XXI DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025
Estas últimas semanas proliferan los anuncios que invitan a apuntarse en las plataformas de TV para ver los partidos de la liga, disfrutar con ello y vivirlo a tope. Cada cual, acomodado en su sillón preferido, con su cervecita y su picoteo… Para dominar la situación, más capaces que ese entrenador que no se entera, del árbitro que no sabe pitar, de los delanteros que no corren, del portero que se deja meter el gol por la escuadra… Estrategas de primer orden y más finos que el VAR, ese nuevo artilugio que ve la jugada como nadie ha visto. Unos genios. Que nadie diga nada, controlamos muy bien, sabemos por donde van los tiros, a nosotros con cuentos a estas alturas…
Y resulta que S. Pablo nos dice algo sorprendente: hay dejarse corregir, lo de escuchar al otro que piensa distinto a nosotros, y puede tener razón, está fenomenal. S. Pablo que sabe bien de qué habla: nos equivocamos como los demás. No estamos por encima de todo y de todos. Podrían, e incluso deberían, decirnos las cosas, aunque nos fastidie y nos haga torcer el gesto. ¿O quiero quedarme encallado en mi propio yo? Nos hace bien, mucho bien, escuchar al otro, incluso cuando nos molesta que vea las cosas de otra manera. Aprender siempre y de todos: nadie está curado en salud. Aunque no me guste, no estoy en la plena posesión de la verdad. Y no es cuestión tan solo de humildad, sino de sentido común. ¡No siempre hago bien las cosas y tengo que rectificar y cambiar!
La oración colecta del principio de la misa, que el sacerdote dirige a Dios en nombre de todos, nos da la pista de hacia dónde caminar: Oh, Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, concede a tu pueblo amar lo que prescribes y esperar lo que prometes, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros ánimos se afirmen allí donde están los gozos verdaderos.
1. Amar lo que prescribes. Quizá, pensamos que ser santos consiste en hacer cosas buenas y si son muy, pero que muy buenas, mejor. Si una madre de familia está todo el día ayudando en la parroquia y tiene descuidados a los suyos, que añoran su presencia y su cariño, hará cosas buenas a los ojos de muchos, pero no está haciendo lo que Dios le pide, porque, antes que nada, habrá de volcarse con los suyos. Si amamos de verdad a Dios, iremos conformando nuestra mente y nuestro corazón a Él. De esta forma, acabaremos descubriendo lo que quiere y empezaremos a ponerlo en práctica. El amor es ordenado y va de dentro a fuera: primero Dios, después la familia y los que Él ha puesto cerca de nosotros para amarlos con hechos de amor. Y luego, después, todo lo demás.
2. Esperar lo que prometes. Tanto el A. Testamento como el Nuevo, están plagados de las promesas de Dios, que es fiel a su Pueblo y nunca lo abandona, incluso en circunstancias, a veces muy complicadas. Promete un Mesías que lo guiará hacia la Tierra de promisión, que es el cielo. Y lo va llevando por sus caminos, que le hacen descubrir su amor. La esperanza, apoyada en la fe, es descubrir la grandeza de Dios que es Padre y nos ama con amor misericordioso. Lo dice y lo hace: “Venid a mí todos los cansados y agobiados y Yo os aliviaré…, y encontraréis vuestro descanso”. “No os dejaré huérfanos”. “Dios es fiel, y no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas”. ¡Dios mío quiero fiarme de Ti y sé que no me vas a fallar nunca, porque nadie hay más fiel que Tú!
3. Nuestro ánimo en los gozos verdaderos. Si acojo tu amor y sigo los pasos que me vas marcando, si tengo esa plena confianza en Ti, ¿qué puedo temer? Me despistaré si estoy pendiente de sacar adelante esos deseos míos que no te tienen en cuenta, Señor, y no hacen eco a tu llamada. Enséñame a tener una visión que va más allá de lo terreno, que no se queda tan solo en aquello que me resulta fácil y que me compromete poco. Lejos de mí ese modo de ver lo que verdaderamente importa, como demasiado difícil y desestabilizador de mi mundo y mis pretensiones. Los gozos de aquí abajo si no te tienen a Ti, Señor, como origen y meta son espejismos que me desvían del camino. Escuchar tu voz y concretarla en mi vida, será para mí el cielo en la tierra. Porque allí estarás Tú.
¿Serán pocos lo que se salven? Eso sólo Dios lo sabe, pero lo que sí depende de nosotros es no ir por la vida con una ley de mínimos para cumplir lo justo y poco más. Es algo muchísimo más grande: dejar que florezca esa siembra de amor que Dios nos va regalando, como floreció en María.