XXX DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025
Una idea que se repite, y mucho, a lo largo de la Sagrada Escritura es esta: “Dios cumple sus promesas”. Es así. Dios no se vuelve atrás, lo que dice, lo hace: Dios es fiel, guarda siempre su alianza. Somos nosotros los que fallamos más de la cuenta y somos incapaces de sacar adelante el querer de Dios para nuestras vidas. Pensemos ¿Qué idea tengo yo de Dios? ¿Hacia dónde apunta mi manera de verlo o comprenderlo? Es el hombre el que ha sido creado a imagen de Dios. Y, sin embargo, tendemos a cambiar las tornas: nos resulta más fácil lo contrario: adaptar a Dios a nuestros criterios, lógicos y razonables. Y acabamos creando un Dios a medida, a nuestra imagen y semejanza.
Eso trae consecuencias. Yo, usando de mi libertad soberana, hago lo que me da la gana y allá penas, pero se puede avanzar más aún, el hombre en su arrogancia llega a decir: yo puedo ir más allá y reformularme para ser lo que quiera. Hay detrás una razón que suena a blasfema: Dios no puede imponerme ni siquiera un cuerpo, porque la ciencia me hace capaz de cambiarlo, de modelarlo a mi gusto. ¡Qué lejos está todo esto de esa sencillez y humildad que Dios propone!
En los catecismos de antaño se decía: contra soberbia, humildad. Pero hoy, ¿qué vemos? A tantos y tantos encumbrados en sí mismos: yo, yo y, después, yo. ¿Y la palabra humildad…? no es que no esté de moda, es que, si no existiera, para una gran mayoría sería mucho mejor. Frente a ella, bastante extendida hoy en día: “empoderamiento”. Se trata de estar “empoderados”, hinchar el pecho, en plan desafiante y decir: dejadme solo, que puedo con todo. ¿Quieres eso, Dios mío?
1. ¿Yo creo en Dios, o sospecho de Él? Hoy ¿en qué o en quién cree la gente? Somos narcisistas y creemos en nosotros mismos. ¿Y Dios…? En este mundo pagano, Dios acaba siendo irrelevante. Lo que se idolatra es la ciencia, la confianza ciega en que el hombre es capaz de todo. Es cuestión de tiempo. Con la inteligencia artificial vamos acelerados: podremos hacer todo lo que se nos pase por la cabeza. Y si hoy no me vale lo de ayer, lo cambio y ya está. Las palabras parecen tener fecha de caducidad, se las lleva el viento: ahora digo esto y mañana… según el aire que corra. La fidelidad, los principios, se quedan en papel mojado. Pero, Cristo permanece y es fiel. ¿Y qué nos muestra en su Evangelio? nos muestra la realidad de un Dios que ama y apuesta por nosotros, porque somos sus hijos queridísimos, y Él es fiel a sus promesas: no nos deja y está siempre cerca.
2. ¿Y si apostáramos de verdad por Dios? A pesar de los pesares, el Señor no nos abandona. Dios se ha metido en la historia y permanece. Todo parte de Él y apunta a Él. Pero ¿creemos en un Dios real o inventado? Miremos a Cristo, el Señor, en el Evangelio. ¿Y qué dice? “Sin mí no podéis hacer nada”. No le gusta que funcionemos por nuestra cuenta y riesgo, como si todo dependiera de nosotros. No le gusta que la relación con Él sea de mero cumplimiento. No intentemos ponerlo entre la espada y la pared, para que haga nuestros caprichos, y si no me enfado. No a las justificaciones para que Dios se vuelque con nosotros porque somos de lo más cumplidores. No podemos comprar a Dios con nuestras obras buenas. Y, sin embargo, Dios sí que es dador de todo si reconocemos su paternidad y confiamos en Él. Nos dice: “aunque tú me olvides, Yo no me olvidaré de Ti. Te amo”.
3. A Dios le conmueve nuestra la humildad. Porque no es una mera virtud que hemos de lograr para ser buenecitos y que se note. Es el punto de partida para reconocer a Dios como Dios y a nosotros como lo que somos: sus hijos queridos. ¿Nos damos cuenta de eso? Y si soy su hijo al que ama de manera singularísima, he de pedirle que me ayude a actuar como tal. Por mí mismo puedo nada y menos que nada. Con Él lo puedo todo. La humildad nos hace reconocer que no somos los que van a salvar al mundo, porque el mundo ya lo ha salvado Cristo muriendo en la Cruz. Nos hace reconocer que somos debilidades, que metemos la pata. Y eso no nos lleva a caer en el pozo para no salir ya de Él. Nos lleva a tender la mano a Dios para decirle: “Qué bueno eres, Señor, mi fortaleza, mi bien, mi todo. Bendito seas”. Y eso, que es verdad, nos llena el alma de ternura. Gracias, mi Dios.
“El que se enaltece será humillado y el que se humilla quedará enaltecido”. ¡Qué cosas nos dices, Señor! Pero dices verdad. ¿No es acaso María, la más humilde, la criatura más excelsa?