DOMINGO XX T. ORDINARIO C. 2022

Este verano, lo estamos viendo en el día a día, el fuego está arrasando tantos montes, tantos campos, amenazando las poblaciones que están a su paso. Una negligencia, una colilla, una chispa de un motor que se pone en marcha, un cristalito que concentra los rayos del sol y prende, es más que suficiente para arrasar y dejar la tierra desolada. Qué poco es y cuanto desastre puede poner en marcha. En el monte, como en nuestra alma, para que no haya que desplegar tantas medidas para frenar esa destrucción, hemos de anticiparnos. Cuidar las cosas para prevenir, sin dejaciones. 

El Señor nos anima a la lucha. La vida del hombre sobre la tierra es eso: lucha. No nos quejemos de todas las situaciones duras que vemos por todos sitios y que nos descolocan dentro de nosotros. No nos crucemos de brazos. Cada mañana, cuando nos despertamos, se presenta ante nosotros un reto, una doble dirección que nos obliga a elegir: buscarnos a nosotros o buscar a Dios, seguir nuestros criterios, o ajustarnos a los suyos. Hay que dar una respuesta. Por la noche, antes de acostarnos hemos de responder a ese reto: ¿qué he hecho hoy, Señor? ¿He ido a mi aire, o he ido detrás de Ti, pisando tus huellas? No lo dudes, convierte ese día en un batallar en el que le ofrezcas todo al Señor.

1. Una foto del alma. Si pudiéramos radiografiar o fotografiar el alma ¿qué encontraríamos? ¿Tierra desolada? En el alma, como en el monte, no vale únicamente saber lo que hemos de hacer, sino ponerse a ello y hacerlo: antes para prevenir y, cuando ya están las llamas, poner medios para apagar el fuego. El mal avanza fuera y dentro de nosotros, creemos que eso no nos afecta que no pasa nada. Pero no es así: nos afecta. Reconozcamos que somos tan frágiles como los demás. Sin ingenuidades, y con claridad. Veamos nuestros puntos flacos, para fortalecerlos y no dejar que haya brechas por donde pueda entrar el enemigo. Apostemos por Dios y dejémonos guiar y ayudar por Él: no nos abandonará.

2. Fuego malo y fuego bueno. Hay un fuego malo, el fuego del pecado, que arrasa y deja el alma sin capacidad de reacción. ¡Cuántas vidas que se atascan porque se han acercado demasiado a la tentación y se han chamuscado con ella! Si no tenemos cuidado y nos despistamos quedará desdibujado el camino y empezaremos a dar vueltas, sin acertar. Pero se nos habla de otro fuego distinto: el fuego del amor de Dios. Un fuego que también quema, pero no quema lo bueno como el otro, no tira por tierra la acción de Dios, todo lo contrario, quema lo que nos aparta de Él y nos da aliento en la batalla. ¿Lucha? por Dios y para Dios: “todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado”.

3. Buscando la verdadera paz. Lo nuestro no es buscar una paz de la comodidad, que evite los conflictos y poco más, o para que, como decimos habitualmente, “la sangre no llegue al río”. La paz que viene a traer el Señor a la tierra es algo mucho más profundo, de más calado. Es la paz de quien lucha para apartar el mal de la propia vida. La paz, en ese sentido, no es ese equilibrio inestable para que todos estén contentos con un “no me molestes y no te molesto”, cada cual marcando su territorio y sus líneas rojas. Eso nos convertiría a cada uno en terreno vedado, que nadie puede pisar. Pero aislados y sin puntos de referencia, todo daría igual y acabaríamos perdidos y sin principios. ¿Queremos esa paz?

¡Qué bueno es recordar la oración de San Francisco sobre la paz! Un gran programa de vida para un hijo de Dios: ¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Que allí donde haya odio, ponga yo amor; donde haya ofensa, ponga yo perdón; donde haya discordia, ponga yo unión; donde haya error, ponga yo verdad; donde haya duda, ponga yo fe; donde haya desesperación, ponga yo esperanza; donde haya tinieblas, ponga yo luz; donde haya tristeza, ponga yo alegría. ¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto ser consolado como consolar; ser comprendido, como comprender; ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe; olvidando, como se encuentra; perdonando, como se es perdonado; muriendo, como se resucita a la vida eterna. Seríamos coherentes con nuestra fe, aunque incómodos para algunos. ¿Vamos a tenerle miedo a lo que puedan decir? Miremos a María, Estrella de luz que brilla en el cielo.

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