemos las cosas muy bien y lo merecemos. Eso sería como hacerle chantaje para comprar su cariño: “como soy bueno estás obligado a quererme…”. Quizá no haya que exagerar, pero ¿no es verdad que hay en nuestro interior como un deseo de ese intercambio?: “yo te doy, Señor, para que Tú me des…”

1. Acoger al Señor. La Escritura nos habla de esos encuentros que Dios nos facilita siempre. Abraham recibe a esos tres personajes misteriosos que los Padres de la Iglesia han reconocido como una representación clara de la Santísima Trinidad. El santo patriarca los acoge. Dios todavía guarda cierta distancia: no entra en la casa. Pero ellos tres, con cierta solemnidad, le ofrecen a Abraham una promesa: “tendrás un hijo y tu descendencia llenará la tierra”. En el Evangelio se da otro paso: la amistad con Jesús se vuelve cercanía con los que son sus amigos. El Hijo de Dios ha acortado ya las distancias: esta vez se siente a gusto en esa casa que considera ya la suya. Y con su presencia la santifica, la llena de luz. Y ¿promete algo? Que escuchar a Dios tiene recompensa. Es lo que quiere hacer también hoy contigo y conmigo: que le demos entrada en nuestra alma. Nuestra relación con Él no consiste en hacer-hacer, sino en dejarnos llenar de su presencia. Y eso da fruto abundante.

2. Dios en lo cotidiano. En algunas ocasiones podemos tener como cierta nostalgia de salir de la lucha diaria para poder estar con Dios. Va uno a un Retiro, a unos Ejercicios espirituales y una tentación es querer que eso fuera el estado ideal de nuestra vida. Y decimos: “Ojalá que estuviera siempre así, retirado de todo, a gusto y a solas con Jesús, sin que nada ni nadie me lo obstaculizara”. Pero eso es algo irreal. Un Retiro, unos Ejercicios, son un espacio que resulta necesario cada cierto tiempo para hacer un parón y tomar aliento. Sin embargo, nuestra vida no es eso. Necesitamos repostar gasolina, pero no estar siempre en la gasolinera. La vida nuestra está en llenar el día a día de Dios. Vemos la escena del Evangelio: Jesús en casa de sus amigos. Sí, hay cariño y empeño en que todo esté bien preparado, la comida a punto… Pero Jesús pone las cosas en su sitio: mi actividad por Él ¿es lo importante? No. Lo esencial: que está conmigo y me ama. No quiero distraerme, Señor.

3. Hacerse uno con Él. Aquí entra en juego la escucha. Prestarle atención. Hacer que surja entre Él y yo esa corriente de cariño ofrecido y correspondido. ¿De qué se trata entonces? A veces de algo tan sencillo como un juego de miradas. Los que se aman en ocasiones no necesitan siquiera las palabras: se miran y así puede pasarse el tiempo sin que se den cuenta. En el romancero hay un pasaje en el que un marinero canta una canción que tiene la virtud de calmar el mar embravecido, y un príncipe le dice que se la enseñe; entonces él responde: “Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va”. Queremos aprender ese canto de amor que lo pacifica todo, que nos hace en verdad felices. ¿Quién nos lo enseñará? Solo el Señor. Para eso hay que embarcarnos con Él. Quiero que ese canto de amor llene mi vida. ¿Cómo lo haré…? Yendo mar adentro. A solas con Dios. Allí, en intimidad con Él, seré capaz de disfrutar esa dinámica de plenitud. Abre los ojos a Dios y disfruta.

María Santísima ¿qué hizo sino eso? ¿Te la imaginas cantando una nana a Jesús…? Ahí está. Miraba a su Hijo con ojos iluminados. Y guardaba todas esas cosas, caudal de amor, en su Corazón.

Santa Misa. XVI Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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