DOMINGO XVIII T. ORDINARIO C. 2022

Hay una palabra que se usa bastante en el día a día y que puede llamarnos a engaño: apetecer. Me apetece, no me apetece. Nuestro gusto, nuestro yo… Hay, sin embargo, una palabra que puede ir en la dirección de “voy a lo mío”, pero en la que podemos descubrir un fondo increíble: deseo, el deseo de Dios, de las cosas de Dios, de lo que Dios quiere para nosotros. A fin de cuentas, caminar hacia Él.

Los Santos, personas con los pies en el suelo y la cabeza en el cielo, distinguían muy bien entre lo que me apetece, o lo que Dios me pide. Apostaron por Dios y ganaron. San Pablo nos da pistas:

1. Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. ¿Qué es lo que verdaderamente me atrae, con una atracción auténtica, de tal manera que hago de ello la razón de mi vida? No podemos negar que hay en nosotros una lucha interior clara: vivir para uno mismo, o vivir para Dios. En palabras de San Agustin: “amar a Dios hasta el desprecio de uno mismo o amarse a sí mismo hasta el desprecio de Dios”. Darle de verdad paso a Dios en mi vida, con todas las consecuencias, o dejarlo un poco aparte, como alguien a quien recurro porque puede servirme en algún momento, pero poco más. Mis expectativas ¿Dónde están puestas? ¿Miro hacia arriba y me encamino al cielo o hacia abajo, hacia lo mundano?

2. Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros. Hay ocasiones en que, delante de nosotros, aparece nítido, claro, lo que tenemos que hacer, hemos descubierto a Dios y nos ha atraído y bastante, pero ¿con eso ya tengo todo hecho? A Dios gracias, estamos asistiendo a un tiempo en que hay mucho malo por todos sitios, pero también hay (y no podemos olvidarlo), un darse cuenta de las cosas, un descubrir a Dios en la propia vida. El Espíritu Santo obra y mucho. Dios que ilumina mi mente, pero ¿lo integro en mi corazón y hago de ello vida de mi vida? No cabe duda: hay conversiones, sin embargo, ¿es algo definitivo o pasajero? Porque tiene que haber un antes y un después, un cambio de rumbo.

3. ¡No os mintáis unos a otros!: os habéis despojado del hombre viejo. Empezar es de muchos, perseverar es de santos. ¡Cuántas cosas empezamos y cuántas cosas dejadas a medias! La lucha no esta solamente en descubrir el camino, la lucha verdadera está en recorrerlo con fortaleza, con constancia. Coherencia de vida que no se da solo con un primer impulso que nos hace creer que nos vamos a comer el mundo, sino más bien en seguir con constancia ese nuevo modo de vida, sin diluir con agua el vino, sin suavizar tanto las exigencias que, prácticamente, sigue uno con lo mismo. Mirar atrás nos convertiría en estatuas de sal. No nos engañemos a nosotros mismos volviendo a lo de antes. Apostemos por Dios.

Sin embargo, cómo nos complicamos la vida. Cuando miramos lo que tenemos alrededor, vemos que lo más habitual no es precisamente esa coherencia entre lo que Dios nos pide, lo que nosotros pensamos y lo que nosotros vivimos. ¡Señor, danos la capacidad de integrarlo todo! Miremos en detalle nuestra vida: antes de poner en marcha nuestros planes ¿miramos a Dios y tratamos de escuchar lo que Él quiere decirnos? Porque lo que Él nos vaya pidiendo es la verdadera razón de nuestra vida, es un camino quizá no sencillo pero que nos puede llevar hacia la felicidad plena, aunque sea costoso.

Lo que pensamos y defendemos es, ciertamente nuestro proyecto de vida, algo que nos llena de ilusión y nos lleva a tomar decisiones. Son nuestras expectativas humanas. Pero ¿es eso lo que Dios quiere de mí? Aun siendo cosas buenas, ¿consulto con el Señor si merece la pena o es hacer castillos en el aire? Hay tantas cosas que parece que nos van a arreglar la vida y luego se desinflan como si pincháramos un globo. No trabajemos a corto plazo, trabajemos para Dios. Construyamos sobre bases firmes que integren de verdad lo humano y lo sobrenatural. Si, que Dios sea compañero de camino.

Hagamos el recuento de lo que de verdad merece la pena. A veces miramos hacia adelante, como si todo el tiempo fuera nuestro. Pero el tiempo es de Dios y es Él quien lo administra. Jesús, el Hijo de Dios entró en el tiempo para darle un brillo de eternidad. Ojalá que nosotros vayamos comprendiéndolo y haciéndole eco. Nuestra Madre la Virgen nos ayudará y nos enseñará a construir para el cielo.

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