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XXIII DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025

Hay una palabra que define bien la actitud del mundo y, por tanto, la del hombre actual: “contemporizar”. Acomodarse a los tiempos, apuntarse al sí pero no, o al no pero sí. Agradar a unos y otros. Justificarse para que las propias palabras hagan eco a lo que se cuece en el ambiente. No quedar mal con nadie porque no sabemos con quien habremos de compartir el camino. Colocarse al sol que más calienta. Ponerse de perfil para pasar inadvertido… por si acaso. No significarse por si molestamos a alguien. Ósea, la cuadratura del círculo, por si hay que saltar, caer siempre de pie.

¿Tiene que ser esa la actitud de un hijo de Dios, de alguien que quiere vivir su fe de verdad, sin componendas…? Las lecturas de la misa de hoy no parece que nos lleven por ahí, más bien lo contrario. Apuntar, apuntan a la centralidad de Cristo. Nos recuerdan que, si nuestra apuesta va en otra dirección que no sea la de la unión verdadera con Dios, con su pensamiento y su corazón, lo que haremos es quedar fuera de juego. Es tiempo de valientes, de desterrar el miedo y amar mucho.

1. Cuerpo y alma ¿dos enemigos? En la primera lectura del libro de la sabiduría se previene contra algo muy metido dentro de nosotros: ese oponernos e imponernos a Dios para que nuestros pensamientos tomen la delantera a los suyos. Nos cuesta mucho arrodillar nuestra mente ante Dios: estamos tan apegados a nuestra lógica humana que, todo lo que se sale de esos esquemas lógicos y racionales, nos parece un atentado contra la humanidad. Las palabras de la Escritura son hermosas y muy claras: “El cuerpo mortal oprime el alma y esta tienda terrena abruma la mente pensativa”. No terminamos de tener “la mente de Cristo” y planteamos la lucha entre lo que nos pide el cuerpo, que es muy primario y nos deja a ras de suelo, y lo que Dios propone: que el alma, unida al cuerpo, lo rescate de lo más mundano para, así, mirar a lo alto. Newman, próximo doctor de la Iglesia, dio ese protagonismo a la conciencia, como la voz de Dios que da luz a nuestra libertad. ¡Que estamos llamados a lo eterno! Dar, sin más, satisfacción a nuestro cuerpo nos convertirá en sus esclavos. ¡Qué pobreza! ¡Tenemos alma inmortal, cuidémosla también! Y serán amigos entrañables alma y cuerpo.

2. La Cruz en el horizonte. Empeñados en apartar de nuestra vista la cruz, el sufrimiento, la enfermedad, las contrariedades que la vida trae consigo, la misma muerte… Nos dominará el miedo y no sabremos cómo afrontarlo. Pero, toda esta negatividad ¿es lo único que hay que temer y lo que malea la vida del hombre? ¿Qué buscamos: el bienestar o el bien común? El bienestar hace que nos miremos, sobre todo, a nosotros mismos, el bien común nos hace pensar en los demás. Cuando estamos cansados y agobiados ¿a qué o a quién acudimos? Nos planteamos una vida sana, deporte, salidas… Muy bien, pero cuando hay estrés por medio, cansancios y agobios ¿se curan solamente con esto? ¿Por qué no acudimos más al Señor, médico de los cuerpos y las almas? ¿Por qué no aprendemos a poner a sus pies todo lo nuestro, y especialmente lo negativo, para que Él lo acoja y lo sanee, y nos ayude a superarlo? No lo perdamos de vista: Cristo ha crucificado toda lacra en la vida del hombre, especialmente el pecado. Hace 2000 años se entregó, derramando toda su sangre por todos y cada uno de nosotros. La victoria es de nuestro Dios que derrotó la muerte desde dentro. 

3. Dios el primero y lo primero. A Dios no le gusta compartir protagonismos. Y eso, está claro que no es porque sea “egoísta”, es que su amor está por encima de todo y de todos. Si anteponemos algo o alguien a Dios, lo convertimos en un ídolo, un diosecillo al que nos terminamos sometiendo. Dios no nos quiere sometidos, nos quiere libres y entregados A veces, hablamos de construir el edificio de nuestra vida, pero ¿en qué lo apoyaremos? ¿Prescindiendo de Dios? Pero si es Padre amoroso que nos “regala” a su Hijo. Y, en lo positivo o negativo, la luz del Espíritu Santo nos sostiene y alienta… Jesús en el Evangelio nos dice que ni las personas, ni las cosas materiales pueden hacerle la competencia. Todo resulta caduco. Dios es lo permanente. Todo acaba perdiéndose, sin embargo, Dios no pasa y nos propone la eternidad para gozar de Él en el cielo. Es la Cruz lo que ha sellado y autentificado su amor por nosotros. Aunque nos escandalice, es el modo de decirnos: “te quiero”. ¿Lo olvidaré? Dios mío, que estoy en tus pensamientos, y me haces vivir en tu Corazón enamorado. ¿Rechazar tu Cruz? A tus pies estaré con María, que nos has dado como Madre, y allí seré su hijo.

Santa Misa. XXIII Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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