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XVII

XVII DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025

Hemos de aprender a ir a lo esencial, porque muchas veces nos liamos con cosas que no tienen importancia y que nos quitan tiempo y paz en el alma. Lo primero va antes de lo segundo, lo lo importante antes de lo secundario, la flor y el fruto antes que la hojarasca. Nuestro trato con Dios, ¿está bien encaminado? Vamos a poner las cosas en su sitio: la oración y la Santa Misa son, a fin de cuentas, lo que hace que nuestra relación con Dios sea plena, personal, íntima. Ocurre algo parecido con Dios y Abraham: la cordialidad es algo que se fragua entre los dos. Dios lo visita con frecuencia, y no son encuentros casuales, es una amistad consolidada, en la que Dios le muestra sus intenciones.

Hoy se nos narra una de estas visitas: el Señor quiere anunciarle que va a castigar a Sodoma y Gomorra, unas ciudades que se han dado a la maldad, y están llenas de pecado e inmundicia. Como Abraham le tiene confianza, se atreve a interceder ante Él para que no lleve a cabo ese castigo. Y regatea al Señor, para que salve a sus habitantes, entablando ese “toma y daca”, en el que se dan la mano la misericordia y la justicia divina. No olvidemos que para Dios una y otra son la misma cosa.

Dios sale también a nuestro encuentro, nos da de lo suyo, es siempre generosísimo, pero nosotros ¿compartimos con Él lo nuestro. ¿Nos damos cuenta de que muchas veces no le dejamos hacer? Miramos para otro lado. Elegimos el pecado antes que darle nuestro amor desinteresado.

El mundo, el demonio y la carne, tiran de nosotros y nos imponen sus criterios, haciéndolos pasar por nuestros. Un pensamiento confundido, lleno de razonadas sinrazones. Eslóganes que se meten sin sentir: Primero fue Jesús sí, Iglesia no, después fue espiritualidad sí, Dios no. ¿Cuál ha de ser nuestra respuesta? Busquemos y tratemos a ese Dios personal que nos ama y nos regala todo.

1. Dios quiere borrar la distancia entre Él y nosotros. Él es paciente, nosotros impacientes. Es generoso, nosotros nos quejamos por nada. Es lento a la cólera, nosotros sacamos las cosas de quicio por menos de nada. Dios siempre está dispuesto al perdón, pero nosotros, ¿somos humildes y tenemos interés en pedirlo? Lo que hacemos con la dureza de nuestro corazón, con ese actuar según nuestros deseos, justificando nuestros pecados, es, lo creamos o no, atarle las manos. Él respeta siempre nuestra libertad y le duele que pongamos por delante nuestro interés antes que acoger el amor que Él quiere regalarnos. No nos frena al ver nuestras intenciones malas. Se ha puesto ese límite: no nos puede obligar a amar. Actúa como Padre. ¿Nosotros actuamos como hijos?

2. Señor, enséñanos a rezar, somos como niños. Necesitamos tu impulso para dirigirnos a Ti. Hoy, como ayer, vamos casi a tientas y necesitamos un guía que nos ilumine el camino. No queremos refugiarnos en nuestras palabras: tantas veces pobres, o vacías. En la oración Tú eres el instructor, el maestro. La fuerza, el contenido lo pone el Espíritu Santo. Pero Tú, Jesús, nos enseñas a dirigirnos al Padre, de quien procede todo bien y nos quiere como hijos. Has despertado ese deseo íntimo en nuestros corazones, de dirigirnos con confianza al creador de cielos y tierra. Guíanos para que fluya ese diálogo franco y abierto. Nos escuchas siempre y podemos, no solo decirte lo que necesitamos, o pedirte perdón, sino también nos mueves a más. Y hacemos nuestro el darte gracias y alabarte.

3. Lo que nosotros pedimos y lo que Dios nos da. Quizá para nosotros la oración consiste en pedir cosas a Dios. Pero la oración es mucho más rica. Avancemos, para convertirla en ese flujo de cariño: le abrimos nuestro corazón, y nos escucha, para luego abrir nuestros oídos y escucharlo. Pero empecemos purificando nuestras peticiones. ¿Qué pedimos? ¿Cómo lo pedimos? ¿Para qué lo pedimos? A veces no pedimos cosas las cosas buenas según Dios, sino nuestros caprichos. Otras veces pedimos con exigencia, poniendo a Dios entre la espada y la pared, y pensamos: si no nos lo concedes, nos enfadamos contigo. Otras veces, nuestras peticiones son tan pobres, tan de corto alcance… Tengámoslo claro: Dios no concede, sin más, lo que le pedimos, nos da lo que necesitamos.

Levantemos nuestra mirada al cielo, para traerlo a la tierra. Abramos nuestro corazón a Dios para meternos en el suyo, para sentir con Él y desear lo que Él desea. María será nuestro modelo.

Santa Misa. XVII Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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