DOMINGO XXIII T. ORDINARIO A. 2023

El pasado domingo las lecturas nos proponían una declaración de amor del Señor para con nosotros. Este domingo se da un paso más para sacar las consecuencias: si ese gozo interior no lo traducimos en amor a los demás, no puede sostenerse. Dios nos ha comprado a gran precio: la Sangre de Cristo derramada, y con ello ha concretado ese derroche de cariño por todos y cada uno.

Hay una dimensión del amor que podríamos decir vertical: viene de arriba, de Dios y nos llena, para que, a su vez, nosotros se la devolvamos. Pero hay también una dimensión horizontal que se extiende a nuestros hermanos los hombres y alcanza al mundo: el amor a los demás. Doble dirección que da cuerpo y luz a un amor en su plenitud y nos ayuda a dar esa luz a los otros. Amados para amar, Iluminados para iluminar. Bendito Dios que haces esa siembra en nosotros para llegar a todos.

En una sociedad tremendamente individualista no podemos considerar a los demás ajenos a nuestros intereses, como competidores que se van apropiando de un espacio que nos corresponde a nosotros, o como enemigos que se oponen u obstaculizan nuestras maneras de ser y hacer.

Comprender, querer, ayudar, serían las tres grandes actitudes para colocarse ante el mundo y no dejar que nos gane esa esclavitud del yo: para que no estemos tan metidos en lo nuestro, que no nos importe otra cosa. Así no tropezaremos con un egoísmo que nos hará estar secos de amor.

1. Seamos comprensivos. Si esperamos que los demás den el primer paso para darles entrada en nuestra vida, tendremos que esperar sentados. Hemos de tomar la iniciativa y aprender de Dios a ir por delante. Tender puentes, abrir caminos para darles la oportunidad de ver en nosotros alguien del que se puedan fiar, que pueda comprenderlos. Conocerse, sin prejuzgar, es empezar a quitar barreras y derribar muros para que los otros no acaben siendo enemigos. No tienen por qué serlo. Ver lo que une más que lo que separa. Escuchar para darnos cuenta de que cada cual es su historia personal, que somos hijos de un mundo alejado de Dios, unos desconocidos de unos para con los otros. Comprender de dónde vienen, que pueden tener una historia personal dura que les ha marcado, y que explica su situación en este momento. ¿Qué haría yo si estuviera en su lugar?

2. Brindemos nuestro amor. Siempre nos agrada que nos quieran. Pero eso de ser generosos, dar de lo nuestro, amar de verdad, nos cuesta. Quizá tenemos las ideas claras en nuestra cabeza, pero que eso traspase nuestro corazón es ya mucho pedir. Esa luz y calor recibido de Dios, puede quedarse en el camino, y no se ve reflejada en nuestros actos. Aprendamos a abrir nuestro corazón, aprendamos a querer. Llenos de Dios para dar a Dios. ¡Qué claro es el apóstol San Pablo cuando nos habla del resumen de los mandamientos! ¿En qué se concretan? en un amor singular y entregado hacia los otros buscando su bien. “La plenitud de la ley es el amor”. No es tener ideas claras sino vivirlas con un afecto desinteresado. Eso es así y hay una forma clara de expresarlo: perdonar y pedir perdón. Un santo lo decía: “No he tenido que perdonar porque el Señor me ha enseñado a querer”.

3. Ayudemos a caminar hacia Dios. Un amor verdadero, que quiere el bien de los demás, se abre de par en par a Dios. Y se convierte en apostólico. Es curioso cómo en las paginas del Evangelio la noticia de Jesús, con sus palabras y sus signos, se va extendiendo por todo el Pueblo de Israel: está tan lleno de brillo que no se puede ocultar, y se propaga “por contagio”. Cuando uno tiene el corazón lleno, cuando rebosa de alegría, ese gozo interior no puede quedarse como encerrado en una cueva. Hay que compartirlo con los demás. Es curioso ver cómo detrás de tantos retiros y encuentros con el Señor que el Espíritu Santo suscita, están los testimonios. La fe en la que se cree cambia vidas, llena de admiración a los demás y hace pensar: yo quiero vivir eso, encontrarme con Jesús, ¿qué tengo que hacer? La fe necesita testigos para crecer. Sembremos a Cristo en los demás.

El camino de Nuestra Madre la Virgen fue y sigue siendo ese: se ha llenado de modo tan impresionante de Dios que lo engendra en su interior y lo da al mundo. María es la que hace esa peregrinación de amor para vivir de Dios y entregar a Dios. Que sea ella la que nos guíe y fortalezca en esa acogida, vivencia y entrega de mente y corazón a Nuestro Dios. Nos cambiará la vida.

Lecturas y homilía. XXIII Domingo del T.O. Ciclo A
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