Cuando miramos a Dios y queremos hacer las cosas bien, teniéndole en todo muy presente, lo primero que nos viene a la mente es preguntar qué es lo que tenemos que hacer. Los judíos tenían muchos preceptos, todo lo habían estipulado: las oraciones, en las distintas circunstancias, lo que tocaba hacer en cada momento… Aquel judío, se acerca a Jesús para poner en claro las cosas: quería cumplir con todo. De ahí que le pregunte qué era más importante y qué era menos, para orientar en la práctica, su trato con Dios. A ver qué tengo que hacer. Yendo a lo concreto

A nosotros también nos preocupa lo mismo: nos gusta que nos den las recetas, qué puede ayudarme y qué puede estorbarme. No caemos en la cuenta de que no siempre importa tanto el hacer esto o lo otro sino cómo lo hacemos. No es lo que yo haga o deje de hacer, es el amor que pongo en ello. Y el amor no consiste únicamente en dar, consiste en darse. Dar cosas es fácil, darse uno a sí mismo, y con rectitud, es más complicado, porque podemos hacerlo con unos fines no tan buenos: para tranquilizar la conciencia, para demostrarme a mi mismo que soy bueno.

¿Quién es Dios para mí? ¿El que está por encima y me manda? ¿O es el que me ama y es mi fortaleza ante los avatares de la vida? Tengamos claro que los mandatos del Señor no son teoría que yo cumplo: si no implican también a mi corazón y transforman mi vida se quedan en algo hueco. 

Cuando un matrimonio tienen un hijo, al principio se asustan con todas las cosas materiales que tienen que hacer por el bebé: estar atentos a darle las tomas a sus horas, cambiarlo de pañales… Pero el niño necesita de ellos algo más: necesita su cariño, que se queden embobados mirándole, que le hagan gestos para que se ría, que le den un beso y otro, decirle cosas que, para quien no sepa de amor, resultan un poco bobas.No se trata de darle cosas, se trata de darse uno mismo. 

¿Cómo no va a hacer Dios algo igual e incluso excederse con nosotros? Su amor por nosotros es tan grande… Sale a nuestro encuentro y quiere regalarnos su amistad, darnos su salvación. 

1. Dios nos ama y se compromete a seguir amándonos. A pesar de todo lo que nos puede apartar de Él, no se vuelve atrás. No nos descarta. Sigue apostando por cada uno. Sin embargo, es un compromiso de amor que pide correspondencia. El pecado de nuestros primeros padres, nos había arrebatado nuestra condición de hijos. Con él quedamos heridos de muerte. Pero Cristo nos ha devuelto a la vida: se ha entregado por cada uno de nosotros en la Cruz y nos salva. Todo lo que tira para abajo: el pecado, el sufrimiento, la muerte, nuestras precariedades, lo echa fuera y nos devuelve la condición de hijos. Ya no somos hijos de la ira, somos hijos de Dios.

2. El amor de Dios no es un mandato, es un don. No pensemos que amar es una obligación que puede resultar incluso dura en algunos momentos. El amor verdadero no se impone, en todo caso se propone. El amor es un regalo que Dios nos da gratuitamente, para que podamos vivir con alegría, con paz con esperanza. Y así enseñarnos a hacer nosotros lo mismo. El hecho de sentirme querido por Dios es algo transformante en mi vida, lo cambia todo. No tengo que ganarme el amor de Dios, me quiere incluso cuando veo que no estoy a la altura de ese amor. Precisamente por eso gano en libertad, porque dejándome querer, mi corazón se transforma y se hace capaz de amar.

3. Querer a los demás no puede ser una carga pesada. Mi manera de ver a los demás no puede apoyarse sin más en mi visión concreta sobre ellos, solo en lo que yo veo, en mi juicio, en mis prejuicios, en mis rencores, en mis resentimientos… Cuando me abro a Dios aprendo a conocer una dimensión más honda de los demás. Soy incluso capaz de ver que en el fondo de su corazón hay un rescoldo de fuego, algo positivo, que tengo que reconocer. De esta forma, cuando voy abriéndome al otro y no me quedo en la superficie, empiezo a conocer más a Dios y eso me hace mejor persona. No puedo odiar, no puedo dejar que mi corazón se vuelva oscuro. Quiero amar a Dios y al prójimo.

No dejemos que se nos meta por dentro ningún sentimiento que nos malee el alma. El amor redime de todos nuestros pecados. Amar a Dios y amar al prójimo es anticipo de vida eterna.

Vamos a pedirle a Nuestra Madre la Virgen que nos agrande el corazón. Quizá tenemos un corazón pequeño y Dios quiere que lo ensanchemos para que quepa mucha gente y, aunque a veces nos parezca que es complicado, o casi imposible, los podamos ayudar a encontrarse con Él.

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