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XVIII

XVIII DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025

De vez en cuando deberíamos dejar que nos digan “las verdades del barquero”. Se cuenta que había un río caudaloso y un barquero que llevaba a los caminantes de una orilla a otra y, para hacerlo sin peligros, les exigía confesar sus verdades o pecados. Pues eso es: ojalá pudiéramos tener una, o varias, personas en nuestra vida que nos dijeran, sin medias tintas, las cosas que no ven bien en nosotros, aunque nos duelan. Nos daríamos cuenta de nuestras debilidades, y así podríamos hacerles frente y cambiar. La primera lectura de la misa empieza fuerte: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad… ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol. De día su tarea es sufrir y penar; de noche no descansa su mente. También esto es vanidad”. Es una invitación a mirarnos por dentro, con una sinceridad salvaje, para dejar que el Señor quite lo que sobra y ponga lo que falta. Aunque nos avergüence y sea doloroso. Nos haría mucho bien.

Hay personas que están supuestamente satisfechos consigo mismos. Otras personas buscan el éxito, el poder, la seguridad. Y ¿eso está mal…? Según. Lo que nos falla en la mayoría de las ocasiones es el orden de nuestras prioridades: qué o quién va por delante, qué o quien rige nuestra vida y, en último extremo, qué es de verdad el centro de nuestros intereses. De aquí depende todo.

Una pista clara: ¿Cómo me tomo cuando me dicen “mis cosas malas”? ¿Deseo que me digan la verdad y encajar lo que no va bien, o prefiero que me digan lo bueno que soy, aunque sea falso?

1. Los dos caminos. Queramos o no, hay ante nosotros dos sendas: una que apunta al cielo y otra que nos mantiene amarrados a la tierra. En la primera ponemos las cosas en manos de Dios, confiamos en Él. En la otra somos nosotros los que llevamos la voz cantante. ¿Qué elegiremos? Dejemos a Dios que vaya por delante, sin “peros”. No dudes de Él, si te ama (que sí te ama), te llevará a su morada. Es Padre misericordioso. ¿La otra opción? controlar las distintas situaciones y usar nuestra libertad para hacer lo que nos dé la gana. Vale, y ¿es fiable fiarme de mí mismo? El hombre busca seguridad, pero ¿quién nos la garantiza? Hay tantos avatares en la vida… Para muchos el dinero lo da todo, pero ¿es eso verdad? Recuerda: “la codicia es una idolatría”. El afán de control nos acorrala: camino ancho, que lleva a la perdición. ¿Y Dios? camino estrecho que nos lleva al cielo.

2. El afán de controlar. Se extiende por muchos lugares la cultura del esfuerzo, del que “se hace a sí mismo”: el botones que llega a presidente del banco es uno de los prototipos. Hay que valorar ese afán por labrarse un porvenir, por salir de situaciones difíciles o duras para superar contradicciones, y atravesar murallas. Pero hay que tener cuidado de no cifrarlo todo en uno mismo. Si no hacemos partícipe a Dios de ese empeño, y lo convertimos en camino de amor en el que el Señor nos sostiene y acompaña, podemos acabar idolatrándonos a nosotros mismos, mirando a los demás por encima del hombro. ¿Me abandono a la providencia de Dios o voy a lo mío para que nada me pille fuera de juego? Nuestra lengua, tiene expresiones “muy católicas”, que hablan de confianza en Dios: “si Dios quiere”. Y quiere lo mejor. ¡Qué paz: haré lo que pueda y pediré lo que no pueda!

3. Apostar de verdad por el Señor. Si nos preguntaran diríamos que tenemos muy claras las ideas en nuestra cabeza. Pero esa “claridad” ¿se ve reflejada en nuestros actos? Porque tendemos a ser “teóricos de buenas conductas”. Como hijos de Dios, hemos de concretar el Evangelio en el día a día. Concretar el amor que, si no se aterriza, no vale nada. Somos ciudadanos de aquí abajo, y eso nos reporta nuestros derechos (y deberes). Pero no olvidemos que somos también ciudadanos del cielo: caminamos hacia esa morada celeste, y queremos hacer de la vida, aquí abajo, un cielo en la tierra. Para ello hemos de emprender una lucha constante para que Dios sea verdaderamente Señor de nuestro existir. Su invitación es clara, echar fuera todo lo terreno: “la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría”. ¿Qué decidiré para mí: el bien o el pecado?

Dios nos dice, para que no nos llamemos a engaño: “guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. La vida desprendida de Jesús es nuestro espejo: nació desnudo y muere desnudo en la Cruz. Pidámosle a María seguir sus pasos.

Santa Misa. XVIII Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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