DOMINGO XXXI T. ORDINARIO A. 2023

Vivimos en una sociedad donde todo nos resulta abrumador, todo precipitado. Vamos a salto de mata. Salimos al paso como podemos, y podemos poco. Todo se nos acumula sin que sepamos por dónde empezar y, muchas veces, no tenemos una meta clara a la que llegar. Nos imponen obligaciones que nos paralizan y, cuando no nos las imponen, nos las imponemos nosotros mismos. Nuestro afán de control, de que no se nos escape nada origina ansiedad o nos hace estar un poco depres, porque aflora una insatisfacción permanente. “Pero ¿dónde vas tan acelerado…? No lo sé, pero llego tarde”.

Así nos pasa muchas veces. Somos como gallinas sin cabeza que van de un lugar a otro hasta que caen. Corremos tan rápido que nos escapamos de Dios que va detrás de nosotros para decirnos que nos quiere, pero… corremos más que Él. ¡Qué agobio! Serenidad. Vamos a tomar aliento. ¡Dios está a tu lado, aunque no lo notes! Ten el pleno convencimiento porque no te va a dejar. Párate un poco para que resuene en ti esa recomendación tan tranquilizadora del Señor: “venid a mí los cansados y agobiados, que yo os aliviaré, porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Y di: ¡Alma, calma!

Uno de mis salmos favoritos es el que hoy hemos escuchado en la misa: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre; como un niño saciado así está mi alma dentro de mí”. Un programa de vida. Para que haya paz entre las naciones tiene que haber paz en los corazones, y para que haya esa paz tendremos que desterrar de nosotros odios, egoísmos, envidias, rencores, rencillas, comparaciones. Aprender de Dios a amar y perdonar. Casi nada. Con Él es posible.

El Señor nos va a guiar, pero adoptemos esas actitudes evangélicas que lo facilitan:

1. Ser sencillos. Nos complicamos mucho la vida. Le damos vueltas a las cosas. Tenemos nuestra cabeza como una lavadora: lavado, centrifugado, secado… y vuelta a empezar. Hay problemas y nos parece que el mundo se nos viene encima como si fuera una plancha de acero. Miramos demasiado hacia el pasado, vemos todo eso que no hemos hecho bien, y volvemos sobre la idea de que tendríamos que haber tomado decisiones que no tomamos y así nos va. Tratamos de mantener el tipo para dar sensación de que todo va maravillosamente y sonreímos como un anuncio de pasta de dientes, pero la procesión va por dentro. Sencillo de corazón. Llama a las cosas por su nombre, reconoce que lo pasado pasado está. Fuera lamentos estériles. Descomplícate. Aprende de tus errores y abandónate en Dios.

2. Ser humildes. La humildad. Siempre nos topamos con la humildad porque… no somos humildes y ahí está el quid de la cuestión. ¡Ser humildes no significa ser unos pobrecitos que mendigan atención y cariño, sintiéndose víctimas del universo mundo! Reconoce a Dios como quien es, un Padre bueno que está a tu lado, aunque no te des cuenta. Reconócete a ti mismo como lo que eres: un hijo de Dios que es tan amado de Él que, si entraras en su dinámica de amor, te quedarías estremecido. No escondas tus inseguridades en volverte ogro para los demás, fortachón sin serlo, impositivo para hacerte valer. No te engañes: reconócete en tu debilidad y tendrás la posibilidad, al darte cuenta de tus fallos y tus pecados, de poder subsanarlos con la ayuda de Dios. Y crecerás. La humildad es la puerta del cielo.

3. Ser confiados. Tú, de verdad, de verdad ¿en quién confías? Piénsalo bien: en la mayoría de las ocasiones en ti mismo. Y así te va… Buscas controlarlo todo y apenas controlas nada, porque las cosas no salen siempre como habías previsto y te enfadas con los demás y contigo mismo. Desconfía de ti y confía en Dios que, Él sí, es de fiar, porque es Padre, porque es bueno, porque sabe quererte, porque es misericordioso, porque no te va a dejar colgado, porque te conoce bien y no te retira su favor. ¡Que Dios es impresionante…! A ver si nos enteramos. No lo tengas como una especie de hada madrina, porque eso es instrumentalizarlo.

Descansa en su pecho como San Juan. Déjate abrazar por Él y no te agobies. Además, resulta que Nuestra Señora, María, es Madre. Hazte niño. Déjate acunar por ella.

Lecturas y homilía. XXXI Domingo del T.O. Ciclo A
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