XXII DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025
“Todo mi existir luchando por ser humilde y… al final lo he conseguido”. Vaya por Dios. Parecería el programa de vida de muchas personas. ¿De verdad nos interesa ser humildes? Hoy en día no es un valor precisamente en alza, más bien lo contrario. La dichosa humildad. Quizá para algunos será, sin duda, una gran virtud, pero ¿estoy yo dispuesto a vivirla? Resulta complicado, porque va entrando el agua por las rendijas de la barca sin darnos cuenta, y acabamos naufragando.
La humildad, menuda cosa… El Evangelio está plagado de invitaciones a vivir humildemente. Pero fórmula mágica para logarlo todavía no se ha descubierto. A ver, ¿nos interesa ser humildes? Mejor disimular y que no se note mucho nuestra flojera: pasar inadvertido como los otros y ya está.
Entonces ¿tenemos que darnos por vencidos y tira millas? Para nosotros puede ser imposible, pero no para Dios. La clave es saber que no se trata de un logro personal que se afronta con ímpetu, para luego desfondarnos, se trata de un regalo de Dios que hay que pedir… contando con nuestras limitaciones. “El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.
1. Ante todo, miremos a Dios. Mi vida es algo que recibo, no es algo que yo mismo me otorgo, ni siquiera es algo que construyo a fuerza de músculo. Los voluntarismos son una trampa en la que podemos caer y acaba siendo un pozo oscuro del que puede ser muy complicado salir. Mirar a Dios y dejarse mirar por Él es el punto de partida. Dios es Dios y nosotros… no. Aprendamos de Él para no agobiarnos y… Tranquilos. Descubramos al Dios verdadero que corre el riesgo de nuestra libertad y se hace vulnerable: se pone límites para no usarnos como marionetas, obligándonos a ser buenos. ¿Y los mandamientos? No quiere ponernos entre la espada y la pared, son los raíles para que nuestra existencia no descarrile y se venga abajo. Dios, para salvarnos de nuestras limitaciones y pecados, se hace hombre como nosotros. En Jesús vemos a un Dios que llora, se duele de nuestras traiciones, e ingratitudes, y quiere consuelo, porque su amor no es correspondido. Dios que es omnipotente pero no se impone, no arrolla, porque sabe de misericordia y ejerce. Con Él todo se vuelve positivo.
2. Aceptarnos tal y como somos. Sepamos distinguir lo que hay en la sociedad que es muchas veces manipuladora al ofrecer modelos de vida engañosos, falsos. Y nos oculta que lo que nos hace de verdad humanos es aprender a mirar a lo alto, con proyección sobrenatural. ¿Qué veo yo a mi alrededor? Una cultura del éxito (y si es inmediato, mejor). Una búsqueda de lo facilón y cómodo que nos adormece y nos roba la posibilidad de valorar el bien, la verdad, la belleza, conformándonos, en el mejor de los casos, con lo que resulta práctico y ahí me quedo. De vez en cuando, deberíamos hacernos algunas preguntas: ¿cuál es mi público? ¿por qué o por quién hago yo las cosas? ¿Las hago para que me vea la gente? ¿Obro igual cuando estoy solo y nadie me ve o cuando estoy con otros? A veces parece que estuviéramos en el teatro del mundo buscando el aplauso, la condescendencia de los que están alrededor y nos miran. Todos somos débiles, pero lo ocultamos, avergonzados. Reconoce tus defectos y pecados y pide perdón. Es el primer paso para avanzar y vivir en y de Dios.
3. Pisotear el propio yo. Acabáramos, ¿de verdad que hay que hacer eso? Sí, porque el ego es nuestro peor enemigo. Crecemos con él y, si no le ponemos límites, nos esclaviza. Soy señor de mis silencios y prisionero de mis palabras. Aprende a callar. Mírate por dentro. Sé sincero contigo mismo, pero de verdad. ¿Qué ves? Ahí están las comparaciones, la crítica a los demás para quedar por encima, los egoísmos, las envidias, la autocomplacencia y, al tiempo, la falta de autoestima. Pero yo no soy como los demás… Ya. Todos metemos la pata. Todos. Acéptalo. Y no te equivoques: no es un desdoro. Es curioso: lo que redime es rendirse ante Dios. Hay algo más: las humillaciones vividas con el Señor acaban siendo camino de amor y nos engrandecen. Sí. Las debilidades, aceptadas y ofrecidas, se van conviertiendo en fortalezas: sinceridad y humildad abren sendas de luz, de madurez interior. Un autor espiritual decía: “La madurez de un alma se reconoce por su mansedumbre, la inmadurez por su intolerancia”. Porque ha mirado la humildad de su esclava. Bienaventurada María, eres la más grande, eres Inmaculada y sabes guardar todas esas cosas en tu corazón. ¡Quién pudiera!