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XXVII DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025

Como tantas veces ocurre, la oración colecta del principio de la misa nos propone y concreta ese itinerario de vida cristiana que tenemos por delante como un reto de amor: “Dios todopoderoso y eterno, que desbordas con la abundancia de tu amor los méritos y los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que perdones lo que pesa en la conciencia y nos concedas aun aquello que la oración no menciona”. Y eso ¿cómo lo podemos traducir, convirtiéndolo en algo “eficaz” para nuestra vida cotidiana y no letra muerta para que se la lleve el viento…?

Vemos nacer, y hacerse vida en nosotros, muchas cosas buenas. No cabe duda: nuestros méritos y deseos nos hacen ir por buen camino y agradan a Dios. Sin olvidar que es Dios el que los suscita y alienta en nuestro corazón. No es lo que yo hago, pienso, digo, sino lo que Dios hace en mí. Lo que de verdad nos configura por dentro es ese desbordamiento del amor de Dios, que va más allá de nuestras cosas buenas. Lo repetimos y no se nos puede olvidar: Dios no nos quiere porque seamos buenos, nos quiere porque es Padre, es Bueno y ama incondicionalmente a sus hijos. Dios siempre irá por delante y, si le abrimos de par en par las puertas del alma, y ponemos todas nuestras cosas negativas y todos nuestros pecados a sus pies, Él convierte toda esa inmundicia en gracia.

1. Las “mochilas” que llevamos encima. Aunque queramos ocultar, a los demás y a nosotros mismos, todo aquello que nos avergüenza y desdice de nosotros, todos tenemos nuestra “historia de dolor, hecho o recibido”. No somos, ni para bien ni para mal, lo que los demás ven en nosotros, ni por los éxitos ni por los fracasos. Podemos engañar a los de fuera. Pero ¿vamos a disimular también ante el Señor? Dios quiere quitarnos ese peso de la culpa que hemos ido acumulando en nuestras espaldas y que nos aplasta. Sí, fuera de mí. ¿Y qué hay que hacer para eso? Ser humildes, reconocer la propia debilidad, aunque sea humillante, y acoger su misericordia. La conciencia, bien formada, no es un enemigo: es la luz de Dios que nos dice: esto te aleja del Señor, no le des entrada en tu vida, échalo lejos de tu corazón para gozar de la libertad verdadera. Dios quiere liberarnos de todo ello y nos regalará aquellas cosas grandes que ni siquiera nos atrevemos a pedir. Gracias, Señor.

2. Tener una fe inquebrantable, teñida de amor. Una fe que no está inflamada por el amor es algo frío y aporta poco, o más bien nada. La fe por sí sola no sostiene una vida entregada con Dios. Los diablos “no son ateos”, también creen en Dios y eso les llena de pavor y odio. Son unas criaturas que, replegadas en sí mismas, son mera oscuridad. Por tanto, reducir la fe a una cuestión de cabeza, a la mera doctrina que nos transmite y propone la Iglesia, acaba convirtiéndose en papel mojado. Imaginemos tomos y tomos donde se ha acumulado toda la sabiduría acerca de Dios: si todo eso no se hace vida y se concreta en hechos de amor a Dios y al prójimo, se convierte en una biblioteca que llena paredes, pero que no transforma el corazón, ni cambia la existencia. El Papa S. Juan Pablo II, en su viaje a España en el 82, estuvo en Salamanca, foco de la ciencia teológica durante siglos. Y allí invitó a los estudiosos a hacer “teología arrodillada”. Porque “la ciencia hincha y la caridad edifica”.

3. ¿Qué es la tan repetida “dureza de corazón”? Es una expresión que se va repitiendo con frecuencia en la Escritura Santa: “ser duros de corazón”. Podemos decir: “no soy malo”. Bien, eso está muy bien. Pero si alardeamos de que no vamos por ahí pegando tiros, ¿esperamos que nos den por ello el premio Nobel de la paz? Nuestra vida no puede convertirse en una ley de mínimos porque, lo que nos sostiene y es reflejo de nuestro amor a Dios, va mucho más allá de no cometer pecado mortal. Imagina que te preguntan: ¿qué tal vas con los mandamientos? Maravillosamente bien, me los sé de memoria… Pero si no los traducimos en vida ¿para qué sirven? Somos duros de corazón si estamos convencidos de que hagamos lo que hagamos da igual, porque Dios es misericordioso, y nos va a salvar a todos. Eso ¿qué es? Presunción, tan malo como la desesperación. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Nos salva ese amor que acogemos de Dios y le devolvemos con creces.

En un determinado momento San Pablo dirá que no hemos llegado hasta la sangre en nuestra lucha contra el pecado. Y en la carta del apóstol Santiago nos recuerda: “la fe sin obras es fe muerta”. Dos formas de invitarnos enamorarnos del Señor. Acojámoslo. ¿No es eso lo que hizo y hace María?

Santa Misa. XXVII Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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