Reflexión pastoral sobre la Homilía XXVII Domingo Ordinario
Homilía XXVII Domingo Ordinario: en la reflexión de esta semana profundizamos en la realidad sobrecogedora del amor de Dios, que toma siempre la iniciativa y busca nuestra respuesta libre y confiada. Os invitamos a acoger su misericordia para vivir cada día apoyados en su gracia y dar gloria a su nombre. Puedes leer el pasaje completo del Evangelio aquí.
¡Cuánto nos ama Dios!
¡Cuánto nos ama Dios! No es algo que imaginamos, que nos parece bonito y nos consolamos con ello, así porque sí. Ese amor suyo no es una ilusión para tener algo en lo que apoyarnos, y no venirnos abajo, en los momentos más bajos. Es una realidad tan clara e implacable que sobrecoge. Escúchalo, porque si estás atento, te darás cuenta de lo que te está diciendo.
Te mira conmovido y, con inmenso cariño pronuncia tu nombre: “Cuánto te quiero, cuántas maravillas te he regalado, cuántas delicadezas volcadas en ti, aunque no seas consciente de ellas, aunque en ocasiones mires para otro lado, e incluso me ignores o te pongas en mi contra. ¿Qué podría hacer más por ti?”
Que no te quepa duda: Dios es un gran enamorado y, como tal, te ronda constantemente. La oración con que empezamos la Santa Misa lo resume de una forma excepcional: Dios todopoderoso y eterno, que desbordas con la abundancia de tu amor los méritos y los deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que perdones lo que pesa en la conciencia y nos concedas aun aquello que la oración no menciona.
¿Te lo acabarás creyendo? Que sí, que Dios va más allá de lo imaginable, que somos nosotros los que obramos tantas veces con desdén, como si tuviéramos derecho a todo, cuando todo lo que somos se lo debemos a Él, que vela por cada uno.
1. No busquemos protagonismos.
A veces da la impresión de lidiar una lucha constante entre el propio yo y el Tú inmenso de Dios. Lo que yo hago y lo que Él hace en mí. ¿Qué es lo que va por delante y da su valor a todo? ¿Dónde está lo esencial y primero…? En la acción de Dios en nosotros. En la gracia que derrama sobre nosotros como don.
¿Y qué es la gracia? Es ese aliento, esa fuerza, ese impulso que viene de Dios para que lo imposible, se vuelva sencillo. Él me llevará en volandas. Entonces ¿da igual hacer, decir, pensar, una cosa que otra? Claro que no.
Pero, en lugar de mirarme tanto a mí mismo, para decirle a Dios: “atento, que hago muchas cosas buenas que merecen que me premies…” le daré la vuelta al razonamiento: te miro, Señor, Tú me lo das todo, y te agradezco tus dones que parten de tu amor y, apoyándome en Ti, pondré en marcha todo lo que me das para darte gloria y obrar en tu nombre. Tú primero y yo detrás: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.
2. La iniciativa parte siempre de Dios.
Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha llamado a la vida. Es cierto que los hombres no somos muy agradecidos y vamos a lo nuestro, por aquí o allá, pero estamos salvados en Cristo y siempre tendremos la posibilidad de redimir nuestras culpas con su misericordia.
Dios nos tiende la mano y nos levanta con sus sacramentos. Sobre todo, con la confesión y la santa misa, que es Dios con nosotros. Vivámosla bien. Metámonos en ella con ganas. Y veremos que cada oración, cada gesto, parten del Corazón enamorado de Dios.
Nuestra Madre la Iglesia nos lleva de la mano para saborear esas delicias que no son, ni de casualidad, mero formalismo. No la conviertas en una rutina mala a la que te cuesta asistir. Es, de verdad, una cita de amor con Dios. Desde el primer momento, través de Jesús nos dirigimos al Padre con ese impulso que viene del Espíritu Santo para entrar de lleno en el misterio de un Dios cercano. Uno y Trino.
3. Es el hombre quien tiene que responder.
Dios no nos va a negar su gracia, estará siempre dispuesto, pero somos nosotros los que le hemos de dar nuestro sí. En nuestra vida, piénsalo, eres tú el que tiene que decir: vale, me apunto, acojo este camino que me propones. Y no ocurre tan solo en ese momento que podríamos llamar vocacional de tomar una opción de por vida, sino en las acciones cotidianas: ¿esto me acerca a Dios o me aleja de Él?
Dios mío, no permitas que me aparte de Ti, soy tan débil… Sé Tú mi fortaleza. Tener tentaciones no significa caer en ellas. Aunque sean muy fuertes siempre podemos decir: esto no, lejos de mí. Es ahí cuando Dios nos espera y, si acudimos a Él, nos sostiene: tentación vencida, gracia recibida. Eso nos hará crecer y madurar.
Dios está de parte de los que le aman. S. Pablo nos lo dice: “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta”. Ábrele las puertas del alma.
Hay dos momentos cruciales en la historia que empiezan con un sí: el “hágase” de la creación, y el “hágase” de María que da entrada al Salvador: Jesucristo el Señor. ¡Que alegría poder contribuir con nuestro sí, modesto, pero potente, a que Dios reine en nuestro corazón y en el mundo!
Conclusión de la Homilía XXVII Domingo Ordinario
Que la lectura de esta Homilía XXVII Domingo Ordinario nos mueva esta semana a responder con gratitud y alegría a la iniciativa de Dios, dando nuestro «sí» en las pequeñas decisiones de cada día.
Si quieres profundizar más en otras reflexiones, puedes leer la Homilía XXVI Domingo Ordinario: Sentimientos de Cristo.
Párroco – D. Alfonso Sánchez-Rey López de Pablo