DOMINGO XXXII T. ORDINARIO A. 2023

Una de las cosas que más valora el mundo actual es la información: los datos, saber de todo y de todos. Internet es como un supermercado donde se subasta la información de lo que menos podríamos imaginar. Y nos creemos con la obligación de poner nuestro ojo atento para captar lo que hacen, dicen, piensan, sienten los demás. “¿Sabes de lo que me he enterado?” “A ver, cuenta, cuenta…” El que sabe, el que se entera de todo, el que está en la “pomada” y todos buscan para estar al día, para luego contarlo a los demás: cotilleos, murmuraciones, secretos del tres al cuarto que acaban saliendo a la luz. Nos paramos a pensar y cuánto tiempo perdemos con cosas que dejan los pies fríos y la cabeza caliente… Saturados de información que no aporta nada… bueno.

Y, sin embargo, hay cosas que verdaderamente merecen la pena y de las que apenas nos damos cuenta: cosas que posiblemente no somos capaces de ver y menos de comprender, pero que construyen vida y nos hacen respirar cuando fuera de nosotros el ambiente está enrarecido. Muchas de esas cuestiones tienen que ver con el Señor, con ese Dios hecho hombre que ha venido a la tierra para poner luz en nuestras vidas, para descubrirnos al Padre y llevarnos a su Reino, para salvarnos de lo que acorrala al hombre y lo deja herido: el pecado, el sufrimiento, la propia muerte.

1. ¿Dónde está la verdadera sabiduría? La primera lectura de la misa de este domingo habla de eso: de la sabiduría. ¡Qué diferente de ese saber acumulativo de cuestiones que no aportan nada para construir lo más noble y bueno del hombre! No nos dejemos comprar por una sabiduría, como mera suma de conocimientos a lo humano, con esa especie de curiosidad malsana que acaba en juicio hacia los demás, y contamina el ambiente. Lo que nos interesa es ese saber luminoso que profundiza, que viene de Dios y apunta a Él. Señor, que nos demos cuenta de lo que vale de verdad la pena, sin despistarnos con datos que nos dejan saturados, yendo a lo nuestro, bloqueados para pensar y obrar según Dios. Emprendamos un combate abierto contra la trivialidad y toda hojarasca que tapa las flores y los frutos que, de verdad, nos edifican. ¡Señor, danos participar de esa Sabiduría que no es otra cosa que otro nombre tuyo y don del Espíritu Santo que nos da la vida!

2. Distingamos la prudencia del atolondramiento. El evangelio nos habla de vírgenes necias y vírgenes prudentes. Una vida encendida o una vida apagada. La fe, la esperanza y el amor, buscados y cultivados en nuestro día a día, son los que nos capacitan para encontrarnos con el Señor. Lo decimos en algún canto de la misa: “Vamos caminando al encuentro del Señor”. Que no nos despistemos, picoteando por un lado y por otro. Cuidemos nuestro mundo para que la vida no sea algo insulso que no aporta nada a nadie, ni a los demás, ni a nosotros mismos. Le importamos a Dios y hemos de buscar que esa vida tenga un sentido: el que Dios le da. No podemos quedarnos cruzados de brazos, viendo pasar los días y las horas de manera insulsa. Ejercitemonos en esa lucha de amor que dé luz a nuestro existir. Vivir para Dios y para los demás. Mira tu vida, ¿hay en ella ese fuego del amor? ¿Sigues esa luz que viene de Dios para descubrir la senda hacia su Corazón?

3. Estamos sedientos de Dios. El Señor, desde la Cruz dijo esas palabras conmovedoras en su agonía: “tengo sed”. Esa sed divina de almas enamoradas que van descubriendo su felicidad en Él, que es quien da la razón de nuestro existir. ¿Y nosotros? ¿Cómo respondemos a esa mano tendida de Dios para beber en la fuente inagotable de su Corazón abierto? Reconozcámoslo: tenemos la mente y el corazón tan distraídos en lo irrelevante, en ese tiempo que transcurre sin más, que no lo notamos. Mientras tanto la garganta reseca, añorando el agua fresca de una fuente que nos restituya esa fuerza apagada, que no nos deja avanzar. No acabemos emborrachados con vino de nuestra propia bodega, buscando lo que entretiene, pero no aporta nada.

¡Cuántas vidas vacías por buscarnos tan solo a nosotros mismos, para quedar bien, para tener al menos esa excusa de que estamos haciendo algo! Jesús, el Señor, nos sacia: es verdadera comida, es verdadera bebida.

Es tiempo de merecer. ¿Vamos a perderlo ahora, en esta época recia? Sería irresponsable. Nuestra Madre del cielo nos anima a ganar los días, las horas, los minutos para Dios. Acojamos su ayuda. No nos dejemos seducir por un mundo que nos engaña. Seamos cooperadores de la verdad.

Lecturas y homilía. XXXII Domingo del T.O. Ciclo A
Utilizamos cookies propias para fines técnicos. Puedes aceptar todas las cookies pulsando el botón “Aceptar” o configurarlas o rechazar su uso clicando el botón “Configurar”. Para más información hacer click AQUÍ.   View more
Aceptar
Rechazar