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XX DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025

Jeremías, como todos los verdaderos profetas, fue un hombre incómodo porque Dios le encargó que dijera la verdad a su Pueblo, ¿y el resultado? Se pusieron en su contra. Preferimos la mentira cómoda a la verdad molesta. Tenemos una tendencia clara a instalarnos en esa mentalidad dominante que se extiende por todas partes. Ante esas medias verdades o mentiras que proliferan a nuestro alrededor, no queremos hacernos notar. Es más fácil para nosotros ponernos de perfil.

Y, sin embargo, muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia de la Iglesia han apostado por Dios. No les importó ir contracorriente, o ser ninguneados. Tenían al Señor tan metido dentro de su mente y su corazón, que dieron cuenta de su fe a pesar de los peligros que trajeran consigo.

¿Cómo es nuestra fe y adhesión a Dios? ¿Qué preferimos: una vida cómoda o un corazón enamorado? Quizá estamos en esa situación de medianía, del sí, pero no, de la teoría muy clara pero la práctica sin mojarnos demasiado. Es, en definitiva, la manera de verlo todo sin apostar de verdad por el compromiso. Y eso nos sitúa en una tibieza que oscurece el alma, dejándola sin motivaciones claras. Como intentar arrancar un coche sin batería: hace amagos pero no avanza un milímetro. Es un quiero y no puedo que acaba con cualquier ilusión auténtica que apunte verdaderamente a Dios.

Comenzamos la Santa Misa como siempre: pidiendo perdón a Dios. Es el punto de partida que nos sitúa donde tenemos que estar: en el reconocimiento de nuestras debilidades, que no son pocas. Después elevamos el corazón a Dios para glorificarlo. Es un reconocimiento de la grandeza auténtica que solo a Él podemos dar. Y luego hemos recogido todo eso en una oración maravillosa: “Oh, Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman, infunde la ternura de tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo”. Ponemos nuestra mente y nuestro corazón a disposición de Dios para que no predominen nuestras veleidades, sino su amor entregado que renueva el nuestro.

Es el momento de concretar, de no quedarnos en los buenos deseos, sino darnos de verdad:

1. Corramos con constancia en dirección hacia Dios. Vivir la vida de cara a Dios no es comprar un manual de instrucciones, para después ponerlo en marcha sea como sea. No es una cuestión de empeño voluntarista, de esto lo hago y lo hago, hasta ahí podríamos llegar… Las cosas importantes, cuando se asumen solo por obligación, porque no tenemos más remedio, nos acaban aburriendo, o fastidiando. El secreto de seguir al Señor está en enamorarse de Él y perseverar, en ese amor que tiene mil maneras de irse concretando. “La paciencia todo lo alcanza”, qué gran verdad. Amar a Dios qué gran cosa: comprométete con ello. Si empezar es de muchos, perseverar es de santos.

2. Renunciemos a todo lo que estorba y al pecado que nos asedia. Ese recorrido no se lleva a cabo entre aplausos, alfombras de flores y satisfacciones a cada momento. Apostar por el Señor implica una lucha que no siempre es fácil. En ocasiones, cuando vemos que las cosas se complican, cuando no salen a la primera, lo más fácil es tirar la toalla. Y esa nunca es una solución. Tengamos esa idea clara: hay cosas que hacen avanzar y otras que entorpecen el camino, no tienen por qué ser pecados, sencillamente nos hacen perder el tiempo. Fuera con ellas. Hay otras que son sugestivas, atrayentes, nos prometen el oro y el moro, pero ofenden a Dios. El pecado no merece nunca la pena.

3. Fijos los ojos en el Señor, que inició y completa nuestra fe. Todo esto, si nos lo planteamos como una cosa nuestra, más tarde o más temprano acabaremos desfondados. No podemos perder el ánimo. ¿Quién es el que pone en nosotros la ilusión, nos da la fortaleza para seguir adelante, y llena de luz y de esperanza verdadera esa meta que es el cielo? Precisamente el Rey y Señor de cielos y tierra. Es el nuestro un itinerario que parte de Dios y a Dios nos encamina. Si miramos tan solo a la tierra acabaremos tropezando con lo que tenemos delante. Miremos a lo alto, con confianza, con alegría. Lejos de nosotros las quejas. Todavía no hemos llegado a la sangre en nuestro amor a Dios.

María emprendió desde el primer momento del anuncio del Ángel una peregrinación en la fe que le llevó hasta la Cruz. Y perseveró en su entrega total a Dios. Merece la pena. Vayamos a ello.

Santa Misa. XX Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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