XXIX DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025
Si nos preguntan por nuestra relación con Dios, y nos dicen: “Oye, ¿tú rezas?”, podemos responder: “sí claro, antes de acostarme e incluso al levantarme algún Padrenuestro o Avemaría”. Algo ya es, pero para un hijo de Dios eso con ser un poco, es muy poco. Si la oración se nos ha dicho siempre que es un diálogo de amor con Dios, con eso ¿no nos quedaremos cortos? ¿Con eso vale?
El Santo Cura de Ars nos animaba a mucho más: “Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol”. Y Santa Teresa, en el libro de su vida decía: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.” Hoy el Evangelio lo completa: Es necesario orar siempre sin desfallecer.
En la oración siempre estamos en los comienzos: porque el amor siempre ve cosas nuevas. Y en eso consiste rezar, en enamorarnos de Dios y tener con Él requerimientos de amor. ¿Detalles…?
1. La oración no es una técnica. No es una fórmula que se aplica. Quisiéramos encerrarla en esquemas previos y no se deja. Porque no se ajusta a unos criterios que se aprenden y, una vez que uno los ha ido asimilando, nos instalamos en ellos y a vivir de la renta. La oración va mucho más allá: es descubrir que Dios no es una abstracción, un algo allá arriba que, más o menos, me controla y de vez en cuando se acuerda de mí. No es algo, es alguien. Es tan personal que puedo establecer con Él una relación intimísima, de padre a hijo, de amigo a amigo, de consolador a consolado. La oración es eso: relación entre quien me ama sobre todas las cosas, pero desea que yo también lo ame sobre todas las cosas. Y se convierte en un diálogo constante entre el que nos ama primero, el Señor, y nosotros, sus hijos tan necesitados de Él, que respondemos a ese cariño con el nuestro. Mi Dios, Padre de ternura, mi Salvador que se da en la Cruz y el Espíritu Santo que me llena de luz y fortaleza.
2. La oración no es algo estático. Es puro dinamismo. Porque se apoya en un amor grande, tan grande que no puede quedarse en sentimientos pasajeros que deslumbran y se olvidan. El amor de Dios tiene vocación de ir a más, de crecer, de perdurar en el tiempo y madurar a cada momento. Un amor de puras sensaciones, de arrebatos, de destellos… y ya, es irreal y se nos queda en nada cuando se pasan los fuegos artificiales del principio. La oración auténtica habla de amor, no es algo cómodo y ya logrado, siempre es nueva. Y ese amor si no crece decrece. Sí. Ese amor que viene de Dios está llamado a ser novedad, gozo que se renueva. Dios siempre se anticipa, va por delante, se nos da para que nos llenemos de su plenitud, porque quiere ante todo nuestra felicidad. Es un amor que recibo pero que no se queda en mí. Me lleva a la acción, me lleva a darme en todo momento, a Dios y al prójimo. Y me llena de una felicidad que va más allá mí mismo. Es la felicidad de la entrega.
3. La oración es camino que ilumina. Es camino interior de luz, senda abierta que Dios quiere compartir con nosotros. Él que es el Amor de los amores. Es un camino en el que encontraremos de todo, porque es una travesía en la que la vida misma se muestra en todo su esplendor y en toda su miseria. El Señor se va convirtiendo en peregrino de amor con nosotros. Y no nos dejará solos. Todo comienza en Él como su fuente, todo encamina a Él como su fin. Todo transcurre con Él, que no deja de guiarme. Todo apunta a la meta que es su mismo Corazón, que me quiere y me acoge, que tiene para mí regalos de pura misericordia. Y puedo decirle: “Tú me amas en un siempre que me resulta sobrecogedor, porque te anticipas en todo momento, porque no te cansas, porque tienes paciencia conmigo, porque me pides, pero, eso que me estás pidiendo, me lo das antes para que yo pueda ofrecértelo. Yo te amo, Señor, Tú eres, mi fortaleza”. Y nuestro Gran Maestro: el Espíritu Santo.
Pensamos en puntos de referencia para ser personas de verdadera oración íntima con Dios. ¿Y qué nos encontramos? Con los que enseñaron a rezar a Jesús Niño: María y José. Ellos dos, desde su sencillez, su silencio enamorado y su entrega constante, son los que nos enseñarán a rezar…