DOMINGO XXIV T. ORDINARIO A. 2023

En estos últimos domingos parece que Pedro es el que “da juego” en el Evangelio. Hoy hace una pregunta al Maestro que seguramente habrían comentado entre los apóstoles. ¿Te imaginas la escena? El tema del perdón estaba muy metido en la predicación y gestos del Señor, y la pregunta surge: hasta dónde podemos llegar para abordar ese tema delicado. Hay disparidad de opiniones…

Y Pedro, que es impulsivo, no quiere quedarse con la duda, e interroga al Maestro para cerrar la cuestión. ¿No te ocurre también a ti? Pretender tasar el bien y el mal, establecer y poner líneas rojas, medidas para justificar nuestros actos. ¿Hasta dónde puedo llegar? Esto o aquello ¿cuándo empieza a ser pecado? Dios no es cicatero, no se pone límites: ama con misericordia, sin medida, y el perdón es un modo precioso de concretar ese amor. No puede cuantificarse: hay que regalarlo siempre, en todo momento y lugar. ¿Qué sería de nuestro corazón si fuera como un grano de arroz…? Ha de apoyarse no en unos códigos de conducta férreos y fijados, sino un desbordar cariño.

1. Pidamos al Señor discernimiento. ¿Qué es discernir? El Papa ha dedicado varias catequesis para explicarlo. Queremos compatibilizar cosas que son contrarias: el pecado y la gracia, las propias apetencias y el amor de Dios. El hielo y el fuego que no casan, el aceite y el agua que no pueden mezclarse. ¿Por qué nos empeñamos en la cuadratura del círculo? Por un lado, está tu “yo” que se atrinchera y, por otro, Dios que quiere irrumpir en tu alma: las dos cosas al tiempo no pueden darse, no se compaginan. ¡Cuántos pensamientos vienen a nosotros, y de todos los colores, de un sitio y de otro! Hemos de pedirle al Señor luz para distinguir bien las cosas: lo que viene de Dios, lo que viene del mundo, lo que viene de nosotros mismos y lo que viene del enemigo. Pidamos luz para que no nos confunda el mundo imponiendo sus criterios, para no dejarnos llevar sin más de nuestras apetencias que pueden esclavizarnos, para no dejarnos seducir por el diablo que suelta tinta para llevarnos a su terreno. Dejémosle, de una vez por todas, el protagonismo a Dios, que nos da la vida.

2. Descubramos el querer de Dios. ¿Qué quiere Dios de ti? Podríamos decir así, de entrada: que cumpla los mandamientos. No está mal la observación. Pero hay que afinar mucho más en ello. En la Escritura Santa, antes de irlos enumerando del uno al diez, nos pide algo. Hay una expresión previa que los introduce y que podría ser el prólogo que nos pone en disposición de entender lo que viene después. Quiere despertarnos de nuestro sueño egoísta, para introducirnos en el deseo de Dios para ti y para mí. Nos dice: “escucha, Israel”. Escuchar habla de la profundidad del amor. Antes de la acción está interiorizar: ponerse a la escucha. Pararse y reflexionar. No es solo cumplir, sino algo previo: entrar en el pensamiento de Dios, sentir con Él. Y dejar que eso cale. Nuestra mentalidad ¿en qué se apoya? Hace poco una persona le decía a otra: “vas a lo tuyo, te estás convirtiendo en un egoísta” y el otro respondía: “pues eso es lo que hay que hacer, ir a lo de uno”. Dios no quiere eso de ti, porque no es así como te trata. Escúchale y haz con los demás lo que Dios hace contigo.

3. La medida del amor es amar sin medida. Una vida sin amor es una vida perdida. Lo que nos cuenta el salmo que hace Dios con nosotros es sobrecogedor: “te rescata, te colma de gracia y de ternura”. No tienes que darle nada a cambio, Él va por delante y reacciona así contigo incluso en los momentos donde tu debilidad, tu torpeza, tu pecado, te hacen miserable. El Señor te tiene un amor incondicional, sin medida. ¿Es como para quedarnos de brazos cruzados? ¿Para creer que es su obligación, y luego tan frescos, mirar para otro lado y seguir nuestro camino…? Si nuestras culpas son grandes, que lo son, y el Señor no nos guarda rencor, ¿no te parece que es tiempo de arraigar en nuestra alma lo de perdonar y pedir perdón? ¿Y hacerlo sin condiciones? La ira, el rencor, el odio pueden ser compañeros de camino. Nos han hecho daño y el instinto es devolverlo con la misma moneda: que se aguanten y sufran como nosotros. Y eso ¿arregla algo? Abrir heridas viejas aumenta en nosotros la amargura ¿Sufres? Ama como Dios te ama a ti, a fondo perdido. Y hazlo siempre.

¿Qué haremos? ¿Vivir para nosotros mismos? ¡Qué poco recorrido tiene eso! Encogerá nuestra alma y Dios no podrá entrar en ella porque no le dejamos sitio. Vivamos para el Señor, y la muerte será un encuentro gozoso con Él. María velará por nosotros y nos dará sus besos de Madre.

Lecturas y homilía. XXIV Domingo del T.O. Ciclo A
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