DOMINGO XXXI T. ORDINARIO C. 2022

¡Cuántas veces nos hemos encontrado perdidos o despistados, preguntándonos: ¿Y ahora qué hago, por dónde tengo que caminar, hacia dónde dirijo mis pasos? Jesús pasa y va facilitando en nosotros el encuentro con Él. Si no hay un verdadero encuentro con Jesús, nuestra vida será plana, sin relieve. Hoy hay muchas realidades en la Iglesia que están agitando las conciencias para que dejen de estar adormecidas, acomodadas en una situación facilona que no nos complique mucho la vida, que salve los muebles y poco más. Pero el Señor está cerca de ti, no dejes que pase de largo.

Sí. Parece que el mundo quisiera abolir la conciencia. Quieren robárnosla para que no haya contestación a las imposiciones desde arriba. Piensan por nosotros y quieren que nos adaptemos a una visión plana de las cosas que hace que se borren las fronteras entre el bien y el mal. Jesús no. Jesús es un despertador de conciencias. Es el que pone negro sobre blanco para que caigamos en la cuenta de cómo es nuestra vida y dejemos que Él la transforme. Jesús pasa y su paso da lugar a un antes y un después. El Señor no necesita gente buenecita y adormecida, sin impulso misionero, sin capacidad de entusiasmarse en su seguimiento. Quiere, más bien, muchos zaqueos, que lo busquen y, al verlo pasar, no se queden cruzados de brazos. Quiere gente valiente, que reaccione y le siga.

Quizá la vida de muchos es hojarasca, hojas secas que caen en otoño, porque no es su tiempo y ahora están mustias y sin fuerza para sostenerse en el árbol. Sin embargo, Dios puede hacer que todo eso, aparentemente seco y sin utilidad, empiece a arder con el fuego de su amor, a tener ese aliento de vida con que el Espíritu Santo quisiera transformar nuestra alma, nuestra existencia.

Señor, danos una conversión profunda, que nos lleve del pecado a la gracia, para vivir, en lo más íntimo de nuestro corazón, ese cambio que nos llenará de alegría y de paz. Será el comienzo de una vida nueva, de una aventura humana y sobrenatural de primer orden. Pero no olvides que la conversión no te da a ti el protagonismo, sino a Dios. No pretendas creer que, al ver a Dios con la nueva luz y el impulso que Él te da, puedes seguir siendo tú el que toma las decisiones y saca las cosas adelante. Ábrete a sus planteamientos, y no vuelvas a los tuyos. Aparta de ti todo ese hombre viejo que te hace caminar renqueando, casi sin levantar la vista. No parchees tu vida con lo de antes. Déjale obrar a Dios. Traje nuevo para un hombre nuevo. Lo otro sería ducharse para volver a ponerte la ropa sucia que habías desechado. Emprende esa vida nueva. Conformarte con tu vida anterior sería volver a tus esclavitudes. Dios quiere dar novedad a tu vida. No seas muy tuyo. Sé de Dios.

Muchos se cruzaron con Jesús, pero ¿todos se convirtieron a Él? Zaqueo lo hizo. ¿Y tú…?

1. Mira de otra forma a los demás. ¡Cuánta visión negativa! ¡Cuántas actitudes y sentimientos duros para con los otros, teniendo o no razón! ¡Cuánto resentimiento y rencor anclados en el pasado! ¿Es esa la actitud de Jesús? El Señor es, ante todo, nuestro Salvador. No viene a la tierra solo para darnos buen ejemplo, viene para salvarnos. No es tiempo de división, de ir a mi interés. Es tiempo de tender la mano, es tiempo de perdón, de acogida y de construir desde la misericordia. 

2. La misericordia no es que dé igual todo. No comprendamos mal las cosas. El pecado sigue siendo pecado y daña de muerte al alma. No se puede rebajar la importancia de un pecado grave. Pero Dios no quiere que nos quedemos ahí, postrados en nuestra propia desdicha, en ese estar lejos de Él sin remisión. Quiere que todos los hombres se salven y conozcan la verdad, y hará lo imposible para fomentar esa conversión, ese reencuentro, esa vuelta al camino. ¿Le dejaremos hacerlo?

3. No te encierres en tu forma de ver las cosas. No te quedes anclado en tus prejuicios. En lo que siempre se ha hecho, tantas veces sin sacar un resultado positivo de “nuestras soluciones”. Dale aliento a la compasión, a la misericordia. Nadie está tan perdido que no pueda salir de su situación. Nadie está definitivamente fuera del Corazón de Dios. Siempre es posible la conversión. Para Dios todos pueden estar en disposición de volver a Él si son sinceros, si son humildes, si son desprendidos.

A los ojos del mundo Zaqueo era un indeseable. Para Jesús un hombre digno de salvación, digno misericordia. ¡Qué miradas tan distintas! Dile a María, Madre, que te enseñe a mirar como Él.

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