DOMINGO XXIV T. ORDINARIO C. 2022

Somos hechura de Dios, y ha querido hacernos no como otra criatura más, sino a su imagen y semejanza. Estamos llamados a reflejar con nuestra vida, la imagen de Dios. Sin embargo, el hombre de hoy, en su arrogancia, se ve independiente y quiere someter a Dios. Quisiera cambiar las tornas: hacer a Dios a su imagen y semejanza, manejarlo según conveniencia, si no, no le es útil para nada. 

¿Es así Dios…? ¿Soy yo el que lo modelo o es Él quien me modela a mí? ¿Cómo es Dios por dentro? Es amor y misericordia. Es el que me tiene paciencia. Es el que me da sus dones, con independencia de que yo los valore y los use. Es ese ser personal con quien puedo entablar amistad, con entrañas de paternidad, porque me ha hecho su hijo querido. Es el que tiende la mano para acogerme a mí, a todos. Y, aunque estemos lejos o llenos de inmundicia, no hace otra cosa que devolvernos la dignidad perdida, la ilusión que no se irá como el humo, la esperanza auténtica. 

Esta parábola nos emociona porque es una de las páginas más hermosas del Evangelio. El padre bueno, misericordioso, imagen clara de Dios que esta atento y nos cuida. Luego los dos hijos que no se enteran, van a lo suyo y no comprenden. Nos puede ayudar ver qué hace cada uno. 

1. El Padre bueno, misericordioso. Hoy está desvirtuada la figura del Padre. Algunos han querido matar al padre, porque encarnaría la autoridad y, con ejemplos solo negativos, intentan convencernos de que es alguien ausente, que se olvida de sus hijos, que se impone y quiere anular la personalidad, que no sabe dar afecto… Jesús nos descubre a Dios Padre en su esencia: no se cansa de salir a nuestro encuentro, de perdonar, de purificar nuestro pasado, de darle contenido a nuestro presente, de devolvernos nuestro futuro cuando lo devaluamos o lo perdemos por el pecado. Dios siempre dispuesto. Pero, para que pueda ayudarnos hemos de destruir en nosotros la arrogancia, el afán de ser origen, camino y meta de nuestra propia vida. No olvidemos: somos sus hijos amados.

2. El hermano pequeño es el hombre actual. Aborrece todo lo que suene a imposición, va por libre: sube, baja y hace lo que le da la gana. Vive para pasárselo bien. Le interesa el dinero sobre todo para divertirse. Le da igual todo lo demás, no quiere que le digan esto es bueno y aquello malo, que le den consejos: si haces esto lo vas a pasar mal, si sacas adelante aquello, aunque te cueste esfuerzo, vas a descubrir cosas grandes… Reivindica la independencia total, lo que, a cada momento, va brotando de su interior, sin restricciones, sin que nada ni nadie se lo impida. Sin embargo, sabe rectificar y acaba teniendo buena prensa: es ejemplo de conversión, de vuelta al camino. Nos podemos identificar con él: pecadores arrepentidos que, acogidos por el Padre, empiezan de nuevo.

3. El hermano mayor es el hombre viejo. El hijo mayor hace lo que tiene que hacer, pero se apoya en un cumplimiento desganado, aburrido, porque no sabe sacarle partido a estar cerca de su padre y disfrutar de su amor. No pone el alma en lo que tiene entre manos, en un trabajo que le ilusione y le dé dignidad gozándose con él, abriéndose al padre. Su vida es monótona, triste porque no termina de advertir que su casa no es un edificio sin más, sino el corazón del Padre. Se convierte, dentro de su propia familia en un desarraigado, que mira tanto a los lados comparándose con su hermano que pierde el rumbo: no valora la fraternidad. Se empeña en cerrar su corazón a un amor que libera, ve solo obligaciones y cae en la amargura y la envidia. No rectifica, no sabe recapacitar.

Aprendamos. Recapacitemos. Recapacitar significa meterse en el interior del alma para ver si allí hay algo que recomponer. Recapacitar es reconocer nuestra precariedad, darnos cuenta de que no somos nosotros los que construyen el mundo, ni el punto de referencia de todo. No somos el centro del universo. Yendo a nuestro aire somos capaces de cualquier cosa, de cualquier barbaridad. Lo que nos redime es rectificar, pedir perdón, dejarnos abrazar por el Padre y compartir su Casa.

También hay un tercer hijo que no se menciona: Cristo, el que narra la historia. El enviado por el Padre para mostrar su amor grande, misericordioso. Que es uno con el Padre. El Padre que sale al encuentro y el Hijo fiel que nos desvela la interioridad de Dios, su Corazón ardiente por nosotros.

Que el Espíritu Santo nos ayude a ver esa luz y que María Santísima, Madre Nuestra, nos guíe.

Utilizamos cookies propias para fines técnicos. Puedes aceptar todas las cookies pulsando el botón “Aceptar” o configurarlas o rechazar su uso clicando el botón “Configurar”. Para más información hacer click AQUÍ.   View more
Aceptar
Rechazar