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XXXIII

XXXIII DOMINGO T. ORDINARIO C. 2025

Es cierto: “con la que está cayendo”, siempre estará al acecho la tentación de venirnos abajo. Porque, tal y como están las cosas en nuestro entorno, lo mejor que podríamos hacer es ayunar de noticias. Se hace realidad esa expresión que suena a broma: “todo el mundo va a lo suyo, menos yo que voy a lo mío”. Pero, no es verdad que cada cual tenga derecho a hacer lo que le dé la gana y sálvese el que pueda, porque en una sociedad donde el bien común se deja de lado para sacar adelante “la sociedad del bienestar”, se acabará yendo al precipicio. Yo no soy la ley, yo no puedo avasallar al otro, yo no puedo tomarme la justicia por mi mano, ni puedo ser dueño y señor de lo que se ponga por delante. Eso nos condenaría a funcionar como en el viejo Oeste: gana el que sabe disparar más rápido… Y ¿sólo cabe resignarse? No. Ante este mundo oscuro y decepcionante, donde parece que el que obra el mal sale vencedor, mirar y seguir a Dios nos abre caminos de esperanza.

En este tramo final del Tiempo ordinario y antes del Adviento, la Iglesia nos lleva a la reflexión sobre el sentido de nuestra vida: de dónde venimos, por dónde caminamos y, sobre todo, a dónde vamos. ¿Lo tenemos claro? Nos come lo inmediato, corremos mucho para quitarnos las cosas de encima, y vamos a salto de mata sin terminar de rematar bien lo que va surgiendo en el camino. Hay tantas cosas que hacer… Bien, pero no dejemos a Dios de lado. ¡Que me dé cuenta: soy hijo de Dios! ¡Señor, que saboree de verdad lo que me regalas, para vivir mi día a día con vibración de eternidad!

1. Que no nos roben la eternidad. Porque lo de aquí abajo no es lo definitivo. Estamos hechos de eternidad y nos empeñamos en vivir de lo terreno. Y, anclados en esa horizontalidad, no podemos despegar a lo alto. Podemos decir: si yo tengo clara la teoría y me parece muy bien, pero… ¿qué tengo que hacer? Nos gustan demasiado las recetas y nos asusta mucho el dejarle actuar a Dios, porque a ver si se pasa pidiéndonos cosas… No quiero llevarme esos sustos. Escucha a Dios que te dice: “El hombre de manos inocentes y puro corazón subirá al monte del Señor”. Sí, eso es. Hay una sabiduría, que es don de Dios, obra del Espíritu Santo en nuestras almas, la que nos da las respuestas, la que nos hace vibrar interiormente. La que nos hace desbordar en esperanza, la que pone ilusión en nuestra vida y nos hace rebosar, y estar tan llenos de Ti, Señor, que estamos tranquilos. Ven a mí.

2. Aprender a mirar todo de otra manera. A veces, se nos hace un nudo en la garganta que nos bloquea. Pero, lo ha dicho el Señor: “venid a mí los cansados y agobiados y yo os aliviaré” ¿Por qué me empeño en solucionarlo yo todo si me faltan las fuerzas y no sé por dónde tirar? Cuando todo se tuerce, cuando lo negativo se hace grande y ahoga lo bueno, cuando parece que el mal se queda con la victoria, Cristo le da la vuelta a todo. Hay esperanza, y es una esperanza verdadera… La solución no es dar todo por perdido y menos aún oponerse a Dios, echarle un pulso, o rechazar su camino. Todo lo que viene asúmelo como un reto de amor que Él te propone. Confía. Descubrirás que en “la Cruz está la alegría y el consuelo porque ella es el camino para el cielo”. Reconocer tu debilidad no es un trago amargo, es el principio de un camino de amor, compartido con el Señor. 

3. ¿Qué eso de “temer el nombre de Dios”? Es una expresión que escuchamos en la Primera Lectura de hoy. Si Dios es Padre, si Dios es bueno, si Dios ha dado la vida por nosotros en la Cruz, si el Espíritu Santo nos da su luz y fuerza, parece una contradicción que tengamos que “temer a Dios”. Eso del miedo o el temor no se casa con ese Dios bueno que nos quiere, nos sostiene y alienta. La expresión “temor de Dios” va por otro lado. Es uno de los siete dones del Espíritu Santo y apunta a algo impresionante: consiste en aprender a amar al Señor de tal manera, que nos sobrecoge solo el pensar que podemos separarnos de Él por el pecado. Y claro, eso nos lleva a decirle y decirnos por dentro: “Señor no permitas que me aparte de Ti y elija el mal, Tú que nos enseñas a amar siempre, a apostar por lo bueno… ayúdame a acogerte en mi interior y, así, vivir contigo, de Ti y para Ti”.

El Señor nos lo recuerda, obrar como hijos de Dios puede “costarnos caro”. Nos señalarán y no para bien. Podrán ir contra nosotros, ningunearnos, pero, a pesar de todo, Tú tienes palabras de vida eterna y no nos dejarás a nuestra suerte. María Santísima es la muestra más clara de que amarte es lo que dará verdadera plenitud a nuestra vida. Si buscamos sentido solo lo encontraremos en Ti.

Santa Misa. XXXIII Domingo del T.O. Ciclo C
Parroquia Nuestra Señora de la Moraleja
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