DOMINGO XXIII T. ORDINARIO C. 2022

Hace poco reflexionábamos sobre la humildad. Comprendíamos bien su gran importancia, pero cuesta, nos cuesta la renuncia y eso de dar nuestro brazo a torcer. Nos cuesta y mucho bajarnos del pedestal en el que nos hemos subido. Claro, porque lo que cuenta es vivirla, darle el señorío a Cristo para que Él vaya abriendo paso y no nosotros. ¿Y cómo? Aprendiendo a no renunciar a la cruz. La Madre Teresa de Calcuta que era un foco de luz, de alegría y paz para el mundo, durante muchos años de su vida vivió en oscuridad y no veía a Dios. Pero Dios estaba en ella. El Señor le había quitado el sentimiento, pero ella siguió creyendo aun en esa noche de la fe. Y Dios no dejó de brillar en ella.

No es eso lo que nos transmite hoy el ambiente; para él hay un enemigo terrible con el que quisiera acabar a costa de lo que sea: el sufrimiento, y todo lo que lo rodea. De ahí derivan tantos miedos… Hay una batalla constante para librarse del dolor y “sus derivados”. Pero no erremos el tiro, lo que verdaderamente nos deja fuera de fuego es el pecado y el tentador que lo favorece. Cristo asumió todo lo humano, también esto y nos ha dado las armas, todo lo necesario para ahogar el mal en abundancia de bien, para sacar partido incluso de lo que puede dejarnos heridos. Las hojas secas se convierten en abono, los errores se vuelven enseñanza para no volver a tropezar en ellos, ante un camino equivocado podemos cambiar de rumbo… ¿Cruz? No le tengamos miedo a la cruz.

A veces pensamos que la cruz, llevar la cruz, y todo lo que trae consigo, nos roba el ritmo vital. Un completo fastidio. Y no es así. Es, sí, un “regalo de Dios” que nos fortalece para no ser esclavos de nuestros caprichos. Llevarnos la contra nos hace apostar por cosas que merecen la pena, nos enseña a decir que no, nos educa para no dejarnos arrastrar por las apetencias, a huir de lo cómodo, dando aliento a nuestra voluntad para que no flojee. Si cargas la cruz con naturalidad le darás protagonismo a Dios, aun a costa de ti mismo. Te ayudará a madurar y a ganar en libertad. 

1. La cruz es el signo del cristiano. Lo que nos da nuestra identidad. Hemos nacido de la entrega de Cristo en la Cruz, la Iglesia ha brotado del Corazón traspasado del Señor. Miremos al crucificado, que cuelga del madero porque nos ama con un amor pleno, eterno. Él es nuestra salvación. Ante lo que nos bloquea, ante situaciones que nos paralizan, miremos a Jesús. Él nos ha redimido y nos enseña que el amor es más fuerte que el odio, que la paz brota de un corazón enamorado. La cruz está dispuesta a enseñarnos a enarbolar la bandera de la esperanza, huyendo de una visión tristona o pesimista de lo que nos ocurre, a arrimar el hombro cuando todos se quitan de en medio, a apostar siempre por lo bueno, lo bello, lo verdadero, aunque se rían de nosotros.

2. No convirtamos la Cruz en un lugar común. Oímos esa palabra y nos ponemos en guardia. Qué fácil ver en ella solo lo que me supone esfuerzo, la excusa perfecta para apoyar nuestra queja, para darnos importancia por lo que hacemos, o lo que nos esforzamos. Pero vamos a dejarnos de cruces de pacotilla y de lamentos vanos, porque eso bloquea la acción de Dios en nuestras almas. No nos demos importancia, no nos consideremos víctimas de nada, la única víctima es Cristo. Vayamos con ánimo alegre para rehacernos y sacar las cosas adelante, abriendo el camino a tantos que se sienten encallados, apocados y tristes, lamentándose en un rincón mientras la vida los engulle. Dios es nuestro amigo, nuestro compañero de camino, y no va a dejarnos a nuestra suerte.

3. No le tengamos miedo a la cruz porque lleva a Cristo. Llevar la cruz es una invitación del Señor para seguir sus pasos. No le neguemos nada. Seguir sus huellas, parecerse a Él es un orgullo. No rechacemos, sin más, las dificultades, eso negativo que parece apartarnos de Dios, porque también puede acercarnos a Él. Si arrastramos esa cruz resultará pesada, si la abrazamos, nos traerá la dulzura de ayudar al Señor a llevarla. No nos hagamos los sordos. Nos toca ahora, sin dejarlo para luego: nos pide entregarnos ¿se va a quedar sin respuesta? No vale el después, mañana, sino el aquí, ahora, ya. El Señor nos está diciendo a cada momento: ¿Cuándo te vas a decidir no solo a escucharme, sino a poner por obra lo que te pido? ¿Y si el mañana no llega? Ahora es la oportunidad.

María sabe estar al pie de la cruz y es corredentora. ¿Nos animaremos a hacer lo mismo?

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