DOMINGO XXII T. ORDINARIO A. 2023

¡Hay que ver cómo es el amor de Dios! Algo arrebatador que no solo nos sale al encuentro, quiere meterse muy dentro de nosotros para impulsar una revolución interior que nos transforme. Quizá pueda parecer en principio exagerado, el profeta nos presenta a Dios como un seductor que enamora. Aunque solo nos acordemos de Él cuando nos interesa, o le demos las sobras de todo lo nuestro, no nos dejará. Entonces, ¿por qué le damos nuestro cariño a cuentagotas, y lo tratamos, en ocasiones, como un objeto decorativo que adorna nuestra vida, y que tiene poco que aportar?

Somos desagradecidos. Pero no lo olvidemos: es el Amor de los amores. Es el gran motor que pone mi vida en marcha. Es el que me permite tener esperanza, vivir con ilusiones, el que me impide caer en desaliento porque me sostiene cuando camino a su lado. Es el que me da la vida. No cerremos los ojos a lo esencial. Abramos nuestra mirada a Dios, que es el que nos descubre las cosas tal y como son en verdad, con la hermosura con que Él las ha creado. Dios que es el protagonista.

Las lecturas de la misa de hoy tienen ese tono optimista, y ese lenguaje “de amor”. Es una invitación en toda regla a dejarnos querer por el Señor y hacer que ese amor cale en nosotros.

Si eso es así y no una simple ilusión, no seamos desagradecidos. Devolvámosle ese cariño…

1. Con un cuerpo entregado. San Pablo dice algo impresionante: que entreguemos nuestros cuerpos a Dios. Cuando se reivindica el cuerpo como si fuera algo nuestro, como podría ser un chalet en primera línea de playa, Dios nos enseña que no instrumentalicemos nuestro cuerpo, porque es valiosísimo. No es un algo, es nuestra imagen visible al exterior. Nuestro cuerpo con nuestra alma nos recuerda que estamos creados a imagen y semejanza de Dios. No somos “cosas”, una criatura más sobre la faz de la tierra. Dios no dialoga con las piedras o los árboles, habla con nosotros, para contarnos que somos amados por Él y muere de amor por nosotros, entregado en la Cruz. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”. Esto ¿qué es? Un programa de vida. Una esperanza real. Dios hace por mí una apuesta definitiva. No se queda en medias tintas.

2. Con una mente renovada. San Pablo nos hace otra propuesta: que nuestra mente no sea un eco vacío de lo que dice el mundo. El Señor no quiere que funcionemos como muñecos hechos en serie. Nos anima a tener una mente clara y libre, apoyada en lo que Dios nos ha transmitido en el Evangelio. Una mente renovada para no estar como chapoteando en bobaditas que entretienen, pero que no tienen sustancia, que dejan los pies fríos y la cabeza caliente. No nos empeñemos en mondar pipas cuando podemos comer un buen chuletón. ¡Pensemos por libre con la libertad que Dios nos ha conseguido! ¿Es eso lo que tenemos en la cabeza, o repetimos las consignas del mundo? San Pablo es clarificador, nos ayuda a no despistarnos, a buscar lo que construye y da valor a la vida, nos da las pistas para que no andemos danto tumbos y nos dirijamos a lo que vale la pena: “que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.”

3. Dando la primacía al Señor. Pedro, que proclamó a Jesús como el Mesías, ahora da un paso atrás: le suena mal eso de la Cruz y pretende alejar al Señor de su misión. Y Jesús le reprende con contundencia: “Ponte detrás de mí, Satanás”. Le dice, en definitiva, que no se deje convencer por caminos lights, mundanos. Eso es un vulgar engaño del diablo. El que tiene que ir, siempre y en todo por delante, es Dios. Sin ninguna concesión. Evitar lo molesto, no mojarse, pensar a lo humano, nos lleva a esa especie de medianía, de superficialidad que acaba devaluando lo que somos y esa tarea que Dios nos encarga. Dejémosle a Dios ser Dios, haciéndole eco en nuestra vida. Optemos por Él: “¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?”. No hay otra: el mundo o Dios. Todo se reduce, en definitiva, a eso. Es la gran elección, y la vemos a cada momento. ¿Dónde van los intereses del mundo…? ¿Merecen la pena? ¿y dónde van los tuyos? Apuesta por Él.

Mientras vemos la vida insulsa de tantos y tantos, miremos también la vida intensa y llena de brillo de los santos. Descansemos en María Madre, que solo vivió para hacer la voluntad de Dios.

Lecturas y homilía. XXII Domingo del T.O. Ciclo A
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