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XXV T. ORDINARIO C. 2025

Al Señor no se le pasa una. No es que esté detrás de nosotros espiándonos, para que, cuando ve algo que no va, ponerse serio y darnos lecciones de cómo se deben hacer las cosas. Tampoco está pendiente para controlarnos en esto o lo otro. Está pendiente como el pastor de sus ovejas: las lleva a los pastos más frescos y a las fuentes más tranquilas, y las deja a su aire para que libremente pasten, de un lado para otro; pero está al tanto de ellas por si hay algún peligro sacarlas de él. Somos sus ovejas… Y ¿qué haremos? Responder a su amor con el nuestro. Elevando el alma a Dios.

La Escritura nos ayuda mucho a “aterrizar” para que la Palabra de Dios se vuelva plegaria, diálogo verdadero con Él. Una de las formas de hacerlo, quizá algo olvidada para algunos, es a través de los salmos. Jesús rezó desde pequeño con los salmos. Cada salmo es cauce de inquietudes, de gozos, de desalientos y agobios, de esperanzas y desesperanzas, para que todo lo nuestro, elevado a Dios, nos dé y favorezca esa unión íntima con Él. Nada de lo humano es ajeno a Dios, porque quiere que todo lo convirtamos en ofrenda, que nos dejemos acompañar por Él en toda circunstancia, para que, viviendo de Él y para Él, lo llenemos todo de su presencia. ¿Señor por dónde nos quieres llevar?

Hoy con el salmo responsorial nos abre a esa manera de orar quizás más olvidada: nos dirigimos a Dios no solo para pedir, no solo para pedir perdón, ni siquiera tan solo para dar gracias, nos dirigimos a Él para “piropearle”. La alabanza consiste en eso, es esa mirada al Señor al que vemos en toda su grandeza, para quedarnos con la boca abierta. Vemos que es omnipotente, que es el Creador de cielos y tierra, que es impresionante todo lo que hace por cada uno de nosotros, que nos ama y nos llena de su misericordia y… con todo esto, nos sentimos acompañados y queridos. ¡Cómo no asombrarnos! ¡Cómo no vamos a decirle “piropos” para mostrarle nuestra admiración y cariño!

1. Elevar el corazón a Dios. En estos últimos tiempos proliferan las adoraciones, en las que se eleva el corazón a Dios con cantos que llenan el alma de alegría y paz. No se trata tan solo una cuestión “sentimental”, es también la necesidad de no quedarse en la teoría de tener las cosas claras, sino ejercer como hijos del Buen Dios y concretarlo. Jesús, primero con María y José y luego con los apóstoles, rezó y cantó los salmos. La liturgia de la Iglesia lo ha heredado y en la Santa Misa alabamos y decimos, por ejemplo: “gloria a Dios en el cielo…”, “Santo es el Señor…” Momentos gozosos en que hacemos coro a los ángeles. Pero esto, no puede quedarse solamente aquí, lo podemos enriquecer por nuestra cuenta, no solo con nuestros labios, sino con nuestra vida ofrecida con acciones de amor.

2. Concretando… Cuando una persona es ordenada sin ser maniática y sabe colocar las cosas en su sitio, guardando el orden. Cuando no hacemos las cosas de cualquier manera, sino con cuidado, para que duren más, y no se deterioren… Cuando pensamos en los demás y dejamos que hablen, y los escuchamos. Cuando hablamos, aunque no apetezca, para que el silencio no estropee ese momento de convivencia. Cuando sabemos cuidar los detalles y ofrecérselos al Señor. Cuando aprendemos a mirar en silencio al Dios escondido en el Sagrario, aunque no se nos ocurra nada, tan solo acompañarlo… Y tantas otras cosas que apuntan más en directo al cielo… Si hacemos de todo eso una ofrenda a Dios silenciosa y llena de cariño, ¿quién puede dudar de que estamos alabando?

3. La oración contemplativa… Está muy implicada en todo esto. No es algo propio de las monjas de clausura, o monjes que tienen esta vocación específica. Es aprender a verlo todo en clave de Dios, disfrutando y quedándonos boquiabiertos de su grandeza. Los místicos han sabido convertir en “poesía” su relación con Dios, mirando con sus ojos y descubriendo que todo lo ha hecho bueno. Eso ¿qué es? Gozar de todo lo hermoso y “ser creativos” para que nuestra vida, de cara a Dios y de cara a los hombres, no se vuelva aburrida, oscura, sin brillo, sino que encontremos en ella ese “punto de amor” que el Buen Dios ha ido sembrando a manos llenas en la creación entera y en nuestros corazones. Y, a partir de ahí, abrir nuevos caminos a esa felicidad verdadera que Él nos va regalando.

Mira lo que dice San Pablo: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, alzando unas manos limpias, sin ira, sin divisiones”. Santa María, cuántas veces te rezamos cantando y… te gusta.

Santa Misa. XXV Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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