DOMINGO XXXIII T. ORDINARIO C. 2022

En estas últimas semanas, antes de introducirnos en el Tiempo de Adviento, las lecturas de la misa van sacando un tema que se repite con sus distintos matices: los últimos tiempos, el destino del hombre, cómo afrontar el final propio y del mundo. Quizá no nos guste mucho pensar en ello: son esas cuestiones incómodas que siempre dejamos para otro momento. Sin embargo, la realidad es testaruda y, más pronto o más tarde, habremos de afrontar que llega el final de la propia vida y que también el mundo acabará desapareciendo y habrá un después… quizá incierto para algunos. 

En la ciudad de Jerusalén, Jesús tendrá la oportunidad de tocar estos temas, para hacer a los suyos reflexionar. Los judíos estaban orgullosos de su templo, majestuoso, pero el Señor al pasar frente a él, les hace ver a los apóstoles que todo eso se convertirá en nada. Pone sobre la mesa la fugacidad de lo que pasa, lo efímero de tantas realidades que brillan y luego se desvanecen.

Es descorazonador ver cómo el hombre y sus logros que son tan evidentes se pueden venir abajo en cualquier momento. Hay noticias negativas por todos lados, desastres naturales o que el hombre está favoreciendo y no es que sean un prodigio de esperanza y paz para nadie. El orgullo, la prepotencia, la soberbia, la vanidad están tan a la orden del día. La mentira es algo que se va viendo o ejerciendo con impunidad, como el que respira. Son actitudes que tienen el mismo origen y se encaminan al mismo fin. Son la raíz de una vida que queremos arrebatarle a Dios, que nos la ha dado, para ser nosotros los dueños y señores y ponernos al frente como protagonistas exclusivos.

Es duro pero, ante las fuerzas del mal, ante los temores y las angustias que se van generando, tenemos una certeza: Dios se abre paso, marcando camino. Podemos creer que todo se desmorona y estamos en el fin del mundo. Fuera pesimismos, agobiados al ver que el mundo se aleja de Dios. Dios ha vencido al mundo. Va por delante y nada queda fuera de su dominio. Nuestro afán de control, de tener todos los hilos en nuestras manos nos engaña, hemos de aprender a abandonarnos en los brazos de Dios. No tengamos miedo, lejos de nosotros la tristeza y la desconfianza. Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Él es nuestra salvación. No pongamos nuestras seguridades en lo humano, en unos logros que pueden venirse abajo en cualquier momento. Todo lo del mundo es pasajero, efímero. Nuestra seguridad ha de estar puesta en Dios. Confiemos en Él.

1. Tengamos calma y paz ante la inestabilidad del mundo. El enemigo arma mucho ruido para intentar intimidarnos. Nos quiere abrumar con lo negativo y va a sembrar en nosotros una de sus armas más eficaces: el miedo. El agobio ante el pasado, la paralización ante los problemas del presente, la angustia al imaginar el futuro. Quiere embotar nuestra mente para que veamos tan solo lo que abruma. Trata de enfriar nuestro corazón. Pero Dios no nos dejara nunca de lado.

2. Confiemos plenamente en Dios, Rey de cielos y tierra. Tengamos esta idea clara en nuestra mente y nuestro corazón: ¡Dios nos ama y no nos abandona nunca! ¡Qué tranquilidad nos da esta certeza! Caminemos con esperanza, sin mirar hacia atrás ni a los lados. Muy fijos los ojos en Dios. No nos crucemos de brazos, trabajemos por un mundo mejor, a pesar de las dificultades, de las tristezas que vamos a encontrarnos en nuestro existir cotidiano. Dios sale a nuestro encuentro.

3. Pongamos manos a la obra glorificando a Dios con nuestra vida. Si Dios es nuestro motor, si Dios es nuestra luz y nuestra fuerza, si Dios nos ama hasta dar su vida por nosotros, pongámonos en sus manos y abrámosle las puertas del alma para que actúe en nosotros y a través de nosotros. Dios nos llama, quiere contar con nosotros. Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti. Dios es, ante todo, nuestro Salvador, dirige la historia y llena de esperanza nuestra vida. Apoyémoslo sin dudarlo. Que no se nos olvide que vivimos de fe, no nos dejemos abrumar por nada, no somos esclavos, sino hijos de la libertad que el Señor nos ha conseguido. Bien conscientes de que la esperanza es un inmenso regalo de Dios. La ternura del Padre que no deja de amarnos y llenarnos de su misericordia, y la fuerza del Espíritu Santo que nos ayudará a vencer todo mal, ha de ser para nosotros un seguro de vida. Estemos tranquilos. La victoria es de Nuestro Dios. Y María, será nuestro consuelo.

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