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XXVI

XXVI DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025

Hoy la lectura del Evangelio nos propone “la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro”. Y salta una primera cuestión: “Epulón” no es un nombre propio. No es así como Jesús llamó a aquel rico. Se trata de una palabra genérica que podría traducirse literalmente como “el comilón, el que banquetea”. Sin embargo, el pobre, el mendigo, sí tiene nombre propio: Lázaro. ¡Qué curioso!

Profundicemos en todo ello. ¿A quién va referida esta parábola? A esos fariseos que ponían pegas a Jesús y vivían tan a su aire. ¿Y qué pretende el Señor con ella? Ponerlos frente a su pecado: El que cree tenerlo todo, va a lo suyo y mira por encima a los demás, resulta que se convierte en una persona anónima, sin trascendencia. ¿Y el pobre… qué? Él sí que tiene entidad propia para Dios. Y…

Es una cuestión de amor. Dios es el que consuela y sale al paso de los necesitados de apoyo y cariño. ¿Qué ocurre con el rico? Que va tan a lo suyo que no se da cuenta. El problema es ese: estar uno a sus cosas, conformarse con el tener y despreocuparse. Si tengo tranquilidad y estoy satisfecho ¿qué me importa todo lo demás? Nos podemos excusar con cosas parecidas: Yo ni mato ni robo… Y lo material, acaba pesando demasiado y quita esa visión amplia, llena de caridad que nos lleva a fijarnos en que los demás existen. Así descubriremos que hay más dicha en dar que en tener. ¡Sal de ti mismo! Tendrás paz y eso te abrirá a Dios y a los otros para que el amor no se te escape.

1. Recordar la oración del “Yo pecador” Nos ayudará a darnos cuenta de que somos frágiles, cometemos pecados y necesitamos el perdón de Dios. Con ella descubrimos nuestros pecados, y los categorizamos: de pensamiento, palabra, obra y omisión. Concretemos con algún ejemplo contra la caridad. De pensamiento está claro: hacer juicios interiores contra alguien. De palabra: la murmuración, hablar mal de los demás. De obra: por ejemplo, insultar a gritos a alguien. ¿Y de omisión? Cuando pudiendo hacer un bien, no lo hacemos. Hay un delito tipificado en la ley: la omisión de auxilio: si golpeamos con el coche a un ciclista y salimos huyendo, dejándole tirado en la carretera, podríamos acabar en la cárcel: si queda malherido, o algo peor, es por nuestra culpa. Podemos decir: “Yo no soy malo”, y eso está fenomenal, pero no se trata tan solo de no hacer cosas malas, sino de emprender esa lucha de amor para llevar a cabo todo lo bueno que nos sale al paso.

2. ¿En qué y dónde busco mis seguridades? A veces terminamos haciendo realidad el dicho de aquella persona segura de sí misma: “Todos van a lo suyo menos yo, que voy a lo mío”. Suena un poco a chiste, pero hay que ver si, en ocasiones, no hay en nosotros cierta verdad detrás de eso. ¿Qué hemos repetido en el salmo? “Alaba alma mía al Señor”. Y allí se han ido enumerando todas las maravillas que hace el Señor con cada uno. Hemos de aprender a mirar de otra manera, porque vemos antes lo malo que lo bueno. Y al ver algo que no nos gusta, tenemos cierta tendencia a echarle la culpa a Dios. Sin embargo, cuando las cosas salen bien, nos creemos que todos los méritos han de ser para nosotros. Di con sencillez: “Señor que aprenda a ser agradecido y me dé cuenta de que las seguridades no vienen de tenerlo todo bien controlado y a mi gusto, porque eres Tú y solo Tú el que me va a regalando lo que necesito. Así saborearé todo lo bueno y apartaré de mí lo que no es bueno”.

3. Despertemos de ese sueño del “propio yo”. No somos personas aisladas, cada cual, en su compartimento estanco, independientes y lejos de los otros. La persona se realiza en plenitud cuando aprende a estar junto con los demás y hay interacción (y de la buena), entre unos y otros. Alguien decía en una ocasión que nos salvamos y llegamos al cielo “en racimos”, no aisladamente. Y gran parte de razón sí que tenía. Cuando Dios, al principio de la creación, pronunció esa frase: “no es bueno que el hombre esté solo”, no solo apuntaba a la unión del hombre y la mujer en el matrimonio, quería que comprendiéramos que el “yo, mí, me, conmigo”, acaba dejando endurecido el corazón. Es así: el hombre es grande cuando se da a Dios y a los otros. Cuando rezamos el Credo, al final, decimos algo que puede pasar inadvertido: “creo en la comunión de los santos”. Mi propia santidad, mi mediocridad, o maldad, no solo me afecta a mí, sino a toda la Iglesia. ¡Seamos santos!

“Porque ha mirado la humildad de su esclava…” ¿No te conmueve la sencillez de María…?

Santa Misa. XXVI Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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