DOMINGO XXI T. ORDINARIO C. 2022

En la misa de hoy, antes de las lecturas, para encaminarnos bien, hay una oración llena de contenido que nos muestra claramente por dónde tenemos que ir: “concede a tu pueblo amar lo que prescribes y esperar lo que prometes, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros ánimos se afirmen allí donde están los gozos verdaderos”. Casi nada. Nos invita no solo a cumplir, sino a amar, a querer de verdad todo lo que el Señor nos manda. Nos anima a vivir con esa esperanza en las promesas de Dios, porque se van a cumplir. Nos orienta para que nuestro ánimo no decaiga y apostemos por la verdadera alegría de confiar plenamente en Dios que nos encaminará al cielo.

Y ¿qué haré? Amar tu voluntad, Señor, seguir tus pasos, descubrir tu amor por mí. ¿Cómo?

1. ¿Replegados? Ante un mundo hostil una respuesta es la de mirar hacia el suelo con cierta decepción de todo y de todos: “no hay nada que hacer esto está cada vez peor”. Ante eso cabe cruzarse de brazos: “no quiero mojarme, ni implicarme en nada: yo voy a lo mío y cada cual que se las arregle”. Pero lo nuestro no es aguantar mecha sin más, o caer en esa “resignación cristiana” que es inmovilismo y falta de audacia, de empuje. Ante situaciones que no nos gustan podemos instalarnos en la queja, en un pesimismo que bloquea y nos encierra en nosotros mismos. Nos puede llevar a ponernos a la defensiva, tratando de esquivar el golpe que nos parece que va a llegar de un modo u otro. A mirar para otro lado, con un tono de enfado cuando se nos pide que arrimemos el hombro: “a mí nadie me dice lo que tengo que hacer, ya lo hago yo solo que sé por dónde me ando”. Sabemos mucho. Claro que lo sabemos, pero se nos olvida. “Dios mío, dame memoria para percibir con claridad tu acción en la historia, también en mi historia personal. Tú me llevas, Tú me guías”.

2. ¿Rigorismo? Decimos: “esto lo arreglaba yo de dos patadas”. Las verdades del barquero, mano dura y las cosas bien dichas y como son. Habría que cambiar tanto… Y corregir a unos y otros”. Naturalmente, pero corregir no es herir. Puede más la miel que la hiel. Si solo decimos lo que está mal, si no queremos ver lo que puede estar bien, si pasamos por alto lo positivo que hay en las personas y las situaciones que nos toca vivir, estaremos ensombreciendo y ocultando esas semillas de verdad, de bien, de belleza, que el Señor va sembrando a manos llenas. ¿Cómo corriges? ¿Te pones por encima de los demás, como si fueras la referencia de todo? Detrás de tu manera de decir las cosas, ¿qué hay? ¿deseos de ayudar, o de imponerte para quedar por encima? Una verdad sin caridad, sin un cariño que la sostenga, es una verdad que se ensombrece y pierde su fuerza. De la misma forma una caridad sin verdad, es un buenismo que se va diluyendo y no ayuda nada.

3. Con esperanza. Lo nuestro es santificar el mundo desde dentro. De lo poco a lo mucho. Desde lo más sencillo a lo más complicado. Valorando lo bien hecho, bien apoyados en la paciencia, siendo perseverantes cuando las cosas no salen a la primera, confiando plenamente en Dios que no nos va a dejar a nuestra suerte. El Señor nos está diciendo, es cuestión de afinar el oído: “No temáis, es tiempo para la esperanza, Yo estoy con vosotros y estaré hasta el final. Dejaos proteger a la sombra de mis alas”. Planteemos las cosas desde lo positivo, vemos con frecuencia todo desde un tono gris, e incluso muy oscuro, pero hemos de hacer también una lectura positiva de la situación, de las cosas y las personas que, aunque no lo parezca, tienen potencialidades grandiosas. Dejemos a Dios ser Dios, no nos empeñemos en hacerlo todo nosotros, hagámosle eco. Descubramos la verdad sobre nosotros mismos que parece que estuviera como diluida. No nos dejemos robar el cielo. No pretendamos crear nuestro cielo. Dejemos al Señor guiarnos a su morada. Seamos hijos.

El Señor nos dará su gracia, que no nos faltará.

¿Qué es la gracia de Dios? Ese impulso que Dios nos ofrece, de forma gratuita, con el que somos capaces de escuchar sus palabras, descubrir sus deseos y tener anhelos de cumplirlos, para quedar fortalecidos por Él y notar esas luces que hacen comprender y profundizar en lo que de otra manera no podríamos captar. Nuestra Madre la Virgen nos llevara de la mano si se lo pedimos. Y así, notaremos cómo la mente y el corazón se abre y nos viene esa sabiduría que no se aprende, sino que se goza, con comprensión y cariño hacia los que veremos como verdaderos hermanos, no como competidores, o ajenos a nosotros. María, ven.

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